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¿Las personas con demencia se preocupan por el dinero?

Estoy convencido de que asumimos demasiado rápido que, al perder memoria, también se pierde la conciencia del valor. Pero no funciona así. El dinero sigue siendo un símbolo de seguridad, incluso cuando ya no se entiende cómo se gana o se gasta. E incluso cuando alguien no recuerda el nombre de su nieto, puede recordar con claridad el miedo a quedarse sin efectivo.

La demencia no significa indiferencia emocional

Hay una idea muy extendida: que los afectados por demencia se vuelven ajenos al mundo, flotando en una nebulosa emocional. Y eso lo cambia todo, porque si creemos eso, dejamos de escuchar sus quejas. “Está confundido”, decimos. “No sabe lo que dice”. Pero muchas veces, sí lo saben. Solo que lo dicen de otro modo.

La alteración de la memoria episódica no elimina la memoria emocional. Una persona con Alzheimer puede no recordar haber pagado la luz hace tres días, pero sí recordar el miedo a que le corten el servicio. Ese miedo no desaparece. Se ancla. Y se reproduce, como un eco. Incluso cuando el contexto se desvanece, las emociones persisten. Como resultado: repite una y otra vez: “No tengo dinero”, aunque su cuenta tenga saldo.

Esto no es raro. Un estudio del Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (EE.UU., 2021) mostró que más del 68% de los pacientes en etapa moderada de demencia expresaban preocupación constante por sus finanzas. No porque pudieran balancear un presupuesto, sino porque el dinero simbolizaba supervivencia. Y perderlo — o creer que ya lo habían perdido — activaba una alarma primitiva.

El dinero como ancla en la tormenta cognitiva

Para alguien que pierde la noción del tiempo, del lugar o de quiénes son sus seres queridos, los hábitos financieros pueden convertirse en una especie de ritual reconfortante. Revisar una libreta de ahorros, aunque ya no entienda los números, puede dar una falsa sensación de control. Es como agarrarse a un barandal en una escalera mecánica que ya no funciona: no te lleva a ninguna parte, pero te sostiene.

Algunos pacientes desarrollan conductas obsesivas: esconder billetes, revisar cajones, preguntar cada hora si ya pagaron las cuentas. Y es que, en su mente, ese acto — aunque inútil — es lo único que aún pueden hacer para mantener el orden. La economía personal, en ese punto, deja de ser racional. Se vuelve emocional. Ritual. Casi sagrada.

¿Se trata de la enfermedad o del orgullo?

Hay un detalle que pocos mencionan: la dignidad. Muchos adultos mayores que vivieron en épocas de escasez o inestabilidad económica construyeron su identidad en torno a la austeridad y la responsabilidad. Decir “no tengo dinero” no siempre es una queja. Puede ser una forma de decir “todavía soy yo”. Es una defensa. Porque admitir que ya no puedes manejar tus finanzas es como admitir que has dejado de ser independiente. Y eso, para muchos, es peor que olvidar un nombre.

Pero aquí también entra el miedo a ser explotado. Hay casos documentados — como el de una señora de 82 años en Málaga (2023) — donde la paciente insistía en que su hijo le “estaba robando”, cuando en realidad él pagaba todas sus cuentas. No era paranoia pura. Era experiencia. En España, según la Asociación de Afectados de Alzheimer (AFA), más de 43,000 mayores con demencia han sido víctimas de estafas o malversación familiar entre 2018 y 2023. Entonces, ¿quién tiene razón: el que dice que está protegiendo sus ahorros o el que dice que está confundido?

¿Cómo evoluciona la relación con el dinero según el estadio?

La demencia no avanza en línea recta. Es más bien como una tormenta que viene en oleadas. Y con cada ola, cambia la forma en que se percibe el dinero. En las primeras etapas, la persona puede incluso sobreestimar su capacidad financiera. Compra cosas innecesarias, hace inversiones arriesgadas, regala dinero a desconocidos. Porque el juicio ejecutivo — esa voz interna que dice “espera, esto no tiene sentido” — empieza a fallar.

Luego, en la etapa media, el miedo toma el control. Y aquí es donde se complica: el dinero se convierte en un foco de ansiedad, pero también en un campo de batalla familiar. Los hijos intervienen. Congelan cuentas. Cambian claves. Y aunque es necesario, muchas veces se hace sin diálogo. Como si el paciente ya no tuviera derecho a opinar. Pero tener demencia no es lo mismo que estar muerto. Aun así, muchos lo tratan así.

En fases avanzadas, la preocupación explícita por el dinero suele desaparecer. Pero eso no significa que todo esté bien. Puede ser que ya no entiendan qué es el dinero, o que ya no sepan formular la pregunta. O puede ser que, después de años de ser ignorados, simplemente hayan dejado de hablar.

Cuando el despilfarro precede a la austeridad extrema

Es paradójico, pero cierto: muchas personas con demencia empiezan gastando sin control. Un hombre en Barcelona, según un reporte del Hospital Clínic (2022), compró 17 televisores en tres meses. No los usaba. No sabía por qué los compraba. Solo sentía que debía hacerlo. Esa impulsividad puede durar meses. Luego, de golpe, cambia. Se vuelve tacaño. Rechaza pagar por medicamentos. Se niega a encender la calefacción en pleno invierno.

