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¿Cómo dormía la gente hace 1000 años?

El tema es: el sueño no ha sido siempre una experiencia lineal. Los datos aún escasean, claro, pero los diarios personales, manuscritos médicos y registros eclesiásticos de la Europa medieval —y en menor medida, otras regiones del mundo— dibujan un patrón extraño para nuestros ojos modernos. Dormir no era una rendición al cansancio. Era un ritual fragmentado, social, a veces incómodo, siempre práctico. Y honestamente, no está claro si estábamos mejor o peor entonces. ¿Era más sano ese sueño interrumpido? ¿O solo una adaptación a la falta de luz y manta eléctrica?

El sueño dividido: una costumbre normalizada antes del siglo XVIII

¿Qué era el “primer sueño” y el “segundo sueño”?

Durante siglos, muchas personas en Europa se acostaban una hora después del atardecer, dormían unas tres o cuatro horas, despertaban entre la medianoche y las 2 a.m., pasaban 60 a 90 minutos en una especie de estado de calma —ni totalmente despiertas ni dormidas— y luego volvían a dormir hasta el amanecer. A esto se le llamaba “primer sueño” y “segundo sueño”. No era insomnio. Era la rutina. Un hombre del siglo XVI podía levantarse, orar, leer, fumar, trabajar un poco, conversar con su pareja o incluso visitar a un vecino. Y luego, sin drama, regresaba a la cama.

Este patrón aparece en documentos tan dispares como los Archivos de Justicia de Londres (donde alguien declaraba haber visto un robo “entre el primer y el segundo sueño”) o en tratados médicos como el de Gilbertus Anglicus, quien escribió en 1230 que era normal despertar en la noche y recomienda no alarmarse. También aparece en textos literarios: Chaucer, Shakespeare, Cervantes. Salvo que en Cervantes no se menciona con tanta claridad, el concepto estaba ahí, implícito.

Y eso que estamos lejos de eso ahora. Hoy, si te despiertas a las 2 a.m., tu mente empieza a girar: ¿estoy enfermo? ¿Tengo estrés? ¿Debo tomar melatonina? Pero en el año 1200, esa hora de vigilia era sagrada. Era un momento de reflexión, de intimidad, de trabajo menor. Algunos teólogos medievales incluso creían que era el mejor momento para rezar. Porque entre el sueño y el sueño, el alma estaba más cerca de Dios. O eso decían.

Cuántas horas, en qué posición, con quién: la mecánica del descanso medieval

La cama: un lujo de pocos, un mueble compartido por muchos

La cama no era un mueble privado. En una casa campesina del norte de Francia en 1300, era común que 4 o 5 personas —padres, hijos, abuelos, sirvientes— durmieran juntos en un mismo colchón de paja, a veces en la misma habitación que los animales. El calor corporal era un recurso, no una molestia. Y sí, los olores también. Pero el problema persiste: ¿cómo mantener la higiene cuando no hay agua corriente, jabón ni ropa de cama lavable con frecuencia?

Los nobles tenían camas con dosel, cortinas para bloquear el frío y, a veces, colchones rellenos de lana o plumas. Pero incluso en un castillo inglés del siglo XIV, las camas duraban 10 o 15 años antes de pudrirse por la humedad. Y el colchón no se cambiaba: se rellenaba de nuevo cuando se aplastaba. Un colchón de noble podía pesar 30 kilos. Levántalo tú todas las semanas para airearlo, a ver qué tal.

Posiciones y posturas: dormir sentado, erguido, en cuclillas

Algunos pueblos del norte de Escandinavia dormían sentados, con la espalda apoyada en una pared de madera, usando una manta enrollada como almohada. En partes de Rusia, los campesinos dormían en el pechka, un horno ruso que también servía como cama elevada. La temperatura allí podía llegar a 40 °C en invierno. Dormir en el pechka era como dormir encima de una estufa de leña —literalmente lo era— pero evitaba congelarse.

En Japón, el patrón era distinto: el sueño en tatami sobre futones delgados, con una almohada de madera o cerámica. No era cómodo para nosotros, pero evitaba que el pelo largo se enredara. Para hacerse una idea de la escala del cambio cultural: una almohada japonesa del siglo XII mide 10 cm de alto. Dormir así es un poco como poner tu cuello en una prensa. Pero ellos no se quejaban. Tal vez porque no conocían otra cosa.

Luz, frío y ruido: los enemigos del sueño medieval

La oscuridad total era rara. Las velas eran caras. Las lámparas de aceite humeaban. El fuego en la chimenea se mantenía, pero solo hasta cierta hora. En invierno, muchas casas solo tenían luz unas 4 o 5 horas después del atardecer. Así que la gente se acostaba temprano, no por salud, sino por necesidad. El sueño empezaba con el sol. Y eso lo cambia todo. Imagina tu ritmo circadiano sincronizado con la naturaleza, sin pantallas, sin ciudades brillantes. Es un lujo que hemos perdido.

