El contexto de la bebida en la Viena del siglo XVIII: ¿era todo el mundo un bebedor empedernido?
Imagínate esto: el agua de Viena no era potable. No porque hubiera contaminación industrial, sino porque los pozos eran rudimentarios, las alcantarillas se mezclaban con fuentes, y no existía el cloro. La cerveza, el vino y el aguardiente no eran lujos. Eran sustitutos diarios de agua. De ahí que un niño de diez años tomara media jícara de vino en la mesa familiar —y nadie parpadease. En 1768, por ejemplo, el consumo promedio de cerveza per cápita en Viena era de 234 litros al año (frente a los 98 actuales en Alemania). Piénsalo: eso son más de seis cervezas al día, por persona, incluyendo ancianos y bebés.
Y no era solo cerveza. Los funcionarios del gobierno, los músicos, los estudiantes universitarios: todos bebían. Las tabernas eran centros sociales, laborales, incluso políticos. Reunirse sin alcohol era como hoy una videollamada sin conexión. En este entorno, Mozart no era un exceso. Era una norma. Pero eso no significa que no tuviera sus excesos personales. Porque los tenía. El problema persiste cuando tratamos de juzgar a un hombre del siglo XVIII con criterios del DSM-5.
Cómo era la rutina diaria de bebida en los círculos artísticos
Mozart escribía por la mañana, comía hacia las 13:00, y por la tarde asistía a ensayos, cafés literarios o reuniones con mecenas. Pero la noche… la noche era otra cosa. En una carta de 1781 a su padre, Leopold, menciona que "después de cenar, tomamos un par de botellas entre cuatro, con brandy al final". Dos botellas de vino tinto, repartidas entre cuatro, equivalen a 1.5 litros por grupo. No es nada extremo… pero sumado al brandy, ya estamos en un terreno más delicado.
Y eso sin contar las fiestas. En 1788, durante un festival de carnaval, Mozart asistió a una velada en casa del compositor Johann Baptist Schenk. Testigos dicen que hubo canto, improvisación de sonatas, y al menos seis botellas de vino tinto húngaro. Mozart, supuestamente, tocó el clavecín borracho durante tres horas. ¿Alcoholizado? Sí. ¿Alcohólico? No necesariamente. Es un poco como decir que alguien que baila cinco canciones en una boda con dos copas de vino es un alcohólico en secreto. No cuela.
Los síntomas físicos: ¿era el alcohol la causa de su muerte prematura?
Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, a los 35 años. Oficialmente, la causa fue una fiebre tifoidea. Pero en los días previos, sus síntomas eran preocupantes: hinchazón extrema, vómitos, dolor abdominal, y una piel que se oscurecía progresivamente. Algunos historiadores, como el doctor Peter Davies en su estudio de 1985, sugirieron que la cirrosis hepática podría explicar parte de esto. Y es exactamente ahí donde empiezan las sospechas.
Pero seamos claros al respecto: cirrosis no implica automáticamente alcoholismo. Hoy sabemos que puede desarrollarse por hepatitis B o C, hemocromatosis, o esteatosis no alcohólica. En el siglo XVIII, sin embargo, no existían esos diagnósticos. Y aunque Mozart bebía, no hay registros médicos, cartas de médicos tratantes, ni testimonios directos que digan: "el hombre bebía hasta perder el conocimiento todas las noches". La gente no piensa suficiente en esto: sin evidencia directa, estamos en el territorio de la especulación.
Además, su productividad hasta el final fue brutal. En 1791, el año de su muerte, escribió la ópera La flauta mágica, la ópera La clemencia de Tito, y comenzó su Requiem, además de varias piezas menores. ¿Puede un hombre en etapa avanzada de cirrosis hacer eso? Algunos médicos dicen que sí, durante períodos cortos. Otros, como el hepatólogo español Dr. Esteban Gómez, argumenta que "con edema severo y encefalopatía, tocar un instrumento o escribir partituras es físicamente imposible". Honestamente, no está claro.
Comparación con otros compositores de la época: ¿Mozart estaba fuera de control?
Vamos a comparar. Joseph Haydn, contemporáneo directo, vivió hasta los 77 años. Bebía vino, sí, pero se le conocía por su disciplina. En su diario de viaje a Inglaterra (1791-1795), menciona que toma "una copa de oporto al anochecer, nada más". Su consumo diario estimado: 0.3 litros de alcohol puro al año. Mozart, en cambio, según cartas y testigos, podría haber llegado a 1.2 litros semanales. Eso lo cambia todo en términos relativos.
