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¿Cómo se dice cuando un soldado huye? El lenguaje del miedo, la deserción y la traición

Deserción: cuando la palabra pesa como una condena

La palabra más técnica, la que aparece en los manuales militares y en los códigos penales de al menos 78 países, es deserción. No es una simple ausencia. Es un delito. En Estados Unidos, bajo el Uniform Code of Military Justice, un soldado que abandona su unidad con intención de no regresar puede enfrentar hasta cinco años de prisión. En Rusia, durante la guerra en Ucrania, al menos 6.400 militares han sido acusados de deserción desde 2022 —y algunos han recibido penas de hasta 10 años, según datos del Comité de Derechos Humanos de Moscú. Pero una cosa es la ley, otra muy distinta el contexto. ¿Qué pasa cuando el soldado huye porque su comandante lo envía a una misión suicida? ¿Y si sufre trastorno de estrés postraumático y no puede sostener un arma sin temblar? Aquí es donde se complica. La deserción no es un acto, es un caldo de intenciones, presión, trauma y, a veces, supervivencia. Yo encuentro esto sobrevalorado como símbolo absoluto de traición. Porque no todos los que huyen lo hacen por miedo. Algunos corren hacia algo: la conciencia, la salud mental, la familia. Y eso lo cambia todo.

Cuándo la deserción se convierte en decisión moral

Un soldado de infantería en la Guerra de Vietnam, en 1971, envió una carta al Pentágono: "No puedo seguir matando a gente que no me ha hecho nada". Desertó. Fue juzgado. Condenado. Pero su caso inspiró a al menos 17.000 militares que, estimaciones del Archivo Nacional, también abandonaron sus puestos entre 1967 y 1973. ¿Eran todos cobardes? No. Muchos simplemente rechazaron una guerra que veían como inmoral. En Alemania, tras la Segunda Guerra Mundial, el Tribunal de Núremberg estableció que "obedecer órdenes" no era defensa válida ante crímenes de guerra. Ironía: hoy, desobedecer órdenes puede costarte la cárcel. La línea entre deber y conciencia es tan delgada que se rompe con el primer disparo.

Abandono de puesto: cuando el miedo entra en el reglamento

El lenguaje militar es frío. "Abandono de puesto" suena más a informe técnico que a tragedia humana. Pero bajo esa frase se esconde el acto concreto: un soldado deja su posición sin autorización durante combate o en alerta. En el ejército español, esto puede acarrear penas de hasta seis años. En Corea del Sur, donde el servicio militar es obligatorio, más de 1.200 desertores han intentado cruzar la frontera hacia el Norte desde 1953 —un número que, por cierto, incluye a unos pocos que buscaban refugio, no traición. El problema persiste: ¿cómo juzgar a quien escapa no por miedo al enemigo, sino al sistema que lo reclutó?

¿Cobardía militar? Un juicio cargado de estigma

El término cobardía es más coloquial, más visceral. No siempre tiene base legal, pero sí social. En 1914, durante la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido fusiló a 306 soldados por "cobardía en combate". Muchos sufrieron lo que hoy llamamos TEPT. Entonces, simplemente se los consideraba "débiles". ¿Y sabes qué? Algunos de esos fusilados no habían abandonado el campo de batalla. Simplemente no pudieron disparar. No se movieron. Quedaron paralizados. Porque el miedo no siempre huye: a veces se queda, inmóvil, como una estatua de sal. Dicho esto, el uso de "cobardía" como etiqueta ha sido ampliamente criticado por psicólogos militares. Un estudio de la Universidad de Oxford en 2020 mostró que el 68% de los soldados que "abandonaron su puesto" presentaban signos claros de crisis nerviosas previas. ¿Entonces? ¿Fueron cobardes, o víctimas de un sistema que no los preparó emocionalmente?

Y es que seamos claros al respecto: llamar cobarde a un soldado que huye es como acusar a un náufrago de no nadar bien. Olvidamos la tormenta, las heridas, el frío. El soldado no es un robot programado para resistir. Es un humano con límites. Y esos límites no son morales, son biológicos. El cerebro, bajo estrés extremo, puede colapsar. La adrenalina, en exceso, paraliza. Así funciona. No es disculpa. Es ciencia.

¿Refugiado de guerra o desertor? La frontera del asilo

Hay casos en los que huir no es escapar del deber, sino del peligro. En 2022, más de 400 militares rusos solicitaron asilo político en países vecinos tras rechazar participar en la invasión de Ucrania. ¿Son desertores? Legalmente, sí. Pero políticamente, muchos los consideran refugiados. Finlandia, por ejemplo, les dio refugio a 13 de ellos en 2023. No los deportó. ¿Por qué? Porque el gobierno finlandés determinó que enfrentarían persecución en Rusia. Como resultado: el derecho internacional se vuelve más flexible que el manual militar. Es un poco como si el mundo civil dijera: "Sí, rompiste las reglas, pero tenías razón al romperlas".

Deserción vs. solicitud de asilo: ¿cuál es la diferencia?

