El lenguaje del ejército: más que jerga, un código oculto
En las filas, todo tiene nombre. Nada se deja al azar, y menos una partida. Cuando un militar abandona activamente el servicio, no “se va” como quien deja un trabajo de oficina. Se procesa una baja administrativa, se tramita una licencia de retiro o se inicia una separación por voluntad propia. Cada expresión es una puerta que abre a una serie de procedimientos. Un oficial con 30 años de servicio que se retira con todas las condecoraciones y pensión completa no “se va”: se jubila bajo régimen militar especial. El trámite dura entre 4 y 9 meses, dependiendo del país. En España, por ejemplo, la media es de 147 días desde la solicitud hasta la resolución. En Estados Unidos, varía según rama: la Armada suele tardar menos que el Ejército de Tierra. Y es exactamente ahí donde se complica: no todos los sistemas son iguales.
Tomemos el caso de México. Allí, un soldado que completa su servicio militar obligatorio —que dura 12 meses— no se “retira”, sino que obtiene una constancia de cumplimiento. Eso lo cambia todo. No hay pensión, no hay estatus especial. Solo un papel que certifica que hizo el deber. En Chile, sin embargo, se usa el término cese de funciones incluso para quienes dejan por motivos médicos. Y en Argentina, hablar de “baja” puede sonar frío, casi punitivo, así que se prefiere finalización de vínculo castrense. La gente no piensa suficiente en esto: el lenguaje militar no solo describe, también protege. O aísla.
Claro, también existe el otro extremo: cuando alguien se va sin permiso. Eso ya no es “partida”, es deserción. Y ese término pesa. Literalmente. En muchos países, sigue siendo delito. En Colombia, por ejemplo, la pena puede ser de hasta 6 años de prisión. En Corea del Sur, aún más. Y no se trata solo de abandonar el puesto. Se considera deserción incluso no regresar tras una licencia. El problema persiste en tiempos de paz: entre 2018 y 2022, el Ejército surcoreano registró 1,042 casos. El 63% fueron por razones psicológicas. ¿Estamos lejos de eso? Quizá no tanto.
Baja vs retiro: ¿qué diferencia hay realmente?
Baja suena definitivo, pero no siempre lo es. Puede ser temporal. Un militar herido en servicio puede recibir una baja médica por 180 días. Si se recupera, vuelve. Si no, se convierte en baja permanente. En cambio, retiro implica final. No hay reversión. En Estados Unidos, por ejemplo, un retiro honorable abre acceso a beneficios de salud del VA (Veterans Affairs), educación financiada y prioridad en empleo público. Pero si la baja es por conducta deshonrosa, pierdes todo eso. Y a veces, hasta la nacionalidad. Porque sí, en algunos casos extremos, se puede perder la ciudadanía al ser expulsado del ejército.
La línea entre ambos términos es más fina de lo que parece. Un oficial que pide salir por razones familiares puede obtener una baja con derecho a reincorporación. Pero si espera más de 24 meses, el sistema ya no lo considera “activo”. Queda en una especie de limbo burocrático. Como si fuera un fantasma con uniforme. Y es curioso: en el ejército israelí, donde el servicio es obligatorio, el 78% de los civiles que cumplen su deber no regresan ni siquiera como reservistas. No porque estén impedidos, sino porque simplemente… no quieren. Basta decir que para muchos, irse no es un drama. Es un alivio.
Cuándo el silencio habla más que las palabras
No todos los que se van tienen un acto formal. Algunos simplemente desaparecen. No se presenta a la formación. No contesta las llamadas. Y entonces, la institución habla de ausencia injustificada. Si pasa más de 30 días, se convierte en deserción. Pero entre el día uno y el día 29, hay un vacío. Un espacio gris donde nadie sabe qué pasó. Tal vez el soldado tuvo un colapso. Tal vez fue víctima de acoso. O tal vez solo necesitaba respirar. El tema es que el sistema no está diseñado para lo imprevisto. Está diseñado para el orden. Y cuando ese orden se rompe, las palabras se vuelven inadecuadas.
La deserción: huida, traición o supervivencia?
¿Cómo se dice cuando un soldado se va huyendo? Aquí es donde se complica la ética. Llamarlo “desertor” implica juicio. Condena. Pero ¿y si estaba en una misión suicida? ¿Y si vio atrocidades que nadie más vio? En Vietnam, más de 500,000 militares fueron reportados como ausentes entre 1966 y 1973. Muchos no huían del deber, huían de una guerra que ya no creían justa. En 1977, Jimmy Carter les ofreció amnistía parcial. No todos la aceptaron. Algunos prefirieron vivir en Canadá, en silencio, con otro nombre. ¿Fueron traidores? Estoy convencido de que no. Fueron personas que eligieron no morir por un error político.
Y ahora, en Ucrania, vuelve a pasar. Desde 2022, más de 38,000 militares ucranianos han sido acusados de deserción. Pero algunos de ellos no abandonaron el frente: fueron enviados a zonas sin apoyo logístico, sin municiones, sin esperanza. ¿Cómo llamar a eso? No es cobardía. Es abandono institucional. La línea entre deber y supervivencia se desdibuja. Y sin embargo, la etiqueta permanece: desertor. Una sola palabra que borra toda la historia.
