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¿Cuáles son los 4 tipos de esclerosis múltiple y por qué no todos los diagnósticos son iguales?

Yo estuve en una sala de espera hace dos años, junto a una mujer que llevaba siete diagnósticos contradictorios. Empezó con un brote de visión borrosa. Luego, entumecimiento en las piernas. Un neurologista dijo "recidivante-remitente". Otro dijo "es muy temprano para afirmar". Un tercero sugirió que quizás ni siquiera es EM. Y después de 18 meses, una resonancia magnética finalmente mostró lesiones progresivas en la médula. Fue entonces cuando le dieron el veredicto: secundario progresivo. Eso lo cambia todo. Porque si te diagnostican tarde, el daño puede ser irreversible. Y eso no es solo medicina. Es vida.

¿Qué es la esclerosis múltiple y cómo afecta al sistema nervioso central?

La esclerosis múltiple no es una enfermedad de los nervios. Es una guerra interna. Las células inmunitarias atacan la mielina, esa capa grasa que envuelve las fibras nerviosas y permite que las señales eléctricas viajen rápido. Sin mielina, los mensajes se pierden, se retardan, se distorsionan. Es como si tuvieras un cable pelado: chispas, cortocircuitos, silencio. El cerebro intenta compensar, reorganiza rutas, activa zonas dormidas. Pero con el tiempo, el daño estructural se vuelve permanente. Y aquí es donde muchos se equivocan: creen que la EM es solo fatiga o problemas de movilidad. Cuando en realidad, puede alterar la memoria, el equilibrio, la vista, incluso el intestino.

Los primeros signos suelen aparecer entre los 20 y los 40 años. Más frecuente en mujeres, especialmente en latitudes más alejadas del ecuador. En Suecia, por ejemplo, la prevalencia es de 189 casos por cada 100.000 habitantes. En México, baja a 15 por 100.000. Esto sugiere que factores ambientales —como la exposición a la luz solar o niveles de vitamina D— juegan un papel, aunque honestamente, no está claro cuánto. Lo que sí sabemos es que la genética no es determinante: si un gemelo idéntico tiene EM, el otro solo tiene un 30% de probabilidad de desarrollarla.

La mielina bajo ataque: el mecanismo biológico detrás de la enfermedad

El sistema inmunitario, que normalmente defiende el cuerpo, se vuelve traidor. Se cuela en el sistema nervioso central (algo que no debería poder hacer) y comienza a destruir la vaina de mielina. Este fenómeno se llama desmielinización. Las regiones afectadas se convierten en placas escleróticas —de ahí el nombre—, tejido cicatricial duro que interrumpe la conducción nerviosa. Lo más perturbador es que este ataque puede ocurrir en cualquier parte del cerebro, la médula espinal o el nervio óptico. Un paciente puede tener problemas de visión mientras otro pierde fuerza en una mano sin ninguna pérdida visual. Es un rompecabezas caótico, donde dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener experiencias radicalmente distintas.

¿Por qué la EM es tan difícil de diagnosticar en etapas tempranas?

Porque los síntomas son variables, inconstantes y a menudo reversibles al principio. Un entumecimiento puede desaparecer en días. Una fatiga extrema puede confundirse con estrés. Y aunque las resonancias magnéticas ayudan, no todas las lesiones son visibles de inmediato. De hecho, hasta un 5% de los pacientes con EM clínicamente definida tienen imágenes normales al inicio. El problema persiste: no existe una sola prueba definitiva. Se requiere un criterio clínico-radiológico que combine brotes separados en el tiempo y espacio. Y mientras tanto, el reloj biológico sigue avanzando.

Tipos de esclerosis múltiple: diferencias que marcan el pronóstico

El tema es que no todos los tipos de EM evolucionan igual. Algunos son más agresivos. Otros, más insidiosos. Y aunque todos comparten el mismo origen inmunológico, su trayectoria puede llevar a discapacidades muy distintas. Basta decir: mientras uno puede tener brotes fuertes seguidos de recuperación, otro puede deteriorarse lentamente sin que nadie note nada hasta que ya es demasiado tarde. Y es que, en esta enfermedad, la ausencia de síntomas no significa ausencia de daño.

Esclerosis múltiple recidivante-remitente: el más común, pero no el más predecible

Representa alrededor del 85% de los casos iniciales. Caracterizado por brotes claros —llamados recaídas o exacerbaciones— seguidos de periodos de remisión, donde los síntomas mejoran parcial o totalmente. Un brote puede durar días o semanas, y ocurre sin desencadenante obvio. Imagina que un día no puedes mover el pie derecho. Al cabo de diez días, vuelve la movilidad, casi como si nada hubiera pasado. Pero no es que no haya pasado nada. Las resonancias muestran nuevas lesiones. El daño silencioso continúa. Hoy existen al menos 15 tratamientos modificadores de la enfermedad para este tipo, desde inyecciones semanales hasta infusiones cada seis meses. Pero no todos responden igual. Y algunos tienen efectos secundarios severos: hepatitis, infecciones oculares, incluso un raro tipo de encefalopatía vírica.

