Intentar hablar de la mortalidad infantil en el siglo XVIII sin que suene como una lección de historia aburrida es difícil. Y más cuando el nombre es Mozart. Uno piensa en sinfonías perfectas, en armonías celestiales, en genios que parecen venir de otro mundo. Pero ese mundo, el de Mozart, estaba lleno de pañales sucios, médicos sin formación real, y entierros que se repetían con una frecuencia desgarradora. Estamos hablando de una época en la que la muerte no era un evento excepcional. Era un visitante habitual. Y para Mozart, se convirtió en una sombra que lo seguía de casa en casa.
La vida familiar de Mozart: entre la genialidad y la tragedia
La imagen que muchos tenemos de Mozart es la de un prodigio brillante, seguro de sí mismo, un poco payaso, siempre con una sonrisa y una broma escatológica. Eso es, en parte, cierto. Pero también era un hombre que lloraba la pérdida de sus hijos en cartas que aún podemos leer. Un hombre que, por mucho que compusiera música que hoy llamamos “divina”, no podía salvar a su bebé de la fiebre o de la diarrea. Y es exactamente ahí donde el mito se rompe. Porque detrás del wig y el traje de época, había un padre desesperado.
El primer hijo de Mozart y Constanze nació en junio de 1783. Lo llamaron Raimund Leopold. Murió a los dos meses. Nadie sabe con certeza por qué. Tal vez meningitis. Tal vez deshidratación. Tal vez simplemente el aire de Viena, cargado de hollín y basura, lo hizo vulnerable. Lo que sí sabemos es que Mozart escribió sobre él en una carta con una ternura que pocos conocen: “nuestro pequeño Raimund comenzó a tener convulsiones”. No hay más. No hay drama. Solo eso. Y después, el silencio del cementerio.
Los nombres que apenas tuvieron tiempo
Hubo otros. Karl Thomas, nacido en 1784, sobrevivió. Franz Xaver Wolfgang, en 1791, también. Pero entre medias, nombres que hoy suenan como ecos: Johann Thomas Leopold, que vivió solo 53 minutos. Theresia Constanzia Adelhaida Friedericke Maria Anna, apenas cinco meses. Anna Maria, que murió al nacer. Y otro niño, sin nombre registrado, que no llegó a respirar. Cinco muertes. Cinco entierros. Cinco veces el duelo, la culpa, la preguntas que no tienen respuesta.
Y es que aquí es donde se complica. Porque cuando uno piensa en Mozart, no piensa en padres llorando a un hijo. Piensa en La flauta mágica, en El rapto en el serrail, en conciertos que parecen brotar del cielo. Pero la verdad es más cruda. Cada partitura que componía, cada nota que escribía, coexistía con el olor a cera de velas en una habitación donde un bebé acababa de morir.
¿Por qué tantos niños morían en el siglo XVIII?
Hoy, en países desarrollados, la mortalidad infantil es inferior al 0.3%. En el Viena de 1785, era del 30%. Tres de cada diez niños no llegaban al quinto cumpleaños. No había vacunas. No había antibióticos. Ni siquiera se entendía del todo lo que era un germen. Y eso lo cambia todo. Imagina que tu hijo tiene fiebre. Llamas al médico. Y el médico te dice: “Hay que sangrarle”. Eso era común. No ayudaba. A veces empeoraba todo.
Y es que el problema persiste no en que Mozart no amara a sus hijos —lo hacía profundamente—, sino en que el conocimiento médico era una especie de adivinanza disfrazada de ciencia. Los bebés morían por infecciones intestinales, neumonía, sarampión, tétanos, incluso por algo tan simple como el cordón umbilical infectado. Y no había forma de prevenirlo. Ni siquiera limpiar las manos era una práctica habitual. (Sí, cuesta creerlo, pero es así.)
Como resultado: en una familia promedio, tener cinco o seis hijos no era por deseo de multitud. Era una apuesta. Una lotería en la que esperabas que al menos dos llegaran a adultos. Y Mozart, a pesar de su fama y su talento, no estaba exento. De hecho, era más vulnerable que otros: sus finanzas eran inestables, vivía en condiciones hacinadas, y se mudaba con frecuencia —factores que aumentan el riesgo de enfermedades.
