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¿Cuál es el instrumento menos tocado en el mundo?

¿Qué significa realmente “poco tocado”? Una definición con trampas

Empecemos por romper el espejo: cuando alguien pregunta cuál es el instrumento menos tocado, no está pensando en popularidad. Tampoco en dificultad. Está preguntando por rareza absoluta. Por aislamiento acústico. Hay que distinguir entre “poco conocido” y “casi nunca tocado”. Por ejemplo, el saxofón es común; el saxo soprano, menos; el saxo contrabajo, ya es una curiosidad. Pero ni siquiera se acerca al nivel de abandono de instrumentos como el hydraulophone, cuya base es el agua en lugar del aire, o el Stylophone, ese juguete electrónico de los 60 que David Bowie usó en “Space Oddity” y que hoy solo unos fanáticos coleccionan.

Y es exactamente ahí donde la métrica se vuelve difusa. ¿Contamos solo instrumentos con partituras oficiales? ¿O incluimos los experimentales, los artesanales, los que existen en un solo prototipo? Hay alrededor de 300 instrumentos catalogados como “de producción limitada o extinta” según el Museo de Instrumentos Musicales de Bruxelles. De ellos, solo 12 tienen más de 10 intérpretes activos en el mundo. El resto: silencio. O casi.

Instrumentos que existen pero no suenan

El ondes Martenot, inventado en 1928 por Maurice Martenot, es un caso fascinante. Emite sonidos mediante oscilaciones eléctricas, controladas por un teclado y un anillo que desliza la mano. Tiene un timbre que oscila entre el violín, el coro humano y un susurro del más allá. Fue usado por Olivier Messiaen, Radiohead, y en la banda sonora de “The Lord of the Rings”. Pero hoy, solo Francia tiene un conservatorio (el de París) que imparte clases formales. Cada año se gradúan menos de 5 estudiantes. A nivel mundial, el número de ejecutantes profesionales ronda los 80. Si descartamos aficionados, quedan 37. Eso lo cambia todo.

Y no es porque sea difícil —aunque lo es— sino porque no hay repertorio comercial. No hay conciertos de masas. No hay patrocinios. Un ondes Martenot original cuesta entre 15.000 y 30.000 euros. La gente no piensa suficiente en esto: el acceso al instrumento condiciona su supervivencia.

El theremin: música con las manos en el vacío

Más conocido, pero no más tocado. El theremin, inventado en 1920 por Léon Theremin, se toca sin contacto físico. Dos antenas controlan frecuencia y volumen mediante el campo electromagnético alrededor de las manos. El sonido es inquietante, usado en películas de terror de los 50 y en temas de Pink Floyd. Pero dominarlo requiere una precisión milimétrica. Un desplazamiento de 2 cm puede cambiar la nota en un semitono. Hay menos de 200 thereministas activos en el mundo, y solo 30 con carrera internacional. Clara Rockmore, su gran embajadora, murió en 1998. Desde entonces, el instrumento ha sobrevivido en nichos: festivales de música experimental, instalaciones de arte, y vídeos de YouTube con menos de 100.000 reproducciones. Salvo que alguien lo lleve al mainstream, estamos lejos de eso.

La física del abandono: ¿por qué algunos instrumentos se extinguen?

No es cuestión de gusto. No es solo dinero. Es un conjunto de factores que se retroalimentan como una espiral descendente. El primer obstáculo: producción. Si no se fabrica, no se toca. El hydraulophone, por ejemplo, requiere tuberías, válvulas y un sistema de presión de agua. Solo existe en museos, universidades (como la de Toronto, donde fue desarrollado) o instalaciones artísticas. Hay menos de 10 unidades funcionales en todo el planeta. ¿Cómo aprender a tocar algo que no puedes tener?

El segundo: la falta de pedagogía. No hay métodos, no hay profesores, no hay escuelas. El Stylophone tuvo un breve renacimiento en 2007 cuando se reeditó, pero no trajo consigo una ola de pedagogos. Hoy, aprender a usarlo implica ver tutoriales de 8 minutos en YouTube o descifrar diagramas de circuitos. ¿Y los niños? No lo ven en TikTok. No lo ven en ningún lado. Como resultado: no lo desean.

Pero el problema persiste también en instrumentos “vivos” que simplemente no interesan. El ocarina, por ejemplo, tiene miles de usuarios, pero la inmensa mayoría son aficionados casuales. Solo 12 músicos en el mundo lo usan en contextos profesionales serios, según datos de la Asociación Internacional de Ocarinistas (sí, existe, fundada en 1994 en Italia). E incluso ahí, muchos tocan otras cosas también. El ocarina es un complemento. Nunca el protagonista. Y porque no es protagonista, no se le da espacio. Dicho esto, eso no significa que no merezca atención.

