Yo mismo conocí a un chico, en una escuela de Barcelona, que pasaba horas dibujando tormentas. No dibujaba caras, ni escenas familiares. Solo nubes rotas, relámpagos que parecían venas, lluvia que caía en ángulos imposibles. Al principio, el profesor pensó que era repetitivo. Obsesivo. Hasta que una alumna, también neurodivergente, le dijo: “Él no dibuja tormentas. Dibuja lo que siente cuando la gente le habla sin mirarlo”. Eso lo cambia todo. Literalmente.
El autismo no es una ausencia emocional, sino una forma distinta de procesarla
El cerebro autista no carece de emociones. Funciona con una arquitectura distinta. Mientras que en muchos cerebros neurotípicos las emociones se procesan de forma automática, casi refleja, en el autismo ese proceso puede ser más reflexivo, más sensorial, más literal. La emoción existe, pero la expresión no siempre sigue el mismo código social. Y es ahí donde surge la confusión. Porque si no sonríes cuando te dan un regalo, si no lloras en un funeral, si pareces indiferente cuando alguien se cae, el entorno interpreta: “No siente”. Pero lo que está ocurriendo muchas veces es que la señal emocional está siendo procesada, sí, pero a través de un filtro distinto.
Y no es solo una cuestión de expresión. Es también de recepción. Algunas personas con trastorno del espectro autista (TEA) experimentan lo que se llama alexitimia: dificultad para identificar y describir emociones. No porque no estén ahí, sino porque el lenguaje emocional no les encaja como a otros. Es como pedirle a alguien que diga el color exacto de una nota musical. “¿Qué sientes?” puede ser una pregunta tan imposible como “¿Qué forma tiene el sonido del viento?”. Eso no significa que no haya sensación. Solo que no se traduce fácilmente.
Estudios del Instituto Karolinska en Suecia (2020) mostraron que entre el 50% y el 85% de las personas con autismo presentan algún grado de alexitimia. Pero curiosamente, esa cifra no se correlaciona con menor intensidad emocional. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario. Cuanto más alta la alexitimia, más intensas las respuestas fisiológicas: aumento del ritmo cardíaco, sudoración, hiperventilación. Esto sugiere que sienten demasiado, no poco. Solo no tienen las palabras para nomarlo. ¿Te has sentido alguna vez tan abrumado que no podías hablar? Eso es lo que muchos viven de forma cotidiana.
¿Qué es el autismo, exactamente?
El autismo no es una enfermedad. Es una condición neurológica del desarrollo que se manifiesta en la forma en que una persona percibe, interactúa y procesa el mundo. Según el DSM-5, se caracteriza por dificultades persistentes en la comunicación social y patrones de comportamiento restringidos y repetitivos. Pero eso es solo el marco clínico. La realidad humana es mucho más matizada. Hay personas con autismo que hablan con fluidez, otras que nunca han pronunciado una palabra. Algunas tienen una memoria fotográfica, otras luchan con la atención sostenida. No hay dos casos iguales. El espectro es amplio, variado, y profundamente individual.
¿Y la empatía? ¿Realmente no la tienen?
Acá la gente no piensa suficiente en esto: existe más de un tipo de empatía. La empatía cognitiva (entender lo que siente otro) y la empatía afectiva (sentirlo uno mismo). Algunas personas con autismo pueden tener dificultades con la primera, especialmente si depende de pistas sociales sutiles como el tono de voz o la postura. Pero la empatía afectiva, en muchos casos, está intacta. Incluso exacerbada. Un estudio de la Universidad de Londres (2016) encontró que, en pruebas de resonancia emocional, las personas autistas mostraban niveles similares o superiores de activación en regiones del cerebro asociadas con la empatía, como la ínsula. Pero no reaccionaban igual porque no interpretaban la señal social que debía desencadenar la respuesta esperada. Como si el interruptor estuviera bien, pero el cableado fuera diferente.
La sobrecarga sensorial como motor emocional
La luz de un fluorescente. El roce de una etiqueta en la camisa. El sonido de una sirena a tres manzanas. Para muchos, son detalles molestos. Para otros, son tormentas internas. La sobrecarga sensorial no es solo física; tiene consecuencias emocionales profundas. Imagina que cada ruido, textura u olor te golpea como una bofetada. No podrías estar tranquilo, ¿verdad? Y es exactamente ahí donde muchos malinterpretan la irritabilidad, el aislamiento o el silencio: como frío, como distancia. Cuando en realidad es puro agotamiento. Estamos lejos de pensar que el malestar emocional en el autismo viene de la indiferencia. A menudo viene de sentirlo todo demasiado.
Un ejemplo: en un estudio en Málaga con 120 niños con TEA, el 78% mostró hipersensibilidad auditiva. El 63%, táctil. Y del grupo que evitaba contacto físico, el 89% reportó que no era por falta de cariño, sino porque “sentía como si mil agujas tocaran la piel”. ¿Cómo puedes abrazar con ternura si cada abrazo duele? ¿Cómo puedes parecer afectuoso si tu cuerpo interpreta el amor como un ataque? Esto no es ausencia de sentimientos. Es protección contra una avalancha emocional continua.