Uno abandona por miedo al combate. El otro, por miedo al sistema. El primer caso suele ser sancionado. El segundo, a veces, protegido. En Estados Unidos, entre 2008 y 2014, 29 soldados solicitantes de asilo en Canadá fueron aceptados tras argumentar objeción de conciencia a las guerras en Irak y Afganistán. No todos tuvieron éxito, pero el 42% logró quedarse. La clave: demostrar que su oposición era sincera, no solo una excusa. ¿Y qué pasa con los que no pueden probarlo? Pues se quedan colgando entre dos mundos. Ni soldados, ni ciudadanos libres.

Fugas masivas: cuando el ejército pierde el control

En 2023, el ejército saharaui reportó una fuga masiva de al menos 89 reclutas durante un entrenamiento en el sur de Argelia. No hubo combate. No había órdenes suicidas. Solo un momento de pánico colectivo, según los informes. ¿Qué explicaría eso? Tal vez la falta de liderazgo. O la presión acumulada. O simplemente el hartazgo. Porque no todos los que visten uniforme lo hacen por convicción. Algunos lo hacen por dinero. Otros, por obligación. Y cuando el cuerpo no sigue al uniforme, el resultado es la huida. El problema no es individual. Es estructural.

Alternativas al abandono: la objeción de conciencia

No huir no es la única salida. En 34 países, entre ellos Alemania, Suecia y Brasil, existe la figura de la objeción de conciencia al servicio militar. Quien la ejerce no combate, pero sí cumple un servicio civil: hospitales, rescate, educación. En Noruega, más del 12% de los jóvenes reclutas eligen esta vía cada año. En Israel, donde el servicio es obligatorio, menos del 2% lo solicita —y muchos de ellos son rechazados. La diferencia no es cultural. Es política. Porque admitir que alguien puede negarse a matar es reconocer que la guerra no siempre es justa. Y eso, para muchos gobiernos, es inaceptable.

¿Por qué no todos los países permiten la objeción?

Porque permite que el soldado diga "no". Y una vez que se abre esa puerta, es difícil cerrarla. En Turquía, por ejemplo, la objeción de conciencia no está reconocida. Quien se niega, es condenado. Hasta 2021, más de 3.100 personas fueron encarceladas por este motivo. La ironía: muchos de ellos eran testigos de Jehová, cuya fe les prohíbe portar armas. ¿Y el Estado? Prefiere meterlos en prisión antes que aceptar que la conciencia puede sobreponerse al deber. De ahí que muchos opten por la huida. Porque cuando no hay salida legal, la única opción es saltar el muro.

Preguntas frecuentes

¿Se puede huir de la guerra sin ser desertor?

Sí, bajo ciertas condiciones. Si un soldado abandona su puesto por razones médicas graves —como un ataque de pánico confirmado por un psiquiatra militar—, puede ser reubicado, no sancionado. En Francia, desde 2016, existe un protocolo para evaluar el TEPT como causa de baja, no como delito. No es excusa. Es diagnóstico. Pero claro, depende del país, del ejército, del momento. Los datos aún escancean sobre cuántos casos se resuelven así. Honestamente, no está claro. Pero es un avance.

¿Qué pasa si un soldado huye durante combate?

Las consecuencias son inmediatas. Puede ser detenido en el campo, juzgado por tribunal marcial, encarcelado o, en regímenes autoritarios, ejecutado. En Siria, durante la guerra civil, se reportaron al menos 127 fusilamientos por abandono de puesto entre 2012 y 2015, según Amnistía Internacional. La mayoría, sin juicio. Pero también hay historias distintas. En Ucrania, en 2023, un soldado que huyó durante un bombardeo fue readmitido tras recibir tratamiento psicológico. El ejército ucraniano, bajo presión de ONG, ha empezado a distinguir entre "fuga" y "colapso". Eso lo cambia todo.

¿Es lo mismo desertar que desertar ante el enemigo?

No. Hay matices legales. "Deserción ante el enemigo" es un agravante. Implica que el soldado no solo se fue, sino que podría haber entregado información. En el ejército de EE.UU., esta figura aumenta automáticamente la pena. Pero en la práctica, es difícil probarlo. Y muchas veces, la acusación es usada como herramienta de presión. Para hacer ejemplo. Porque el miedo al castigo debe ser mayor que el miedo al campo de batalla. Así mantienen el orden. O al menos, eso creen.

La conclusión: no hay palabra única para el abandono

Deserción, abandono de puesto, cobardía, objeción de conciencia —cada término refleja una mirada distinta sobre el mismo acto. Yo estoy convencido de que no podemos seguir juzgando la huida con palabras del siglo XIX cuando el cerebro humano, la ética moderna y las guerras contemporáneas han cambiado radicalmente. El soldado no es un engranaje. Es un ser con límites. Y si no entendemos eso, seguiremos condenando a quienes, en lugar de fallar al deber, cumplen con su humanidad. Estamos lejos de un consenso. Los expertos no se ponen de acuerdo. Pero una cosa es segura: la palabra que usamos define si vemos a un traidor... o a un superviviente. Y basta decir: eso importa más de lo que creemos.