Sistema inmune inmaduro y condiciones de vida precarias
Los bebés de hoy tienen vacunas contra la hepatitis B al nacer. Los de entonces no. Ni contra la difteria, ni contra la tos ferina. Y eso explica muchas muertes. La tos ferina, por ejemplo, puede matar a un niño en cuestión de semanas. Provoca accesos de tos tan fuertes que el pequeño no puede respirar. Y no había tratamientos. Solo rezar.
Además, las casas eran frías, húmedas, mal ventiladas. El agua estaba contaminada. La leche, a menudo, venía de vacas enfermas. Y la higiene… bueno, digamos que no era una prioridad. Basta decir que muchos bebés eran alimentados con una mezcla de agua, vino y harina —cuando no estaban siendo amamantados por nodrizas exhaustas y malnutridas.
Mozart vs. Beethoven: ¿quién tuvo más tragedia familiar?
Beethoven nunca tuvo hijos. Pero tampoco tuvo una infancia feliz. Su padre era alcohólico, violento, y lo forzaba a tocar horas y horas. Mozart, en cambio, aunque tuvo un padre controlador, nunca fue maltratado físicamente. Y sin embargo, ambos cargaron con duelos distintos. Beethoven, con la sordera. Mozart, con la pérdida de sus hijos.
¿Quién tuvo más dolor? No se puede medir. Pero sí se puede decir que la muerte de sus hijos marcó a Mozart de una forma que no aparece en los libros de música. En 1788, escribe a un amigo: “la muerte es nuestra verdadera mejor amiga”. No es una frase oscura por moda. Es la voz de un hombre que ha enterrado a tres niños en cinco años.
Comparación con otras familias de la época
Hay que reconocerlo: Mozart no fue el único. Joseph Haydn, su amigo y mentor, nunca tuvo hijos. Pero sabemos que muchos músicos de la época perdieron a sus descendientes. Johann Sebastian Bach tuvo 20 hijos. Solo 10 sobrevivieron. Y eso en una época en que tener 20 hijos no era raro en familias numerosas, pero aún así, la tasa de fallecimientos es escalofriante.
Salvo que, mientras Bach vivía en una ciudad más pequeña, con aire más limpio, Mozart estaba en el corazón de una metrópoli contaminada, con aguas negras corriendo por las calles. De ahí que su experiencia fuera aún más cruel. No es solo genética. Es contexto.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos hijos tuvo Mozart en total?
Mozart y Constanze tuvieron siete hijos registrados entre 1783 y 1791. Cinco murieron en la infancia, dos llegaron a la edad adulta: Karl Thomas y Franz Xaver Wolfgang, quien también se convirtió en compositor, aunque nunca alcanzó la fama de su padre.
¿Qué causas tuvieron las muertes de los hijos de Mozart?
Las causas exactas no se conocen con certeza. Los registros médicos de la época son vagos. Pero las sospechas apuntan a infecciones comunes como disentería, neumonía o sepsis. En algunos casos, el bajo peso al nacer o complicaciones durante el parto podrían haber sido factores. No hay evidencia de enfermedades genéticas hereditarias.
¿Cómo afectó esto a la música de Mozart?
Es difícil probar una conexión directa. Pero hay quien argumenta que su Misa en do menor y su Requiem contienen una profundidad emocional que solo puede venir del duelo. Yo encuentro esto sobrevalorado. No toda música triste viene del sufrimiento personal. Pero sí es cierto que, tras la muerte de su hijo Theresia en 1788, su producción cambió. Menos comedias, más introspección.
Veredicto
Sí, cinco hijos de Mozart murieron. Pero más allá del número, lo que importa es entender que no fue una tragedia aislada. Fue el aire del tiempo. Vivimos en una burbuja histórica donde esperamos que todos los niños sobrevivan. Ellos no. Y si hoy nos conmueve que Mozart perdiera a cinco hijos, deberíamos también conmovernos por los millones de padres anónimos que perdieron a más —y cuyos nombres nadie recuerda.
La genialidad no protege. El talento no inmuniza. Y por mucho que admiremos su música, no deberíamos olvidar que cada nota también fue escrita con el corazón roto. Honestamente, no está claro si habría seguido componiendo hasta el final si hubiera podido salvar al menos a uno más. Pero eso ya no lo sabremos. Y quizás, tampoco deberíamos saberlo.