La gente no piensa suficiente en esto: ser multiinstrumentista no significa ser maestro de todos. A veces, basta con dominar tres o cuatro para transformar tu sonido. Otras veces, como en el caso de Prince o Björk, el verdadero poder está en la capacidad de imaginar la orquesta entera desde dentro.
¿Qué significa ser multiinstrumentista en la práctica musical actual?
Multiinstrumentista no es un diploma, es una rutina. Es madrugar a practicar el bajo antes del desayuno, grabar arreglos de cuerno a mediodía, y por la noche, tocar acústica en una jam improvisada. Es un estilo de vida. Yo he conocido músicos que tocan el clarinete, el ukulele y la caja electrónica como si fueran extensiones de su cuerpo. No los estudia: los habita. Y es esa inmersión la que los distingue.
El término técnico correcto sigue siendo multiinstrumentista, aunque suena un poco como una ficha de catálogo. En orquestas clásicas, se usa "doblador" cuando un músico toca, por ejemplo, flauta y piccolo. En jazz, es común ver saxofonistas que cambian sin aviso a clarinete o al oboe. En esos mundos, la flexibilidad es parte del oficio. Pero fuera de esos círculos, el público suele simplificar: si tocas más de dos instrumentos, ya eres "el que toca de todo".
La verdad incómoda es que dominar un instrumento lleva unos 10.000 horas. ¿Cuánto tiempo tendría que vivir alguien para dominar 10 instrumentos? ¿27 años solo de práctica? Salvo que seas una anomalía biológica, estás lejos de eso. La mayoría de los multiinstrumentistas destacan en dos o tres y tienen conocimientos funcionales en otros cinco o seis. Basta decir: lo importante no es la cantidad, es la utilidad musical que extraes de cada uno.
La diferencia entre dominio técnico y expresión musical
Un pianista puede tocar una sonata de Chopin con precisión quirúrgica y dejar indiferente. Otro puede tocar tres acordes mal y hacerte llorar. Lo mismo pasa con los multiinstrumentistas. La habilidad técnica no garantiza conexión emocional. De ahí que músicos como Yuzo Koshiro (compositor de videojuegos japonés) o Jacob Collier sean admirados no por su cantidad de instrumentos, sino por cómo los combinan para crear mundos sonoros.
Collier, por ejemplo, toca piano, bajo, percusión, voces, sintetizadores y arreglos de cuerdas en sus grabaciones en vivo. Pero su genialidad no está en el número, sino en cómo entrelaza las capas. ¿Es esto dominio absoluto? No. Es dominio estratégico. Y esa distinción lo cambia todo.
¿Existe una clasificación profesional para estos músicos?
No. No hay un gremio que otorgue el título de "músico universal". En contraste, en el mundo del cine, un director de fotografía tiene certificaciones claras. Aquí, es pura percepción. Los sellos discográficos contratan músicos versátiles para sesiones de grabación porque reducen costos: uno que toque bajo, teclado y percusión ahorra tres contratos. En Nueva York, esos músicos cobran entre 300 y 800 dólares por sesión de ocho horas. En Buenos Aires, entre 40.000 y 120.000 pesos argentinos. Pero nunca les dicen "eres el multiinstrumentista oficial". Simplemente saben que pueden contar con ellos.
Los artistas que rompieron el molde: cuando uno basta
Prince. El nombre lo dice todo. Grabó casi todos los instrumentos en “For You” (1978) y “Purple Rain” (1984). Bajo, batería, guitarra, teclados, voces, sintetizadores. 27 instrumentos diferentes en su carrera documentada. Pero aquí es donde se complica: ¿era multiinstrumentista o simplemente un genio obsesivo con el control? Yo encuentro esto sobrevalorado como mero dato técnico. Lo relevante no es cuántos instrumentos tocaba, sino que cada uno servía a una visión total. Era un compositor que usaba los instrumentos como pinceles, no como trofeos.
Y luego está Björk. Ella grabó gran parte de “Homogenic” (1997) tocando instrumentos no occidentales junto a orquestaciones electrónicas. No es que dominara el ondès martenot, sino que supo integrarlo. Y es ahí donde la pregunta inicial pierde sentido. ¿Importa si lo toca ella o un especialista? Para ella, sí. Porque el sonido final debe nacer de su cuerpo, no de un contrato.
Otro caso: Trent Reznor. En los álbumes de Nine Inch Nails, especialmente “The Downward Spiral” (1994), él grabó más de 90% de los instrumentos. Programó baterías, tocó guitarra, bajo, teclados, sintetizadores. Pero admitió: “No soy el mejor guitarrista del mundo. Soy el mejor para mi música”. Eso lo cambia todo.
¿Cuántos instrumentos son demasiados?
No hay límite. Pero hay rendimientos decrecientes. Aprender un nuevo instrumento requiere entre 300 y 500 horas para alcanzar un nivel funcional. Si tomas 10 instrumentos, estamos hablando de 3.000 a 5.000 horas. A una hora diaria, eso son 8 a 14 años. Sin contar retrocesos, lesiones, o el hecho de que el oído musical evoluciona de forma no lineal.