Beethoven, por otro lado, es un caso más oscuro. Bebía coñac mezclado con agua (una "mezcla de desesperación", como él mismo dijo), y su hígado, según la autopsia de 1827, estaba "endurecido y pequeño". Diagnóstico post mortem: cirrosis alcohólica. Consumo estimado: 1.8 litros semanales. Mozart estaba por debajo. Así que, en esa escala, no era el peor. Pero tampoco un abstemio.
El mito del compositor autodestructivo: ¿por qué inventamos genios alcohólicos?
Porque vende. Porque nos gusta la imagen del genio atormentado, rompiendo las reglas, pagando un precio. Es más romántico pensar que Mozart murió entre botellas vacías que de una infección bacteriana común. Y es cierto que él mismo alimentó parte de esa imagen. En una carta de 1788, escribió: “Cuando bebo, siento que el mundo se abre como una partitura”. Pero también escribió: “Tengo que componer todos los días, o me siento inútil como un borracho en una taberna”.
Hay una tensión aquí. El mito necesita autodestrucción. La historia real necesita matices. Y los datos aún escasean. Las cartas de Constanze, su esposa, no mencionan escenas violentas por alcohol. Sus hijos no reportaron abandono o negligencia. Y sus amigos, como el cantante Michael Kelly, lo describieron como “alegre, sí, pero nunca fuera de sí”. Entonces… ¿dónde nació la idea?
Tal vez en los retratos. O en las óperas. O en la forma en que murió, repentinamente, joven, dejando un Requiem inacabado. Como si el alcohol hubiera sido el cómplice silencioso. Pero es exactamente ahí donde fallamos: confundimos drama con realidad.
La influencia de Salieri y las leyendas negras
No podemos ignorar la sombra de Antonio Salieri. Durante años, se rumoreó que había envenenado a Mozart. Hoy sabemos que es improbable. Pero en ese ambiente de conspiración, el alcohol era un buen chivo expiatorio. “No fue Salieri —decían— fue su propia debilidad”. Y es fascinante cómo esa narrativa persiste. En la película Amadeus (1984), hay escenas de Mozart gritando borracho mientras escribe el Requiem. Ficción pura. Pero muchos lo tomaron como documental. La cultura popular ha moldeado más la verdad que los archivos.
Preguntas frecuentes sobre Mozart y el alcohol
¿Tomaba Mozart bebidas espirituosas todos los días?
Todo indica que sí, al menos con frecuencia. Cartas y testimonios mencionan brandy, aguardiente de ciruela (Slivovitz), y coñac. Pero “todos los días” no es lo mismo que “en exceso todos los días”. Basta decir que en su época, tomar una copa después de cenar era tan normal como tomar café hoy.
¿Se han encontrado pruebas médicas de daño hepático?
No. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común sin autopsia detallada. El único informe médico es un resumen vago del doctor Closset, su médico tratante, que menciona “fiebre miliar” y “dolores renales”. Nada sobre el hígado. Los estudios posteriores son especulativos.
¿Su comportamiento era el de un alcohólico?
Depende de la definición. Si por “alcoholismo” entendemos consumo que interfiere con el trabajo, las relaciones o la salud, entonces no hay evidencia. Si es solo beber con frecuencia, entonces sí, como la mayoría de los vieneses. Pero estamos lejos de eso en términos clínicos.
Veredicto: ¿era Mozart alcohólico o solo un hombre de su tiempo?
Estoy convencido de que Mozart no era alcohólico en el sentido moderno. Encontrar esto sobrevalorado no es negar que bebía, sino rechazar la tendencia a medicalizar comportamientos históricos sin contexto. Bebía como se bebía entonces. Con energía, con amigos, con música. Pero no hay indicios de dependencia, pérdida de control, ni abandono de responsabilidades.
Y sí, murió joven. Pero no hay razón sólida para culpar al alcohol como causa principal. Podría haber sido una infección, una deficiencia nutricional, una enfermedad autoinmune, o una combinación. El problema no es la pregunta, sino cómo la formulamos. “¿Mozart era alcohólico?” asume que su muerte necesita una explicación dramática. ¿Y si no la necesita?
Al final, la mejor defensa contra el mito no es negar el alcohol, sino entender la época. Porque enjuiciar a Mozart con moralina del siglo XXI es tan absurdo como esperar que un caballero medieval usara cubrebocas. El genio no necesita ser trágico para ser grande. A veces, basta con ser humano.