Pero el frío era el verdadero enemigo. En Europa, las temperaturas internas en invierno podían bajar a 5 °C. Algunas casas no tenían ventanas de vidrio hasta el siglo XV. Las ventanas eran agujeros tapados con madera o cuero. Las corrientes de aire eran constantes. Así que la gente dormía con ropa, con gorros, a veces con zapatos. Y se acurrucaban. Mucho. El contacto físico no era íntimo, era térmico. Como resultado: las camas eran estrechas, no por diseño, sino por limitación de espacio y calor.

Y los ruidos… no existía el silencio urbano. En ciudades como París o Córdoba en el año 1000, las calles eran estrechas, de tierra, y los animales circulaban libremente. Un cerdo podía gruñir a dos metros de tu ventana. Un perro podía pelear con otro a las 3 a.m. No había aislamiento acústico. Dormir era un acto de resistencia. Dicho esto, tal vez el cerebro se adaptaba. Tal vez esos ruidos no despertaban tanto como hoy una notificación de WhatsApp.

Durmieron solos o en grupo: la intimidad no era prioridad

La idea de dormir solo era un privilegio de reyes, monjes o ermitaños. En el siglo XIII, un sirviente podía dormir en el suelo de la habitación del señor. Un estudiante en Bolonia podía compartir cama con otro estudiante, incluso sin conocerlo bien. En algunos monasterios, los monjes dormían en dormitorios colectivos, en camas alineadas como soldados. El silencio nocturno era una regla monástica. Si uno tosía, era castigado.

La intimidad sexual también estaba limitada. En casas pequeñas, los hijos escuchaban todo. Así que el sexo marital era rápido, silencioso, funcional. No había romance nocturno como hoy, con velas y música. Aquí es donde se complica la romanticización del pasado. Muchos idealizan la vida medieval como más “auténtica”, pero no consideran que hacer el amor con cinco personas en la misma habitación no es precisamente un estimulante.

¿Era mejor dormir así que ahora?

Estoy convencido de que el sueño dividido no era “mejor” ni “peor”. Era diferente. Adaptado a otro mundo. Hoy tenemos luz, calor, camas ergonómicas, ruido blanco y aplicaciones que monitorean nuestro pulso. Pero también tenemos ansiedad, pantallas azules, jornadas laborales desquiciadas y un 30 % de la población mundial con insomnio crónico (OMS, 2022). En contraste, no hay registros históricos de “trastornos del sueño” en la Edad Media. Pero claro, no los diagnosticaban como ahora.

Encuentro esto sobrevalorado: la idea de que “antes dormíamos mejor”. No hay pruebas sólidas de que la calidad del sueño fuera superior. Lo que sí sabemos es que la esperanza de vida era corta —45 años en promedio en Europa occidental en 1300— y que muchas muertes ocurrían durante la noche, especialmente en invierno. Despertarse en la noche no siempre era por diseño: a veces era por tos, hambre o dolor.

Preguntas frecuentes

¿Se usaban almohadas en el año 1000?

Sí, pero no como ahora. Las almohadas eran duras, de madera, cerámica o piedra, especialmente en Asia. En Europa, eran de paja, lana o cuero relleno de hojas secas. No eran universales. Muchos dormían con un brazo doblado como almohada. Basta decir que no eran un objeto de confort masivo.

¿A qué hora se acostaban y levantaban?

Se acostaban una hora después del atardecer, entre las 7 y 8 p.m., y se levantaban con la luz, entre las 5 y 6 a.m. El ciclo estacional marcaba todo. En invierno, dormían más horas totales, pero divididas. En verano, menos. No existía el “horario de oficina”.

¿Existían los trastornos del sueño?

No como los definimos hoy. Pero sí existía la vigilia nocturna, la inquietud, la melancolía (lo que hoy llamaríamos depresión). Textos médicos hablan de “noche larga” o “espíritu inquieto”, y se trataban con infusiones, oraciones o sangrías. Los expertos no se ponen de acuerdo en si estos casos eran insomnio clínico o simplemente respuesta al entorno hostil.

Veredicto

Dormir hace 1000 años no era una experiencia de bienestar. Era una estrategia de supervivencia. Frío, ruido, hacinamiento, incomodidad. Pero también tenía rituales, pausas naturales, un vínculo con el entorno que hemos perdido. El sueño dividido puede haber tenido beneficios cognitivos —esa hora de vigilia era productiva, reflexiva— pero no podemos saberlo con certeza. Tomo posición: no deberíamos romanticizar el pasado, pero sí cuestionar nuestro modelo actual. Forzar 8 horas seguidas no es natural para todos. Tal vez el verdadero error no fue abandonar el sueño dividido, sino no darnos cuenta de que el sueño nunca debió ser una norma única.