Los instrumentos más raros que quizás nunca hayas escuchado

Tomemos el shō, un instrumento japonés de viento de 17 cañas, usado en la música gagaku (corte imperial). Tiene un sonido espectral, como un acorde suspendido en el tiempo. Solo hay 200 shōs fuera de Japón. Los músicos que lo tocan con dominio técnico se cuentan con los dedos de una mano. Uno de ellos es Alain Daniélou, aunque murió en 1994. Hoy, su heredero más directo es el francés Jacques Fournier, quien ha grabado tres álbumes y enseña a un puñado de estudiantes en Lyon. Pero el acceso al instrumento es casi imposible: cuesta entre 6.000 y 9.000 euros, y debe fabricarse a mano en Kioto.

Esto lo compara, irónicamente, con el hang drum, un instrumento suizo de percusión inventado en 2000. Aunque tiene solo 24 años de historia, su producción se limitó a 5.000 unidades antes de que los creadores lo abandonaran en 2013. Hoy, un hang original se vende entre 3.000 y 7.000 dólares en el mercado negro. Hay más gente haciendo colas para comprar uno que gente que realmente lo toque bien. Para hacerse una idea de la escala: hay más vídeos de gatos en internet que grabaciones serias de hang drum con duración superior a los 10 minutos.

Comparación de rareza: números fríos, sonidos cálidos

Si tuviéramos que hacer una tabla mental de rareza, el ranking sería más o menos así:

Ondes Martenot: 37 ejecutantes profesionales, 1 escuela formal, 250 unidades históricas existentes (de las 300 fabricadas).

Theremin: 200 músicos activos, 3 fabricantes oficiales (en EE.UU., Rusia y Francia), pero solo 30 con discos publicados.

Hydraulophone: 10 unidades funcionales, 5 investigadores lo usan regularmente, 0 presencia en repertorio clásico.

Shō: 200 instrumentos fuera de Japón, menos de 15 músicos no japoneses con dominio técnico.

Estos números, fríos como el metal de sus cuerdas o tubos, esconden una verdad más incómoda: el valor no se mide en usuarios, sino en impacto. El theremin estuvo en “Good Vibrations” de The Beach Boys. El ondes Martenot en “Rejoice” de Radiohead. El hang en obras de música ambiental que han calmado a millones. Y aun así, su presencia es fantasma. Invisible. Como si su sonido fuera demasiado puro para ser popular.

Preguntas Frecuentes

¿Se puede aprender a tocar un instrumento extremadamente raro por internet?

Basta decir: sí, pero con enormes limitaciones. Puedes encontrar tutoriales, foros, incluso clases online. Pero sin acceso físico al instrumento, es como aprender a nadar leyendo un libro. El theremin, por ejemplo, requiere un entorno sin interferencias electromagnéticas. ¿Cuántas casas cumplen eso? Y porque no puedes practicar diariamente, el progreso es lento. Muy lento. Honestamente, no está claro si se puede alcanzar dominio técnico sin mentoría presencial.

¿Por qué no se enseñan estos instrumentos en las escuelas de música?

Dinero. Espacio. Prioridades. Una escuela de música gasta en promedio 50.000 euros por año en mantenimiento de pianos, violines y clarinetes. ¿Para qué invertir en un hydraulophone que necesita fontanería especial? Además, los programas académicos están diseñados para instrumentos con repertorio amplio. No puedes hacer un examen de grado con un Stylophone. Lo que explica que incluso cuando hay interés, la burocracia lo entierre.

¿Hay alguna posibilidad de que estos instrumentos regresen?

Depende. El hang tuvo un resurgimiento gracias a la música de bienestar y los videos virales. El theremin ha encontrado nicho en la escena indie y experimental. Pero para instrumentos como el ondes Martenot, la esperanza está en compositores vanguardistas. En 2023, la compositora argentina Gabriela Ortiz estrenó una pieza para ondes y orquesta en Berlín. Fue bien recibida. Y seamos claros al respecto: un solo estreno no salva un instrumento. Pero ayuda. De ahí que el futuro no esté en las masas, sino en los margenes. En los raros. En los que se atreven.

La conclusión: el valor de lo casi invisible

Estoy convencido de que el instrumento menos tocado no es el más importante, pero sí el más revelador. Nos dice que la música no siempre busca audiencia. A veces solo quiere existir. Encontrar esto sobrevalorado: la obsesión con lo popular. Porque la verdadera riqueza está en los extremos. En lo que apenas suena. El ondes Martenot no necesita millones de oyentes. Necesita un solo compositor que crea en él. Un solo intérprete dispuesto a desafiar la gravedad del olvido. Y tal vez, eso sea suficiente. (Después de todo, la historia de la música está llena de sonidos que estuvieron a punto de desaparecer. Y no lo hicieron. Porque alguien, en algún lugar, decidió tocarlos otra vez.)