Cómo el entorno malinterpreta las emociones autistas
Porque el niño no llora cuando lo regañan, asumes que no le importa. Pero quizás esté conteniendo el llanto porque ya tuvo tres crisis en el día y no quiere desbordarse otra vez. Porque no te mira a los ojos, piensas que no te escucha. Pero tal vez esté procesando cada palabra, cada inflexión, con una intensidad que te sorprendería. El problema persiste en que juzgamos la emoción por patrones típicos, y cuando alguien no los sigue, lo etiquetamos como “falto de”. Pero el autismo no carece. Solo expresa.
Y eso tiene consecuencias reales. Un informe de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (2022) reveló que el 43% de las personas con autismo mayores de 16 años han sido acusadas de “falta de empatía” en relaciones personales o laborales. El 27% fue despedido por “actitud fría” o “indiferencia”. ¿Sabes cuántos de esos casos implicaban a personas que, en realidad, sufrían en silencio por no poder expresar su dolor o su afecto de la forma esperada? El dato aún escasea. Pero lo que está claro es que el sistema falla al asumir que hay una única forma válida de sentir.
Expresión emocional: más allá de las caras y las palabras
Una niña de 9 años en Sevilla no habla. Nunca ha dicho “mamá”. Pero cada noche, antes de dormir, coloca tres piedras pequeñas sobre la almohada de su madre. No le explica por qué. Hasta que un terapeuta descubrió que eran sus “piedras de amor”. No podía decirlo, pero podía simbolizarlo. La emoción no necesita lenguaje para existir. A veces se manifiesta en rutinas, en obsesiones aparentemente triviales, en la forma en que alguien organiza sus libros por color. Eso también es afecto. También es conexión.
De ahí que muchos terapeutas estén redefiniendo cómo miden la expresión emocional. En vez de esperar sonrisas o abrazos, observan patrones de apego, respuestas a estímulos positivos, elecciones de proximidad. Porque si un chico con autismo se sienta a 30 centímetros de ti, cuando normalmente se mantiene a 2 metros, eso puede ser su versión de un abrazo. Y es justo ahí donde aprendemos: si queremos entender sus sentimientos, tenemos que dejar de imponer los nuestros.
Autismo y salud mental: el costo de ser malentendido
El 70% de las personas con autismo tienen al menos un trastorno de salud mental asociado. Ansiedad: 40%. Depresión: 30%. Trastorno obsesivo-compulsivo: 17%. Cifras altas. Pero no porque el autismo en sí cause sufrimiento. Porque la vivencia de ser constante e injustamente juzgado lo causa. Imagina que todos los días te digan que no sientes, que no te importa, que eres frío. A la larga, empiezas a creértelo. Y entonces, aunque sientas todo, te encierras. Porque no vale la pena intentar explicar.
Como resultado: muchas personas con TEA desarrollan estrategias de camuflaje. Imitan expresiones, memorizan reacciones, simulan interés. Pero esa actuación cuesta energía. Muchos colapsan al llegar a casa. Un estudio en Bilbao mostró que el agotamiento por camuflaje es 3.2 veces mayor en mujeres autistas, quienes suelen pasar más desapercibidas precisamente porque aprenden a ocultar mejor sus diferencias. Esto no es adaptación. Es supervivencia.
Preguntas frecuentes
¿Pueden las personas con autismo amar?
Claro que sí. El amor para muchos no es hablar sin parar o dar abrazos constantes. Puede ser recordar cada detalle de lo que te gusta, acompañarte en silencio durante horas, o construir un mundo compartido a través de intereses especiales. Yo conocí a una pareja donde la mujer es autista. No dice “te quiero” nunca. Pero cada semana, imprime una foto de él haciendo algo que le gusta, y la pone en un álbum con la fecha. Él dice que es la persona más amorosa que ha conocido. Basta decir: el amor no tiene solo un idioma.
¿Por qué algunas parecen indiferentes ante el dolor ajeno?
Porque a veces no reconocen la señal. No porque no les importe. Si le muestras una foto de alguien llorando, quizás no sepa interpretarla. Pero si se la describes, si le dices “esta persona perdió a su perro y está devastada”, su corazón puede romperse más rápido que el tuyo. La empatía necesita contexto. Y no todos lo reciben.
¿Se puede enseñar a expresar emociones?
Se puede enseñar a reconocer y nombrar. Con terapia, apoyo visual, herramientas como escalas de emociones o pictogramas. Pero no se debe forzar la expresión “típica”. No hay que convertir a un autista en un actor. Hay que ayudarlo a encontrar su propia forma de sentir en voz alta. Porque eso no lo cambia todo: lo cambia todo.
La conclusión
Estoy convencido de que el mayor error que cometemos es creer que la emoción debe verse de una sola manera. El autismo nos desafía a ampliar esa idea. Nos obliga a preguntar: ¿quién define qué es sentir? ¿Por qué asumimos que una lágrima vale más que un dibujo, que un silencio vale menos que una confesión? Honestamente, no está claro que estemos en lo correcto. El tema es: hasta que no dejemos de juzgar por la forma y empecemos a escuchar por el fondo, seguiremos incomunicados. Y es justo ahí donde el autismo, paradójicamente, podría enseñarnos más sobre lo que significa ser humano de lo que creemos. Porque sentir no es solo expresar. A veces, es resistir. Es sobrevivir. Es, a pesar de todo, seguir buscando conexión. Y eso, amigo, no se hace sin sentimientos.