De hecho, algunos estudios sugieren que su patrón bimodal —dos fases de sueño separadas por una hora de vigilia— podría haber sido más natural que nuestra carrera actual por las ocho horas seguidas. Nosotros forzamos el sueño. Ellos lo vivían.
El sueño dividido: la noche que ya no existe
Imagina esto: te acuestas al anochecer. Duermes unas cuatro horas. Te despiertas. Y no es insomnio. Es normal. Es el segundo sueño. Durante esa hora intermedia, la gente tejía, rezaba, conversaba, fumaba, leía (si sabía), o incluso visitaba a vecinos. Luego, volvían a dormir otras tres o cuatro horas. Era el sueño en dos fases, documentado en diarios personales del siglo XVI al XVIII, desde Inglaterra hasta Sudamérica colonial. Roger Ekirch, historiador de la Universidad de Virginia, encontró más de 2.000 referencias a esta costumbre en textos de la Europa preindustrial.
Y es que la noche no era una extensión del día, como ahora. Era un territorio distinto. Oscuro. Peligroso. Impredecible. Las velas eran caras —una libra de cera de abejas costaba alrededor de 2 peniques, equivalente al salario diario de un peón—, así que la luz artificial era un lujo. Sin electricidad, la oscuridad definía el tiempo. Dormir no era solo descansar, era también una forma de escapar de lo desconocido.
Entonces, ¿por qué cambió esto?
Porque la industrialización llegó. Porque las fábricas exigían jornadas continuas. Porque el alumbrado público, primero con gas (a partir de 1812 en Londres) y luego con electricidad (finales del XIX), empujó la noche hacia la periferia de la vida útil. Seamos claros al respecto: el sueño continuo no es natural. Es industrial.
Primera vigilia: entre rezos y rumores
En esa hora entre sueños, llamada "la vigilia", la gente no se quedaba inmóvil. Rezaban oraciones privadas —el Libro de Horas incluía plegarias específicas para ese momento—, resolvían pequeños asuntos domésticos, o incluso tenían relaciones íntimas. Algunos médicos de la época recomendaban esa hora como ideal para la concepción, ya que el cuerpo estaría “más relajado y en equilibrio”.
Un diario de 1646 de un comerciante londinense menciona: “Desperté a medianoche, como de costumbre. Encendí un cabo de vela, escribí unas cartas, luego oré brevemente y volví al lecho.” Esto no era excepcional. Era rutina. Y era socialmente aceptado.
Segunda fase: el retorno a la inconsciencia
La segunda fase de sueño solía ser más ligera, más fragmentada. Y sin relojes de pulsera ni pantallas, la gente se guiaba por la posición de la luna, el canto de los gallos o los ruidos del vecindario. En ciudades como Sevilla o Nuremberg, los guardias nocturnos golpeaban tambores o silbaban cada dos horas, marcando el paso del tiempo. Eso lo cambia todo: el sueño no era privado, era compartido con el entorno.
Camas, colchones y los peligros del descanso medieval
El concepto moderno de cama —colchón firme, sábanas de algodón, almohada baja— no existía. La mayoría de la gente dormía en jergones, que eran sacos rellenos de paja, hojas secas o incluso musgo. Se cambiaban cada pocos meses, a veces menos. El resultado: pulgas, chinches, hongos. Y en invierno, más de uno se despertaba con los pies helados. O con un cerdo bajo la cama —sí, los animales a menudo compartían espacios con las familias, por el calor.
Las camas eran caras. Una cama de madera bien tallada podía costar el equivalente a tres meses de salario de un artesano. Así que muchas familias tenían solo una. Los padres, los hijos, los abuelos, todos juntos. Y no es broma: en una casa típica de Yorkshire del siglo XVII, el promedio era de 6.3 personas por cama. Estamos lejos de eso ahora, claro.
Y aquí es donde se complica: la cama no era solo un lugar para dormir. Era un símbolo de estatus. Las camas con dosel, cortinas pesadas y cabeceros ornamentados eran para nobles. En la Casa de Ana Bolena, se conserva una cama con cortinajes de terciopelo rojo con bordados de oro —una fortuna en tela. Pero para el 90% de la población, dormir era una experiencia crujiente, picante y ruidosa.
¿Dormir con animales? Sí, y no era tan raro
En zonas rurales, compartir espacio con animales no era una elección. Era una necesidad. El calor corporal de una vaca o un cerdo podía marcar la diferencia entre sobrevivir o no en una noche de -5°C. Las casas de campo en Escocia o en los Alpes suizos a menudo tenían dos niveles: arriba la gente, abajo el ganado. Las paredes entre ambos pisos eran de madera delgada, así que los sonidos, olores y, sí, gases, pasaban libremente.