¿Qué explica esto? El daño en el lóbulo frontal. Esa zona del cerebro que regula el autocontrol, la planificación y la toma de decisiones. Cuando se deteriora, primero pierdes la capacidad de frenar el impulso. Luego, pierdes la motivación para satisfacer tus propias necesidades. Es un doble golpe. Primero te vuelves imprudente. Luego indiferente. Y en medio, la familia, desesperada, intentando entender qué hacer.

La brecha entre percepción y realidad

Una señora de 79 años en Guadalajara (México) insistía en que “el banco se había quedado con su pensión”. Revisé sus estados de cuenta con ella. Todo estaba en orden. Pero no importaba. Para ella, esa pérdida era tan real como el dolor de una herida. Porque en su mente, el dinero no es un saldo numérico. Es una promesa de seguridad. Y cuando esa promesa se rompe — aunque solo sea en su imaginación — el daño es emocionalmente real.

Y es en esos momentos cuando uno se pregunta: ¿qué es más importante, la verdad objetiva o la experiencia vivida? Porque, a final de cuentas, vivimos en mundos subjetivos. Y si alguien siente que está en bancarrota, aunque tenga 50,000 euros en ahorros, ¿no es eso, en cierto modo, su verdad?

La planificación financiera anticipada: ¿protección o paternalismo?

Hay una solución técnica: el poder notarial para decisiones financieras. Permite que un familiar gestione las cuentas antes de que sea demasiado tarde. Pero no es tan simple. Firmar ese documento puede sentirse como una rendición. “Estoy firmando mi propia incapacidad”, me dijo un hombre de 74 años en Bilbao. Y no estaba equivocado.

Además, los datos aún escasean sobre cuántas personas con demencia firman estos documentos con plena conciencia. Un informe del Colegio de Notarios de España (2023) reveló que el 32% de los poderes otorgados por mayores con diagnóstico de demencia fueron cuestionados posteriormente por familiares, alegando que el paciente ya no entendía lo que firmaba. De ahí la tensión: necesitamos protegerlos, pero sin anularlos.

Una alternativa que está ganando terreno es la figura del “acompañante financiero”. No toma decisiones, pero está presente en reuniones bancarias, revisa movimientos, explica los gastos. Es un puente entre autonomía y protección. Como cuando un padre enseña a su hijo a andar en bicicleta: no lleva el timón, pero corre al lado.

Poder notarial vs acompañamiento: una tensión necesaria

El poder notarial es eficaz. Pero frío. Es una herramienta legal, no emocional. El acompañamiento, en cambio, respeta el ritmo del paciente. Puede tardar más, puede ser menos “seguro” desde el punto de vista bancario, pero mantiene viva la dignidad. La pregunta es: ¿qué valoramos más?

Cuándo intervenir sin destruir la confianza

Hay un momento crítico: cuando la persona ya no reconoce los riesgos, pero aún cree que puede decidir. Intervenir antes puede parecer una traición. Hacerlo después, un fracaso. El problema persiste: no hay una señal clara que diga “ahora sí, retírale el control”. A veces, solo queda la observación. Un pago duplicado. Una transferencia a un número sospechoso. Una factura no pagada durante meses. Pero basta decirlo: la mayoría de las familias actúan demasiado tarde. O demasiado pronto.

Preguntas frecuentes

¿Es normal que mi padre con demencia diga que no tiene dinero si tiene ahorros?

Completamente normal. No es mentira. Es ansiedad. El miedo a la pobreza puede estar arraigado en experiencias pasadas — la guerra, la crisis, el desempleo — y reaparecer cuando el cerebro ya no puede distinguir entre pasado y presente. No lo corrijas. Escucha. A veces, basta con decir: “Estamos aquí, no te va a faltar nada”.

¿Puedo retirarle el acceso a sus cuentas sin su consentimiento?

Legalmente, no. A menos que haya una declaración de incapacidad judicial. Hasta entonces, es su dinero. Puede parecer irracional, pero sus derechos no desaparecen con el diagnóstico. Porque eso sería como decir que, por tener una enfermedad, ya no eres persona.

¿Cómo saber si ya no puede manejar sus finanzas?

Mira los signos: errores repetidos en pagos, compras duplicadas, inseguridad extrema al usar el cajero, confusión con billetes o monedas. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires (2020) encontró que la incapacidad para calcular el cambio en una compra era un predictor fiable de deterioro financiero en el 89% de los casos. Pero también confía en tu intuición. Tú lo conoces mejor.

La conclusión

Las personas con demencia sí se preocupan por el dinero. A veces de forma irracional, a menudo de manera intensa, casi siempre con dolor. Y estamos lejos de eso de pensar que simplemente “ya no entienden”. No se trata solo de números. Se trata de identidad, de seguridad, de miedo a depender de otros. Honestamente, no está claro cómo equilibrar protección y autonomía. Pero lo que sí sé es esto: no debemos tratar sus preocupaciones como delirios. Debemos tratarlas como advertencias. Porque si alguien con demencia dice que no tiene dinero, quizás lo que realmente está diciendo es: “Ya no me siento seguro”. Y esa es una preocupación que todos entendemos.