Los registros médicos: un rompecabezas incompleto
En el siglo XVIII no existían historias clínicas digitales ni pruebas de laboratorio. Los médicos escribían a mano, a menudo con abreviaturas incomprensibles, y muchas veces ni siquiera firmaban sus informes. Mozart vivió en una época donde la medicina era más arte que ciencia, y los diagnósticos se basaban en síntomas visibles y teorías humoralistas heredadas de la antigüedad. Por eso, cuando hoy intentamos reconstruir su estado de salud, nos encontramos con lagunas enormes.
¿Qué enfermedades documentadas aparecen en los archivos?
Según los documentos conservados en la Biblioteca Mozart de Salzburgo y los diarios de su esposa Constanza, el compositor sufrió al menos estas dolencias graves:
- Trastornos de piel y erupciones cutáneas recurrentes
- Infecciones respiratorias severas, incluyendo posible neumonía
- Problemas digestivos crónicos y dolores abdominales
- Fiebres intermitentes de origen desconocido
- Posible intoxicación por plomo (muy común en la época por el uso de utensilios de cocina)
- Depresión y trastornos del estado de ánimo
Y es exactamente ahí donde empieza el problema: muchas de estas afecciones se superponen, y los síntomas eran tratados sin distinguir entre causas virales, bacterianas o metabólicas.
La infancia: ¿un presagio de lo que vendría?
Mozart nació en 1756 en Salzburgo. Desde muy pequeño mostró una salud frágil. Su hermana Nannerl, en sus memorias, recordaba que el pequeño Wolfgang a menudo se quejaba de dolores de estómago y tenía episodios de fiebre alta que lo mantenían en cama durante días. En aquella época, los niños eran especialmente vulnerables a enfermedades infecciosas, y la mortalidad infantil era elevada.
Uno de los episodios más documentados ocurrió cuando Mozart tenía apenas 7 años. Viajaba con su familia por Europa en una gira que lo llevó a París, Londres y La Haya. En esta última ciudad contrajo una infección respiratoria grave que casi le cuesta la vida. Los médicos de la época le administraron sangrías y emplastos de mostaza —tratamientos que hoy consideraríamos peligrosos— pero que en aquel momento eran estándar. El niño sobrevivió, pero quedó debilitado.
El papel de la dieta y el estilo de vida
La alimentación en el siglo XVIII no era lo que hoy consideraríamos equilibrada. Mozart, como muchos músicos itinerantes, comía a menudo fuera de casa, en posadas donde la higiene era deficiente. Consumía carnes poco cocidas, lácteos sin pasteurizar y bebidas alcohólicas que, aunque diluidas, podían contener microorganismos dañinos. Además, su ritmo de vida era frenético: viajes constantes, ensayos nocturnos y una agenda que no permitía descansos prolongados.
Esto explica por qué, incluso siendo adulto, Mozart era propenso a recaer en infecciones. Su sistema inmunológico nunca se recuperó del todo de aquellos primeros años de desgaste físico.
La edad adulta: entre el genio y el sufrimiento
En su etapa madura, Mozart se estableció en Viena, la capital cultural de Europa. Allí compuso algunas de sus obras más celebradas, pero también enfrentó una serie de crisis de salud que marcaron su producción. En 1791, el año de su muerte, escribió a su esposa Constanza cartas desesperadas describiendo dolores intensos, fiebres altas y una sensación de debilidad que no le permitía trabajar con normalidad.
La enfermedad misteriosa de 1791
Ese año, Mozart comenzó a experimentar síntomas que desconcertaron a sus contemporáneos: hinchazón en manos y pies, vómitos, delirios y una fiebre que no cedía. Algunos médicos de la época hablaron de "fiebre maligna", un término genérico que abarcaba desde malaria hasta tifus. Otros sospecharon de envenenamiento, aunque no existen pruebas sólidas al respecto.
La teoría más aceptada hoy es que Mozart murió de una combinación de factores: posiblemente una infección renal aguda, agravada por una dieta deficiente, estrés extremo y condiciones de vida insalubres. Pero la verdad es que no lo sabemos con certeza. Los registros médicos de la época no permiten un diagnóstico definitivo.
La muerte: un misterio que persiste
Mozart falleció el 5 de diciembre de 1791, a los 35 años. Su muerte fue repentina y dramática. Según Constanza, en sus últimas horas el compositor sufría alucinaciones y no reconocía a sus seres queridos. El certificado de defunción, firmado por el médico de la familia, menciona "fiebre miliar" —un término que podía referirse a varias enfermedades eruptivas— pero sin mayor detalle.
