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¿Cómo se llama cuando un soldado huye de la guerra?

Y es exactamente ahí donde las cosas dejan de ser binarias. Un acto que algunos llaman cobardía, otros lo ven como un acto extremo de lucidez. La gente no piensa suficiente en esto: la deserción no es un evento. Es un proceso. Una acumulación de noches sin dormir, de órdenes dadas sin sentido, de compañeros que mueren por mapas y políticas que nadie entiende. ¿Sabías que durante la Guerra de Vietnam, más de 500.000 soldados estadounidenses fueron acusados de ausencia irregular? Y de ellos, unos 9.000 lograron escapar a Canadá. Pero incluso allí, el estigma persistía. “¿Traición?”, me preguntó un veterano en Berlín hace años. “Traidor es mandar a morir por mentiras. Yo no traicioné a mi país. Traicioné a la locura.”

Deserción militar: la definición que el ejército quiere que conozcas

El código militar de muchos países define la deserción como la ausencia prolongada del deber con intención de no regresar. No basta con perderse en la retaguardia. Tienes que huir. Y demostrar que no volverás. En Estados Unidos, bajo el Uniform Code of Military Justice (UCMJ), la deserción puede significar hasta cinco años de prisión… o pena de muerte en tiempos de guerra. Claro, esta última rara vez se aplica. En el siglo XXI, solo un caso fue condenado a muerte por deserción: Eddie Slovik, fusilado en 1945 durante la Segunda Guerra Mundial. Un ejemplo aterrador. Y simbólico.

La intención es clave aquí. Si desapareces tras una emboscada, no eres desertor. Si te capturan y escapas hacia territorio neutral, tampoco. Pero si tomas tus botas, tu fusil, y caminas 200 kilómetros hacia la frontera más cercana con la decisión de no regresar, entonces sí. Estás en el mapa de los fugitivos. Y no es solo un problema legal. Es social. Es moral. Es familiar. Imagina volver a casa después de diez años y que tu propio pueblo te mire como si hubieras traicionado a los muertos.

Cuándo la deserción se convierte en supervivencia

No todos los que se van son cobardes. Algunos simplemente están vivos. Y eso lo cambia todo. En Siria, entre 2011 y 2018, más de 70.000 soldados del ejército regular abandonaron sus filas. Muchos no lo hicieron por miedo, sino por negarse a disparar a su propia gente. Otros, simplemente, no creían en el régimen. ¿Deserción? Sí. Pero también resistencia interna. Es un poco como si, dentro de una máquina diseñada para matar, una pieza decide no girar más.

En Colombia, durante el conflicto con las FARC, desertar podía significar la muerte a manos de tus propios compañeros. O a manos de los guerrilleros. Un doble filo. Pero aun así, entre 1999 y 2015, más de 58.000 uniformados abandonaron las filas. De ahí que algunos analistas hablen de “deserción ética” como categoría aparte. No una huida del peligro, sino una huida del mal.

¿Falta de valor o exceso de conciencia? La línea entre cobardía y coraje

La palabra “cobardía” pesa más que una mochila llena de munición. Y muchos desertores la llevan clavada en el pecho, aunque nadie se la diga en voz alta. Pero ¿cómo juzgas el miedo cuando estás bajo fuego durante 72 horas seguidas? Cuando tu sargento muere frente a ti y su cara queda impresa en tu retina hasta el insomnio crónico? Aquí es donde se complica: porque el miedo no es falta de valor. Es un mecanismo. Y a veces, el acto más valiente es reconocer que ya no puedes más.

Estudios del Instituto de Salud Mental de Bethesda indican que un soldado expuesto a combate intenso puede sufrir niveles de cortisol (la hormona del estrés) 300% superiores a los normales. Durante meses. ¿Y esperamos que no huya? Es como exigirle a un motor que siga funcionando sin aceite. (Claro, hay excepciones. Siempre las hay.)

Pero también existe la deserción por conveniencia. La que se da no por trauma, sino por oportunismo. Como en Afganistán, donde algunos miembros del ejército pagaban sobornos para obtener salidas falsas de servicio. O en partes de África subsahariana, donde soldados desertan para unirse a grupos armados mejor pagados. No es supervivencia. Es negocio. Y eso, honestamente, no está claro si pertenece al mismo plano moral.

