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¿Cuáles son los diferentes tipos de musicología?

La gente no piensa suficiente en esto: la musicología no es un solo campo con una brújula fija. Es más bien un archipiélago de disciplinas que a veces se rozan, otras veces se ignoran, y en contadas ocasiones chocan. Yo estudié música clásica desde los seis años, luego me lancé a grabar field recordings en comunidades rurales de Oaxaca, y ahora coordino un proyecto sobre memoria auditiva en pacientes con Alzheimer. Desde mi experiencia, la musicología no es neutral. Tiene agendas, sesgos, y también momentos brillantes de claridad. Encuentro esto sobrevalorado: la idea de que existe una “musicología pura”. No existe. Todo está teñido por quién la practica, desde dónde lo hace, y por qué.

¿Qué es la musicología y por qué ya no es solo para académicos de bata?

La musicología, en su forma más básica, es el estudio sistemático de la música. Pero esa definición suena como si abriéramos una enciclopedia de los años 80. Y es exactamente ahí donde necesitamos romper el molde. Porque hoy, estudiar música ya no se limita a analizar partituras del Renacimiento en archivos polvorientos de Viena (aunque eso sigue siendo válido, claro). Ahora incluye grabar tambores en una aldea de Malí, modelar cómo el cerebro procesa un acorde disonante, o rastrear el impacto del algoritmo de Spotify en la composición de pop. La musicología se ha descentralizado, y eso ha abierto heridas, pero también ha revitalizado el campo.

Uno de los problemas persistentes es que muchos aún asocian musicología con conservatorios europeos, con una mirada eurocéntrica que privilegia la obra del compositor sobre cualquier otra dimensión. Pero ¿qué pasa con la música oral? ¿Con la que se improvisa? ¿Con la que se transmite por TikTok?

Y es por eso que emergen nuevas ramas, no como adiciones decorativas, sino como necesidades epistemológicas urgentes. La musicología actual es, en muchos sentidos, un campo en disputa. No todo el mundo está de acuerdo en qué pertenece y qué no. Algunos defienden que todo lo que tenga sonido organizado vale. Otros mantienen que debe haber intención artística. Honestamente, no está claro. Pero eso no es un defecto. Es una señal de salud.

El nacimiento de una disciplina: de la filología musical al análisis estructural

En el siglo XIX, la musicología como ciencia formal nació en Alemania, impulsada por estudiosos como Guido Adler, quien en 1885 dividió el campo en dos grandes ramas: la musicología histórica y la musicología sistemática. Ese esquema, aunque hoy parece rígido, sentó las bases. La primera se enfocaba en documentos, cronologías, fuentes manuscritas, evolución de estilos. La segunda, en teoría musical, estética, acústica —todo lo que no dependía del tiempo.

El problema persiste: esa división no contemplaba culturas sin escritura. Así que para mediados del siglo XX, surgió la etnomusicología, con figuras como Alan Merriam y Mantle Hood, que insistieron en que estudiar la música ajena exigía inmersión, no solo análisis desde fuera. Fue un quiebre. Y es interesante cómo, aún hoy, en algunas facultades de música, la etnomusicología sigue tratándose como un apéndice exótico. Eso lo cambia todo, porque el poder discursivo sigue en manos de ciertas tradiciones.

Los límites del sonido escrito: ¿puedes estudiar lo que no está anotado?

Imagina intentar entender el flamenco solo a partir de partituras. Es ridículo, ¿verdad? Porque el matiz, el timbre, el quejío, el silencio entre compases… eso no entra en un pentagrama. Y es justo en estos límites donde la musicología histórica tropieza. Ahí entran otras miradas. Porque hay conocimiento que se transmite en el cuerpo, en la memoria, en la repetición oral. Y si no lo capturas con métodos distintos, simplemente no existe para ti. Ese es el gran riesgo de una musicología demasiado textual.

Musicología histórica: cuando el archivo es tu templo

Esto sigue siendo la espina dorsal de muchas universidades en Europa. Se centra en la música occidental artística, desde el canto gregoriano hasta Boulez. Trabaja con manuscritos, ediciones críticas, autógrafos. Un investigador puede pasar meses verificando si una mancha de tinta en una partitura de Beethoven es una errata o una indicación de tempo. (Sí, en serio.)

El enfoque es filológico, casi forense. Y aunque suena aburrido, tiene su épica. En 2019, un equipo en Leipzig identificó un fragmento perdido de una cantata de Bach tras analizar microfibras de papel y caligrafía con espectrometría. El hallazgo duró tres semanas en los titulares. Pero, como resultado: pocos músicos lo tocan. ¿Por qué? Porque no encaja. La musicología histórica a veces produce conocimiento que no resuena fuera de las aulas.

Seamos claros al respecto: esta rama ha salvado obras, corregido errores, reconstruido contextos. Pero también ha sido cómplice de una narrativa lineal y jerárquica: que la música “evoluciona” hacia formas más complejas. Lo que explica, en parte, por qué compositores como Hildegard von Bingen fueron ignorados por siglos. Solo cuando se les pudo “insertar” en una línea de progreso, entraron al canon.

Los datos aún escasean sobre cuántas obras se han perdido por sesgos de archivo. Pero estimaciones sugieren que, del repertorio femenino en el siglo XVIII, menos del 5% ha sido estudiado sistemáticamente. Ese no es un vacío técnico. Es ideológico.