Para hacerse una idea de la escala: un estudio de viviendas medievales en Normandía reveló que el 62% de las estructuras analizadas tenían acceso directo entre el área humana y el establo. No era ideal, pero funcionaba. Y basta decir que la higiene no era la prioridad número uno.
La almohada, un lujo incómodo
Las almohadas eran escasas. Y cuando existían, a menudo eran duras como piedras. De madera, cerámica, o rellenas de hierbas secas pensadas para “equilibrar los humores”. Algunas culturas asiáticas incluso usaban soportes de piedra o metal. Imagina despertarte con tortícolis todos los días. Porque eso era común. Dormir sin apoyo para el cuello era más cómodo para muchos. Y es que la estética moderna del cuello alineado no existía. Dormías como podías, no como “debías”.
Luz, ruido y el control del entorno
Hoy, apagamos luces, cerramos persianas, ponemos auriculares. Ellos no tenían esa opción. Las casas tenían ventanas pequeñas, a veces sin vidrio —solo postigos de madera o cuero. El frío entraba. El viento silbaba. El sol despertaba a todos al amanecer. Y los ruidos… Dios, los ruidos. Las ciudades medievales eran ruidosas: perros ladrando, caballos relinchando, borrachos cantando, comerciantes gritando desde el mercado a las 5 a.m. Dormir en paz era un privilegio de conventos o castillos bien aislados.
Como resultado: los ritmos circadianos estaban mucho más ligados al ciclo natural de luz y oscuridad. Sin pantallas ni turnos nocturnos, la gente se acostaba entre una y dos horas después del atardecer. En latitudes altas, esto significaba inviernos de dieciséis horas de sueño potencial. Aunque claro, no todo ese tiempo era dormido. Parte era solo “estar en la oscuridad”.
De ahí que el sueño dividido encajara tan bien. Era una adaptación funcional. No un defecto.
Religión, miedo y los demonios nocturnos
La noche no era solo oscura. Era peligrosa. Espiritualmente. Muchos creían que los demonios, brujas o fantasmas rondaban después del ocaso. Así que dormir no era solo descansar: era también una batalla. Se rezaba antes de acostarse. Se colgaban talismanes. Se dejaba una vela encendida. En algunos pueblos franceses, se dibujaba una cruz con tiza en la puerta de la alcoba. El miedo era real. Y lo era porque, sin luz, cualquier ruido se amplificaba. Un crujido de madera podía ser el diablo. Un grito de animal, una alma en pena.
El problema persiste hoy, aunque lo racionalicemos: ¿cuántos de nosotros hemos sentido esa punzada de miedo al oír un ruido en mitad de la noche? Esa reacción no ha cambiado. Solo el contexto.
Preguntas Frecuentes
¿Dormían menos hace 500 años?
No necesariamente. Aunque el sueño no era continuo, la cantidad total oscilaba entre 7 y 9 horas, similar al promedio actual. La diferencia está en la estructura: dos bloques, con un periodo de vigilia intermedio. El sueño moderno, continuo, es un fenómeno industrial del siglo XIX.
¿Qué usaban para dormir si no tenían colchones?
La mayoría usaba jergones: sacos de lona rellenos de paja, centeno o musgo. Se colocaban sobre tablas de madera o directamente en el suelo. En invierno, se añadían pieles o mantas de lana gruesa. Algunos pobres dormían en el suelo, sobre paja directamente.
¿Era saludable dormir así?
Dependía. El aire interior era denso, con humo de chimeneas y animales cerca. Las infestaciones de parásitos eran comunes. Pero el contacto con ciclos naturales de luz y la ausencia de estrés crónico moderno podrían haber compensado algunos riesgos. Los datos aún escasean, pero encuentro esto sobrevalorado: idealizar el sueño pasado o demonizar el presente.
Veredicto
Dormir hace 500 años no era mejor ni peor. Era distinto. Adaptado a otro mundo. Un mundo sin relojes, sin luz eléctrica, sin horarios fijos. El sueño dividido no era un trastorno. Era la norma. Y tal vez, solo tal vez, era más humano. Porque no forzaba el cuerpo a cumplir con un estándar artificial. Lo dejaba respirar. Aunque con pulgas.
Yo no cambio mi colchón de viscoelástica por un jergón de paja. Pero sí me pregunto si no habremos perdido algo al imponer al sueño un formato rígido, lineal, productivista. Esa hora entre sueños, esa pausa nocturna para pensar, rezar o amar, ¿dónde fue a parar?
Quizá no necesitamos volver al pasado. Pero sí cuestionar el presente. Porque el sueño no es solo biología. Es cultura. Y la nuestra está demasiado iluminada.