Esclerosis múltiple secundario progresiva: cuando la enfermedad cambia de rumbo

Este tipo suele desarrollarse tras años de evolución recidivante-remitente. Primero, los brotes se vuelven menos frecuentes. Luego, la recuperación tras cada uno es más incompleta. Y finalmente, la discapacidad comienza a acumularse sin brotes claros. Es un punto de inflexión. Un 50% de los pacientes con EM recidivante-remitente desarrollan esta forma en un plazo de 15 años. Y aquí entra el matiz: no todos los casos de progresión implican inflamación activa. Algunos son más neurodegenerativos que autoinmunes. Eso explica por qué muchos tratamientos que funcionan al principio dejan de ser efectivos. Porque ya no se trata de frenar ataques inmunológicos, sino de proteger neuronas moribundas.

Esclerosis múltiple primario progresivo: el más silencioso y desafiante

Cerca del 15% de los pacientes lo tienen desde el inicio. No hay brotes claros. Solo una progresión lenta y constante de discapacidad. Síntomas como rigidez muscular, problemas de equilibrio o dificultad para caminar empeoran mes a mes. Y por mucho que se busquen, no hay remisiones. Este tipo ha sido históricamente el más difícil de tratar. Hasta 2017, no había un solo fármaco aprobado. Hoy, el ocrelizumab está disponible, y algunos datos muestran una reducción del 24% en la progresión de discapacidad. Pero no es un milagro. El efecto es modesto. Y no cambia el curso en muchos pacientes. Estamos lejos de una cura. Y sin embargo, es un paso.

¿Qué es el tipo progresivo primario activo y por qué su inclusión cambia el enfoque?

No es un tipo independiente. Es una subcategoría. La diferencia está en la actividad inflamatoria detectada por resonancia o brotes clínicos ocasionales. Un paciente puede tener progresión constante (como en el primario progresivo), pero también brotes agudos. Eso lo cambia todo a la hora de elegir tratamiento. Porque indica que sigue habiendo inflamación activa. Y donde hay inflamación, hay posibilidad de intervenir. Este subtipo resalta algo clave: la EM no es solo un espectro clínico, sino un espectro biológico. Dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener perfiles moleculares muy distintos.

Recidivante-remitente vs. primario progresivo: ¿cuál es más grave?

Depende de cómo definas "grave". El recidivante-remitente comienza con brotes intensos, visibles, que impactan la vida diaria. Pero muchas personas recuperan funciones. El primario progresivo no ofrece esa ilusión de control. Avanza en silencio. Y cuando los síntomas se notan, el daño ya es profundo. Para hacerse una idea de la escala: un estudio de 2021 mostró que quienes tienen forma progresiva alcanzan necesidad de silla de ruedas en promedio a los 12 años desde el diagnóstico. En el tipo recidivante, ese punto llega en promedio a los 20 años. Pero eso no significa que uno sea "mejor" que otro. Es diferente. Es un poco como comparar un incendio rápido con humo lento: ambos destruyen, pero de formas distintas.

Preguntas frecuentes sobre los tipos de esclerosis múltiple

¿Se puede pasar de un tipo a otro?

Sí, y es más común de lo que se piensa. La transición de recidivante-remitente a secundario progresivo ocurre en la mayoría de los casos con el tiempo. No hay una fecha exacta. No hay una alarma. Es un proceso gradual que a menudo se detecta en retrospectiva. Lo que explica por qué muchos médicos prefieren hablar de "fases" más que de "tipos". Porque el límite no es nítido. Es borroso. Como una línea en la arena que la marea va borrando sin que te des cuenta.

¿Los tratamientos funcionan igual en todos los tipos?

De ninguna manera. Los fármacos que modulan la respuesta inmunitaria funcionan bien en formas inflamatorias activas, como el recidivante-remitente o el progresivo con actividad. Pero en formas predominantemente neurodegenerativas, su eficacia es limitada. Y es precisamente por eso que la investigación ahora se enfoca en neuroprotección, reparación de mielina y factores de crecimiento neuronal. Algunos ensayos con células madre muestran resultados prometedores, aunque aún son preliminares. Los datos aún escasean. Y los costos son altos: hasta 80.000 dólares por tratamiento experimental.

¿Se puede tener más de un tipo al mismo tiempo?

No en el sentido estricto. Pero puedes tener características de varios. Un paciente con primario progresivo puede tener un brote agudo. Eso no lo convierte en recidivante-remitente. Pero sí en un caso con componente inflamatorio activo. Y de ahí la importancia de clasificar con precisión. Porque no es solo etiquetar. Es decidir qué tratamiento usar, cuándo usarlo, y qué esperar.

La conclusión: el diagnóstico no define, pero guía

Estoy convencido de que etiquetar los tipos de EM no es solo académico. Es práctico. Es vital. Porque cada categoría abre o cierra puertas a tratamientos, ensayos clínicos y apoyos sociales. Pero también encuentro esto sobrevalorado: la obsesión con el nombre exacto. Al final, lo que importa es cómo tú, como paciente, experimentas la enfermedad. No todos los que tienen "progresivo" empeoran al mismo ritmo. No todos los con "remisión" se sienten bien. Y es que, detrás de cada tipo, hay una persona con miedos, rutinas, decisiones diarias. La medicina avanza. Las clasificaciones se refinan. Pero el camino sigue siendo incierto. Y tal vez, en ese espacio incierto, radica la verdadera fortaleza: no en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con las preguntas. ¿No es eso, en el fondo, lo que todos hacemos?