Lo que resulta especialmente inquietante es que, en los días previos a su muerte, Mozart compuso partes de su Réquiem, consciente de que quizá no llegaría a terminarlo. Esa mezcla de lucidez creativa y declive físico ha alimentado leyendas sobre su muerte, incluyendo la famosa teoría del envenenamiento por rivalidad profesional. Sin embargo, los expertos modernos consideran esto poco probable.
Comparación con otros compositores de la época
La salud de Mozart no fue un caso aislado. Muchos músicos del siglo XVIII padecieron dolencias similares. Vivaldi murió de asma a los 63 años, Bach sufrió problemas de visión que lo dejaron temporalmente ciego, y Haendel enfrentó parálisis parcial en sus últimos años. La diferencia es que Mozart murió joven, lo que amplificó el impacto de su fallecimiento y alimentó el mito del genio atormentado.
Pero hay que ser claros al respecto: la mayoría de las personas en el siglo XVIII no llegaban a los 40 años por causas médicas evitables. Mozart no fue una excepción, sino una víctima más de las condiciones sanitarias de su tiempo.
¿Podría haber sobrevivido con medicina moderna?
Esta es una pregunta que obsesiona a los musicólogos. Si Mozart hubiera nacido en el siglo XXI, es muy probable que muchas de sus dolencias hubieran sido tratadas con éxito. Una infección renal detectada a tiempo, una dieta equilibrada, acceso a antibióticos y un manejo del estrés adecuado hubieran cambiado su destino.
De hecho, algunos expertos calculan que, con atención médica contemporánea, Mozart podría haber vivido hasta los 70 u 80 años, manteniendo su capacidad creativa. Imagina lo que habría compuesto en esas décadas adicionales. Esa es la verdadera tragedia: no solo su muerte temprana, sino todo el potencial artístico que se perdió.
Preguntas frecuentes sobre la salud de Mozart
¿Mozart murió de sífilis?
No hay evidencia sólida de que Mozart padeciera sífilis. Algunos biógrafos mencionan esta posibilidad debido a la presencia de síntomas neurológicos en sus últimos meses, pero los análisis modernos consideran más probable una infección renal o una enfermedad autoinmune.
¿Es cierto que Mozart era hipocondríaco?
Mozart sí mostraba preocupación por su salud, pero no en un grado patológico. Sus cartas a Constanza revelan ansiedad genuina ante síntomas físicos reales, no imaginarios. En su época, estar enfermo era un riesgo constante, y su actitud era más de cautela que de hipocondría.
¿Qué papel jugó el plomo en su salud?
El plomo era omnipresente en el siglo XVIII: en utensilios de cocina, en tintas, incluso en algunos cosméticos. La exposición crónica a este metal puede causar daño neurológico, problemas digestivos y debilidad inmunológica. Algunos estudios sugieren que Mozart pudo haber sufrido intoxicación leve por plomo, lo que habría agravado otras condiciones.
¿Mozart tuvo hijos? ¿Heredaron alguna condición médica?
Mozart y Constanza tuvieron seis hijos, pero solo dos sobrevivieron a la infancia: Karl Thomas y Franz Xaver Wolfgang. No hay registros de que heredaran condiciones médicas específicas de su padre, aunque ambos vivieron vidas relativamente cortas para los estándares actuales.
¿Por qué no se le practicó una autopsia?
En 1791, las autopsias no eran rutinarias, especialmente para personas de clase media como Mozart. Además, las condiciones sanitarias de Viena en invierno hacían impracticable realizar procedimientos post mórtem prolongados. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común, lo que impidió estudios posteriores.
La conclusión: más allá de los números
Intentar contar cuántas enfermedades tuvo Mozart es un ejercicio fascinante, pero también limitado. Lo que realmente importa es entender que su vida fue un constante combate contra el dolor físico y la debilidad. Ese sufrimiento, lejos de detenerlo, parece haber alimentado su creatividad. Sus obras más profundas —el Réquiem, la Flauta Mágica, las últimas sinfonías— nacieron en un contexto de fragilidad extrema.
Y es aquí donde la historia se vuelve conmovedora: Mozart no dejó de componer porque se enfermó. Se enfermó mientras componía. Esa tenacidad, esa capacidad de transformar el dolor en belleza, es lo que lo hace único. No solo murió joven; vivió intensamente, exprimiendo cada gota de inspiración que le quedaba en el cuerpo.
Al final, quizá la verdadera pregunta no sea cuántas enfermedades tuvo, sino cuánta música logró crear a pesar de ellas. Y la respuesta es: suficiente para cambiar la historia de la música para siempre.