TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
ETIQUETAS ASOCIADAS
acceso  asesino  bandos  batalla  ciudades  desnutrición  enfermedades  españa  guerra  hambre  hospitales  médicos  personas  sistema  suministro  
ÚLTIMAS PUBLICACIONES

¿Cuál fue el mayor asesino de la Guerra Civil?

¿Cuál fue el mayor asesino de la Guerra Civil?

El contexto olvidado: cómo una guerra devoró a su propia gente

España, 1936. Un país con una esperanza de vida de apenas 53 años. Un sistema sanitario precario, incluso en las ciudades. En las zonas rurales, era común que un médico atendiera a más de 10.000 personas. Hospitales con menos de 20 camas. Instrumentos quirúrgicos desinfectados con alcohol de garrafa. Y encima, una guerra que paralizó el transporte, rompió las cadenas de suministro y convirtió a los médicos en soldados o desaparecidos. Los frentes no eran solo territorios militares, eran campos de incubación de enfermedades. La población civil, asediada, perdía acceso a agua potable, a alimentos mínimamente nutritivos. El bloqueo naval, las quemas de cosechas, las ciudades bombardeadas: todo conspiraba para crear un caldo de cultivo perfecto. Y en ese caldo, las bacterias y los parásitos se multiplicaban sin control. Los combates duraron tres años, pero los efectos de la hambruna y las epidemias se prolongaron hasta bien entrada la década de 1940. La guerra no terminó en 1939. Solo cambió de forma.

La sanitaria en ruinas: entre escasez y heroísmo

Había ambulancias movidas a pedales. Había cirujanos que operaban sin anestesia local porque se les había acabado. Había enfermeras que esterilizaban gasas con agua hervida en ollas de cocina. Y había miles de heridos esperando días para una atención básica. La Sanidad, dividida entre los dos bandos, colapsó. En el bando republicano, intentaron montar un sistema ambulatorio eficiente, con brigadas médicas móviles. Pero los recursos eran insuficientes. En el nacional, aunque contaban con más estructura, la corrupción y el nepotismo retrasaron el reparto de medicinas. Penicilina? Apenas existía. La distrofia proteico-calórica se volvió endémica. Un niño de 8 años que debería haber pesado 22 kilos, llegaba a los 10. En Madrid, durante el asedio, se consumieron gatos, perros, incluso ratas. Eso lo cambia todo cuando piensas en “victoria”.

¿Falta de higiene o genocidio por indiferencia?

Quizás no fue un plan deliberado de exterminio, pero el resultado fue el mismo. No se construyeron letrinas en los cuarteles. No se desinfectaron pozos. No se distribuyó jabón. No se quemaron colchones infestados de piojos. ¿Por qué? Por falta de recursos, sí, pero también por desidia. Porque el soldado era un número, no un ser humano con derecho a salud. Porque el mando pensaba en tácticas, no en epidemiología. El problema persiste: cómo juzgar la negligencia masiva cuando está inmersa en una catástrofe. Y sí, hubo casos de médicos que arriesgaron sus vidas por los heridos de ambos bandos. Pero ellos eran la excepción. La regla era el abandono. Y eso, en escalada, se convierte en asesinato colectivo. Dicho esto, no todos tenían las mismas condiciones. En Cataluña, por ejemplo, las brigadas sanitarias anarquistas fueron más eficaces que muchas unidades del Estado. Pero eso no salvó a nadie del hambre.

Las cifras que nadie quiere mirar de frente

Más de 200.000 muertos en combate. Eso dicen los registros. Pero las muertes por enfermedad y desnutrición superaron ampliamente esa cifra. Algunos historiadores hablan de entre 300.000 y 400.000 víctimas indirectas. El tifus solo, mató a más de 50.000 personas documentadas. La disentería, a otras 70.000. Y eso sin contar los niños que murieron en la posguerra. En 1942, la tasa de mortalidad infantil en España era del 14%, una de las más altas de Europa. En Andalucía, llegó al 22%. Para hacerse una idea de la escala: eso es como si hoy en día, en una ciudad de tamaño medio, muriera uno de cada cinco niños antes de cumplir cinco años. ¿Qué hubiera pasado si hubiera habido vacunas? ¿Y si hubieran llegado alimentos no racionados? Lo que explica esto es que la guerra no solo destruye infraestructuras, también aniquila el futuro.

Tifus vs balas: la batalla que nadie celebró

El tifus, transmitido por el piojo, se propagó como reguero de pólvora en los frentes del Ebro, Teruel y Guadalajara. Temperaturas bajo cero, ropa sin cambiar en semanas, sudor, hacinamiento. Era un escenario ideal. Un solo piojo podía infectar a cinco personas en tres días. Los síntomas: fiebre alta, delirio, erupciones. Muchos morían sin saber qué les pasaba. Los médicos, cuando tenían diagnóstico, no tenían tratamiento. No había sulfa. No había aislamiento. No había desinfección. Mientras, las batallas mediáticas se centraban en quién ganó el Cerro de los Ángeles. Pero el verdadero ganador era el bacilo Rickettsia prowazekii. Y aquí es donde se complica la narrativa. Porque no puedes poner una estatua a una bacteria. No puedes homenajear a la diarrea crónica. Así que el enemigo más eficaz fue borrado de la historia. Curioso, ¿no? ¿Quién recuerda hoy a los sanitarios que murieron contagiados mientras atendían a los demás?