Porque aquí no se trata solo de vocabulario. Se trata de poder. De quién tiene derecho a nombrar. Un general puede decir “cesó funciones con honores” y todos asienten. Un recluta que abandona el pelotón por depresión severa es “baja por motivos psiquiátricos”, si tiene suerte. Si no, es “infractor”. Como resultado: muchos prefieren no hablar. Prefieren desaparecer antes que cargar con el sello.
¿Y si simplemente se jubila?
No todo es drama. Algunos soldados llegan al final con orgullo. Después de décadas, se retiran. No hay disparos, no hay despedidas masivas. Solo un sobre con papeles, una medalla, un apretón de manos. En el ejército francés, el retiro militar promedio ocurre a los 52 años. En el británico, a los 55. La pensión ronda el 60% del último salario. No es malo, pero tampoco es lujo. Y es interesante: muchos exmilitares dicen que lo más difícil no es dejar el uniforme, sino dejar la estructura. La rutina. El sentido de pertenencia. Es un poco como salir de una secta, pero sin el estigma. Para hacerse una idea de la escala, en Alemania, más del 40% de los veteranos reporta dificultades para adaptarse a la vida civil. No por trauma de combate, sino por vacío existencial. El ejército les daba un propósito. Ahora, toca construirlo de nuevo.
Y no siempre se logra. En EE.UU., un veterano se suicida cada 100 minutos. Esto no es hiperbólico. Es estadística. Y honestamente, no está claro qué podría cambiarlo. Programas de reinserción existen, sí, pero solo el 22% de los beneficiarios los concluye. El problema persiste porque nadie quiere hablar del antes. Del momento exacto en que el soldado ya no es soldado, pero aún no es civil. Ese interregno. Ese limbo.
Alternativas al lenguaje oficial: lo que se dice en las sombras
En los cuarteles, entre soldados, el lenguaje cambia. No se habla de “baja administrativa”. Se dice “se cayó del burro”, “le dio el bajón”, “se largó”. En Argentina, “se fue a la quinta” (por la quinta pata del gato: la que no existe). En Colombia, “se pasó al otro lado”, aunque no signifique desertión. Son expresiones que alivian, que humanizan. Que reconocen que irse no siempre es simple. Ni simple ni simple. Porque sí, a veces es una decisión valiente. Otra, una rendición. Otra, una liberación.
Comparar los términos oficiales con los coloquiales revela una brecha enorme. La institución quiere controlar la narrativa. Los soldados, no. Ellos saben que cuando alguien se va, no hay una sola palabra que alcance. Basta decir que en mil listas de jerga militar, no hay dos iguales.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa dar de baja a un soldado?
Depende del contexto. Puede ser temporal (por enfermedad o lesión) o permanente (por retiro, deserción o muerte). La baja implica la suspensión del estatus activo. En muchos países, requiere una resolución oficial firmada por un comandante de alto rango. No es automático. Y no siempre es reversible. Un soldado dado de baja por motivos psiquiátricos puede, en teoría, reincorporarse. Pero en la práctica, casi nunca ocurre. Los datos aún escasean sobre el porcentaje real de reinserciones exitosas.
¿Se puede dejar el ejército cuando uno quiere?
No siempre. En países con servicio obligatorio, como Corea del Sur o Suiza, no. Uno cumple su periodo y ya. En otros, como España o Francia, si estás en contrato profesional, puedes solicitar la baja voluntaria, pero con condiciones: mínimo 2 años de servicio, aviso previo de 6 meses, y sin estar en zona de operaciones. Romper el contrato antes puede acarrear sanciones. En EE.UU., por ejemplo, se puede ser procesado si se abandona sin autorización. Aun así, miles lo intentan cada año.
¿Qué pasa si un soldado deserta?
Depende del país y del momento. En guerra, puede enfrentar consejo de guerra. En paz, suele ser juzgado civilmente. Las penas varían: desde multas hasta prisión. Algunos países, como Suecia, han despenalizado la deserción en tiempos de paz. Otros, como Turquía, mantienen penas de hasta 7 años. Lo que explica esta diferencia no es solo la ley, sino la cultura militar. Donde el honor es central, la deserción es casi un sacrilegio.
La conclusión
¿Cómo se dice cuando un soldado se va? No hay una respuesta. Hay docenas. Y cada una revela más sobre quien la dice que sobre quien se va. Llamarlo “retiro” es respetuoso. Llamarlo “deserción” es condena. Llamarlo “baja” es frío. Y a veces, no decir nada es lo más honesto. Porque algunas partidas no necesitan nombre. Solo silencio. Y tal vez, un poco de compasión. Encuentro esto sobrevalorado: la necesidad de etiquetarlo todo. No todo debe encajar. No todo debe justificarse. A veces, un soldado se va. Y eso es suficiente.