PTSD y el derrumbe mental: cuando el enemigo está dentro

El trastorno de estrés postraumático afecta al 11% de los veteranos de Irak y al 20% de los de Afganistán, según datos del Departamento de Asuntos de Veteranos de EE.UU. Muchos de los que desertan no lo hacen por rechazo al combate, sino porque ya no pueden distinguir entre el pasado y el presente. Un ruido fuerte los devuelve a la emboscada. Un olor a humo los paraliza. Y cuando el mando les dice “aguanten”, ellos ya no escuchan. Escuchan al soldado que gritaba mientras se quemaba.

¿Puedes culpar a alguien por huir de eso? O mejor: ¿por qué no lo vemos como un colapso sistémico, no individual?

Deserción vs. abandono de puesto: matices que marcan la diferencia

No todo el que se va es desertor. Existe el “abandono de puesto”, que puede ser temporal, sin intención de no regresar. Por ejemplo, un soldado que se ausenta tres días para visitar a un familiar grave, sin permiso, pero regresa. Eso no es deserción. Es indisciplina. La pena, si acaso, es restrictiva dentro del cuartel. Y una amonestación.

La diferencia está en la intención y en la duración. Más de 30 días sin justificación, con señales claras de no regreso (como vender el equipo, cruzar fronteras, adoptar otra identidad), entonces sí entra en el terreno de la deserción. Pero incluso aquí, hay lagunas. En algunos países, como Francia, la deserción en tiempos de paz ha sido despenalizada. Ya no es un delito, sino una baja administrativa forzosa. En otros, como Corea del Norte, los desertores (y sus familias) pueden ser ejecutados o enviados a campos de trabajo.

¿Qué pasa si cruzas la frontera?

Depende de a dónde vayas. Si un soldado sirio deserta y cruza a Turquía, puede pedir asilo. Si un norcoreano lo hace hacia Corea del Sur, es recibido como héroe. Si un estadounidense deserta hacia México… bueno, depende de la época. Durante Vietnam, México no extraditó a desertores. Hoy, el Tratado de Extradición entre EE.UU. y México incluye delitos militares. Basta decir: ya no es tan fácil desaparecer.

Preguntas Frecuentes

¿Puede un desertor convertirse en refugiado?

Sí, bajo ciertas condiciones. Si puede demostrar persecución por su deserción (como en regímenes autoritarios), o si su deserción se basó en objeción de conciencia, algunos países ofrecen asilo. Alemania, por ejemplo, ha aceptado a desertores de Siria y Eritrea argumentando que regresar significaría tortura o ejecución. El problema persiste: no todos los países reconocen la objeción de conciencia como motivo válido.

¿Qué pasa con los desertores en tiempos de paz?

Las sanciones suelen ser menos severas. En muchos ejércitos occidentales, la deserción en tiempos de paz puede resultar en baja deshonrosa, pérdida de beneficios y, en casos extremos, prisión de hasta un año. Pero rara vez se persigue con la misma intensidad. Como resultado: muchas deserciones ocurren en períodos de entrenamiento o despliegue no activo.

¿Existe el perdón para los desertores?

Depende del contexto histórico. Durante la administración de Jimmy Carter, EE.UU. ofreció amnistía a miles de evasores del servicio en Vietnam. Pero no a los desertores activos. Hubo excepciones. Y en 2009, el gobierno canadiense ofreció una “reconciliación simbólica” a los desertores que vivían allí. Nada legal. Solo una disculpa. Porque a veces, el perdón no viene en papel. Viene en silencio.

La conclusión: juzgar menos, entender más

Estoy convencido de que etiquetar a todos los que huyen de la guerra como cobardes es una simplificación peligrosa. Encuentro esto sobrevalorado: la idea de que el coraje consiste en quedarse a morir. A veces, el verdadero acto de humanidad es decidir seguir vivo. Y no necesariamente por miedo. Porque ya no puedes sostener el fusil. Porque no crees en lo que disparas. Porque el costo mental es mayor que cualquier castigo terrenal.

Los datos aún escasean sobre las causas profundas de la deserción en conflictos contemporáneos. Pero lo que sí sabemos es que no es un fenómeno aislado. Es sistémico. Está vinculado a la moral, a la política, a la salud mental. Y a la pregunta que nadie quiere responder: ¿hasta cuándo exige un Estado el sacrificio absoluto?

Y es que, al final, no se trata solo de cómo se llama cuando un soldado huye. Se trata de por qué lo hace. Y de si, como sociedad, estamos dispuestos a escuchar esa historia sin condenar antes de entender. Porque tal vez, solo tal vez, en ese relato, está la clave para evitar que más soldados tengan que elegir entre su conciencia y su uniforme.