Desnutrición: el lento estrangulamiento del cuerpo

No es un golpe rápido. Es una agonía de meses. La falta de proteínas, de vitaminas, de grasas, debilita el sistema inmunológico. Una simple gripe se vuelve mortal. Un corte se infecta. Un resfriado, neumonía. En las ciudades asediadas, la ración diaria descendió a menos de 1.000 calorías. En algunos momentos, en Madrid, fue de 700. El cuerpo, entonces, comienza a consumirse a sí mismo. Músculos, órganos, hasta que el corazón no da más. Las mujeres embarazadas abortaban. Los niños dejaban de crecer. Y la gente no piensa suficiente en esto: el hambre no solo mata. Deforma. Crea generaciones marcadas. Y es que, aunque el frente no estaba en la cocina, la guerra estaba en el plato.

La hambruna como arma: ¿fue intencionada?

Hay pruebas de que ambos bandos utilizaron el hambre como herramienta estratégica. En zonas republicanas, el bloqueo franquista cortó el acceso a trigo, aceite y medicinas. En zonas nacionalistas, se priorizaba el suministro a las tropas y se racionaba brutalmente a los civiles considerados “peligrosos”. En Madrid, durante el asedio, se llegó a vender pan con serrín. En Cataluña, en 1938, hubo aldeas donde no se veía un huevo en seis meses. ¿Fue genocidio? No en el sentido legal estricto. Pero sí en el efecto. Salvo que quieras creer que es casualidad que las zonas con más oposición política fueran las más castigadas en distribución. El silencio burocrático también mata. Y en eso, ambos bandos tienen responsabilidad.

Comparación silenciosa: otras guerras, otros asesinos

En la Primera Guerra Mundial, las enfermedades también fueron letales, pero con cifras más controladas gracias a avances sanitarios. En la Segunda Guerra Mundial, el hambre fue usado deliberadamente por los nazis en los guetos. Pero en España, no hubo cámara de gas. No hubo exterminio industrial. Fue más lento. Más sucio. Más doméstico. Es un poco como morir por descuido, no por orden directa. Y aun así, el resultado fue similar. En Vietnam, el agente naranja dejó secuelas. En Siria, los bombardeos a hospitales. Pero en España, fue la combinación de todo: negligencia, pobreza, aislamiento. Nadie fue juzgado por los muertos de tifus. Nadie fue condenado por racionar la harina. Ese es el verdadero crimen: la impunidad del sufrimiento cotidiano.

Preguntas frecuentes

¿Hubo más muertos por enfermedad que por combate en la Guerra Civil?

Sí, si contamos el periodo inmediatamente posterior. Durante el conflicto, las muertes directas por armas fueron más visibles. Pero si extendemos el cómputo a la posguerra —y muchos historiadores lo hacen—, el número de fallecidos por hambre, tifus y otras enfermedades supera con creces al de los caídos en batalla. Estamos lejos de eso de que “la guerra terminó y todos volvieron a casa”.

¿Por qué no se habla más del tifus en la historia oficial?

Porque no es heroico. No hay gloria en morir de diarrea. La memoria colectiva prefiere héroes y traidores, no bacterias y piojos. Además, hablar del tifus obliga a reconocer el colapso del Estado, la incompetencia, la pobreza. Es más fácil recordar una batalla que una colada sin lavar en seis semanas.

¿Se podría haber evitado esta catástrofe sanitaria?

Parcialmente. No se puede eliminar el sufrimiento en una guerra, pero se puede reducir. Con mejores cadenas de suministro, con planificación sanitaria, con acceso a productos básicos. La Unión Soviética, durante la Segunda Guerra Mundial, logró mantener tasas de infección más bajas gracias a campañas de desinfección masiva. España no tuvo eso. Ni recursos, ni voluntad política. Honestamente, no está claro si alguien en el poder creyó que valía la pena salvar vidas más allá de las útiles para combatir.

La conclusión

El mayor asesino de la Guerra Civil no fue el fusil, ni el avión, ni el cañón. Fue la indiferencia. Fue la falta de jabón. Fue el piojo en la camisa del miliciano. Fue el niño que no llegó a cumplir tres años porque su madre no tenía leche. Yo estoy convencido de que recordar solo lo militar es una forma de negación. La guerra no se gana ni se pierde solo en el campo de batalla. Se gana o se pierde en la sopa aguada de la cocina de una viuda. Y eso, nadie lo celebra. Pero es la verdad. Encuentro esto sobrevalorado: el mito del héroe con fusil. El verdadero drama ocurrió en silencio, entre fiebres y llantos ahogados. Y si de algo sirve esta reflexión, es para recordar que las guerras no terminan cuando callan los cañones. Terminan cuando un niño come algo que no sea serrín.