Etnomusicología: música como práctica social, no como objeto

¿Y si en vez de escuchar grabaciones desde una oficina, te mudaras a una comunidad, aprendieras el instrumento, comieras con las familias, asistieras a rituales? Ese es el corazón del enfoque etnográfico. La etnomusicología no pregunta “¿qué es esta melodía?”, sino “¿para qué sirve esta melodía en esta comunidad, en este momento, en este cuerpo?”.

Esta disciplina desafía la noción de que la música es un producto acabado. Aquí, la música es un acto. Un verbo. Algo que se hace, no solo algo que se oye. Y ese cambio de mirada lo cambia todo. Porque de pronto, no importa si el sonido sigue una escala temperada. Importa si cura, si convoca, si exorciza, si une.

En los años 60, investigadores como John Blacking demostraron que en ciertas sociedades africanas, la música no se “aprende” como en un conservatorio, sino que se asume como parte del desarrollo humano, como caminar o hablar. Y es interesante: en esos contextos, no existe la figura del “músico profesional”. Todos hacen música. Entonces, ¿qué estudia la etnomusicología? A la sociedad entera, a través del sonido.

Pero hay tensiones. ¿Tiene derecho un investigador extranjero a grabar una ceremonia sagrada? ¿Puede publicarla? ¿Debe pagar regalías? En 2020, un caso en Canadá llevó a retirar un álbum de field recordings de una tribu Nuu-chah-nulth tras reclamos de apropiación cultural. De ahí que hoy se hable de ética en la investigación musical como una exigencia, no como una formalidad.

La observación participante: cuando tocar el tambor es parte del método

No basta con anotar. Hay que hacer. Mantle Hood acuñó el término “bi-musicalidad”: si estudias la música gamelan, aprende a tocarlo. No como experto, pero sí con respeto. Es un poco como intentar entender el fútbol solo viéndolo por TV: puedes analizar tácticas, pero nunca sentirás el barro, el cansancio, el miedo al penalti. Para hacerse una idea de la escala humana, hay que entrar al campo.

Musicología sistemática y analítica: la ciencia detrás de la emoción

Esta rama trata de entender cómo funciona la música: desde la física del sonido hasta la psicología del oyente. Incluye acústica, teoría musical formal, análisis estructural, y también estudios sobre percepción. Es aquí donde se cruzan físicos, matemáticos, y compositores.

Un ejemplo: el modelo de Espacio Tonal de Lerdahl y Jackendoff, que intenta explicar cómo organizamos mentalmente la música tonal. Usan reglas jerárquicas, casi como gramática. Sorprendentemente, funciona bien con Bach, pero falla con música atonal o improvisada. Lo que explica por qué este enfoque es útil, pero limitado. Porque la emoción no siempre sigue reglas claras. A veces, una disonancia nos conmueve precisamente porque rompe todo orden.

Y es interesante cómo este tipo de musicología ha influido en la inteligencia artificial musical. Proyectos como Magenta de Google usan modelos basados en teorías analíticas para generar música “coherente”. Pero basta decir: aún suena mecánico. ¿Por qué? Porque no hay intención, no hay cuerpo. Estamos lejos de eso.

Música y cerebro: lo que las ondas cerebrales nos dicen sobre el desgarro en una balada

La musicología cognitiva estudia cómo el cerebro procesa el sonido. ¿Por qué una nota nos pone la piel de gallina? ¿Cómo recordamos canciones de la infancia? Estudios con resonancia magnética muestran que escuchar música activa áreas del cerebro vinculadas a la memoria, la recompensa y el movimiento —incluso en personas con Alzheimer avanzado.

Un experimento de 2016 en la Universidad de California mostró que pacientes con amnesia severa podían reconocer melodías familiares, aunque no supieran su nombre ni quiénes las cantaban. Eso lo cambia todo en terapias musicales. Y explica el auge de programas como “Music & Memory”, que usan listas personalizadas para mejorar la calidad de vida en residencias.

Sin embargo, hay quien critica que reducir la música a patrones neuronales es como explicar el amor con niveles de oxitocina. Sí, es cierto. Pero no es todo. Hay misterio. Y está bien que así sea.

Preguntas Frecuentes

¿La musicología incluye el estudio del pop y el hip hop?

Por supuesto. Y no como un añadido de color. Investigaciones serias analizan la producción de Kendrick Lamar desde la estructura rítmica, la intertextualidad con el jazz, o el uso político del sampleo. En 2021, la Universidad de Harvard publicó un estudio sobre la evolución armónica del reguetón entre 2000 y 2020, mostrando cómo pasó de esquemas simples a progresiones armónicas complejas influenciadas por el R&B. El pop ya no es el villano de la musicología.

¿Se puede ser musicólogo sin tocar un instrumento?

Depende. Si tu enfoque es histórico o teórico, sí. Pero si trabajas en etnomusicología o cognición, tocar o al menos tener entrenamiento auditivo ayuda mucho. No es un requisito legal, pero sí metodológico.

¿Hay doctorados en musicología en español?

Sí. Universidades como la UNAM, la Universidad de Granada o la Universidad de Chile ofrecen programas sólidos. Algunos incluso con becas para investigación de campo en comunidades indígenas.

La conclusión

Los diferentes tipos de musicología no son compartimentos estancos. Son lentes. Y dependiendo de cuál uses, verás una realidad distinta. Yo estoy convencido de que el futuro está en la hibridación: un musicólogo que combine análisis histórico con ética etnográfica, que use datos cognitivos sin perder de vista el contexto social. Porque la música no es solo sonido. Es memoria, poder, resistencia, placer. Y si no lo vemos así, estamos analizando el esqueleto y olvidando el alma. Dicho esto, tal vez no necesitemos más teorías. Tal vez necesitemos más escucha. Y menos certezas.