Músicos que construyeron su identidad en torno a la polifacética
St. Vincent (Annie Clark) estudió guitarra en el Berklee College of Music, pero también toca sintetizadores, piano y programación. Su álbum “Masseduction” (2017) fue construido capa por capa, muchas de ellas con sus propias manos. No lo hace por exhibición, lo hace porque confía más en su instinto que en delegar. Y honestamente, no está claro si eso mejora la música, pero ciertamente la hace más personal.
¿Multiinstrumentista o productor encubierto?
Hay una delgada línea. Muchos músicos que tocan todos los instrumentos en sus álbumes no lo hacen por tradición orquestal, sino porque son sus propios productores. La tecnología lo permite. Con un Mac, Ableton Live, y un par de controladores MIDI, puedes grabar 16 pistas diferentes en una tarde. Entonces, ¿es multiinstrumentismo o dominio de la producción musical?
El problema persiste: hoy, tocar “todos los instrumentos” puede significar programar un bajo de synth con el mouse. No hay contacto físico. No hay sudor en las cuerdas. Es como decir que un arquitecto construye una casa porque diseñó el plano en SketchUp. Para hacerse una idea de la escala, en 2023, el 68% de los álbumes independientes en Bandcamp fueron creados por una sola persona, usando software. ¿Son todos multiinstrumentistas? Técnicamente, sí. Emocionalmente, es otro debate.
Cuándo el instrumento es un software, la definición se desdibuja
Si tocas un piano virtual con un teclado MIDI, ¿estás tocando piano? Si programas una batería de jazz con sonidos reales, ¿estás tocando batería? La respuesta depende de quién la da. Un tradicionalista dirá que no. Un productor moderno dirá que sí, porque el resultado es idéntico. Y como resultado: el rol del multiinstrumentista se ha expandido más allá de lo físico.
La evolución del estudio casero como escenario principal
En los años 70, grabar un álbum requería estudios de 10.000 dólares semanales. Hoy, puedes hacerlo en una habitación con 2.000 dólares de equipo. Esto ha democratizado el acceso, pero también ha creado una ilusión: que cualquiera puede ser el “músico que lo hace todo”. No es falso, pero es incompleto. La cantidad de tiempo sigue siendo escasa. Los datos aún escasean sobre cuántos músicos completan álbumes enteros sin ayuda. Pero se estima que en el indie global, al menos 23% de los lanzamientos anuales son obra de una sola persona.
Alternativas al mito del músico solitario
Porque trabajar solo no es la única forma de crear. Hay músicos que colaboran con especialistas. Yo prefiero ese enfoque. No porque no quiera aprender más instrumentos, sino porque el diálogo enriquece. Un violinista clásico puede aportar matices que yo, como pianista autodidacta, jamás alcanzaré.
Y entonces surge la pregunta: ¿por qué insistimos en el mito del supermúsico? Tal vez porque vivimos en una cultura del “hazlo tú mismo”. O tal vez porque admiramos el control. Pero la música, en su esencia, es social. Hasta los ermitaños del sonido necesitan oídos.
Trabajar en equipo vs. control absoluto: cuál camino elegir
Si buscas precisión técnica, trabajar con especialistas es mejor. Si buscas coherencia estética, hacerlo todo tú puede funcionar. No hay reglas. Solo contextos. Un álbum de folk acústico con músicos en vivo tendrá una calidez que ninguna pista MIDI puede replicar. Pero una pieza electrónica conceptual puede exigir el control total del autor.
Preguntas frecuentes
¿Puede un músico tocar todos los instrumentos en un concierto en vivo?
Es raro, pero existe. Roger Hodgson (ex-Supertramp) hace shows donde alterna entre piano, guitarra y voces principales. No toca batería ni cuerdas, pero cubre varias funciones. En el caso de artistas como Jack White o Gary Clark Jr., suenan como una banda completa por el uso de loops y pedales, aunque solo toquen guitarra y canten. Para giras completas con todos los instrumentos, es casi imposible mantener la calidad. Lo más común es combinar en vivo con músicos de apoyo.
¿Qué instrumentos suelen dominar los multiinstrumentistas?
Teclado, guitarra, bajo, batería, percusión, voces, y programación. Estos siete forman el núcleo. Otros como flauta, saxo, violín o ukelele son comunes, pero menos centrales. En música tradicional, se añaden instrumentos locales: charango en los Andes, darbuka en Oriente Medio, kora en África Occidental.
¿Se puede vivir de ser multiinstrumentista?
Depende. Como músico de sesión en ciudades grandes como Londres o Los Ángeles, sí. Los salarios promedios oscilan entre 350 y 700 dólares por día. Como artista independiente, es más difícil. Menos del 12% de los músicos independientes superan los 20.000 dólares anuales solo con música. Pero la versatilidad ayuda: puedes enseñar, componer, producir, arreglar. Esa diversificación es clave.
Veredicto
No hay un nombre oficial para el músico que toca todos los instrumentos. Y quizás es mejor así. Porque el título menosprecia el esfuerzo y romanticiza lo imposible. Ser multiinstrumentista no es un destino, es un camino. Y no todos los caminos llevan al mismo lugar. Algunos buscan perfección técnica. Otros, expresión total. Y otros simplemente no quieren pedir permiso para crear. Yo estoy convencido de una cosa: el verdadero poder no está en tocar todos los instrumentos, sino en saber cuál tocar, cuándo, y por qué. El resto es ruido.
