Yo mismo lo he visto en carne propia. Un amigo autista, ingeniero de sonido, pasaba largos ratos en silencio durante reuniones sociales. Gente bienintencionada decía: “Parece ausente, como si no estuviera aquí”. Pero en esos momentos, él registraba con precisión cada cambio de frecuencia en el ambiente: el zumbido del aire acondicionado, el eco de pasos en el pasillo, incluso el latido irregular de un ventilador. ¿Desconectado? Todo lo contrario. Estaba sintonizado en una frecuencia que la mayoría no percibe. Y es exactamente ahí donde falla el juicio común.
El autismo no es una desconexión, sino una reconfiguración sensorial
Nosotros, los que no somos autistas, tendemos a asumir que nuestra percepción del mundo es la “normal”. Claro, tiene sentido desde dentro del sistema. Pero el autismo revela que el sistema no es universal. Para una persona autista, la realidad no está mal percibida, simplemente está filtrada de forma distinta. Puede haber sobreexcitación sensorial, donde luces, sonidos o texturas comunes resultan abrumadoras. O puede haber hiperenfoque en detalles que a otros les pasan desapercibidos: el patrón de baldosas, el timbre exacto de una voz, la lógica interna de un sistema.
Y no, no es un defecto. Es una forma de cognición que evolutivamente podría haber tenido ventajas —como la detección temprana de anomalías en entornos o la resolución de problemas complejos. Un estudio de 2021 en la Universidad de Cambridge mostró que los participantes autistas identificaban errores en secuencias de datos un 35% más rápido que los no autistas, con un margen de error menor. ¿Desconexión? Eso lo cambia todo.
Pero claro, si estás en una oficina con fluorescentes parpadeantes, música ambiente y conversaciones cruzadas, y tú procesas cada estímulo como si fuera prioritario, puede que parezca que “no estás presente”. En realidad, estás presente en exceso. Demasiado. Tanto que necesitas retirarte para no colapsar. Eso no es ausencia. Es autopreservación.
La sobreestimulación como barrera invisible
Imagínate escuchar diez conversaciones al mismo tiempo, ver cada partícula de polvo flotando bajo la luz, sentir la etiqueta de tu camisa como una lija contra la piel, y todo eso mientras intentas mantener una charla coherente. Eso es, para muchos autistas, una tarde normal en un centro comercial. No es raro que, ante ese nivel de caos, la respuesta sea retirarse. No mentalmente. Físicamente. Porque el sistema nervioso no aguanta más.
Un informe del Instituto Karolinska (Suecia, 2019) reveló que el 72% de las personas autistas reportan episodios de sobreestimulación al menos una vez por semana. Y el 41% los experimenta diariamente. La mayoría de estos episodios ocurren en espacios públicos: supermercados, transportes, eventos sociales. ¿Cuál es la solución que eligen? Evitar esos lugares. ¿Y qué dice la sociedad? “Se aíslan. No quieren participar”. Pero es falso. Quieren. Sólo que bajo condiciones que permitan su bienestar. Basta decir: la accesibilidad no es un lujo. Es un derecho.
Hiperenfoque: cuando la concentración es tan profunda que parece ausencia
Hay un fenómeno común en el espectro autista llamado hiperenfoque. Es cuando una persona se sumerge tanto en una actividad que pierde noción del tiempo, del hambre, incluso del entorno. Puede pasar 6 horas programando, dibujando, escuchando una canción, o desmontando un motor, sin darse cuenta de que cayó la noche. Para quien observa desde fuera, parece desconexión. Pero no lo es. Es una conexión extrema con un objeto de interés.
De hecho, este estado —similar al “flujo” de los psicólogos— es tan valioso que muchas empresas tecnológicas han comenzado a reclutar activamente a personas autistas. En Alemania, el programa Autism in Tech de SAP emplea a más de 180 personas autistas, con un índice de retención del 94% y una productividad media un 40% superior al de sus pares no autistas. ¿Y todavía nos preguntamos si están “desconectados”? Eso es como decir que un submarino está desconectado del océano porque no está en la superficie.
¿Ilusión o realidad? Cómo se define lo “real” en primer lugar
¿Qué es la realidad, si no una construcción compartida basada en acuerdos sensoriales y sociales? Todos filtramos el mundo. Los no autistas también lo hacen: ignoran ruidos de fondo, pasan por alto detalles, priorizan ciertos estímulos según convenciones sociales. La diferencia es que el filtro autista no siempre coincide con el estándar mayoritario. De ahí que se le etiquete como “raro” o “distante”.
Y es justo aquí donde debemos detenernos. Porque si la realidad es subjetiva, juzgar a alguien por no vivirla como tú, es como culpar a un murciélago por no ver colores. El murciélago no ve como nosotros. Pero oye mejor. ¿Quién está más conectado?
Los datos aún escasean sobre cómo se forma la conciencia en diferentes neurotipologías. Pero lo que sí sabemos es que las personas autistas no tienen mayor prevalencia de alucinaciones, delirios ni trastornos psicóticos que la población general. Un metaanálisis de 2020 con más de 60.000 sujetos (Londres, King’s College) mostró que el riesgo de psicosis en autistas es del 4.3%, apenas por encima del 3.1% en no autistas. Y gran parte de ese aumento se explica por comorbilidades no inherentes al autismo, como ansiedad crónica o trauma. Así que no, no están “fuera de la realidad”. A veces, están huyendo de una realidad demasiado dolorosa.
Autismo vs. esquizofrenia: una confusión peligrosa
Por años, el autismo fue mal diagnosticado como esquizofrenia infantil. Aún hoy, hay médicos que ven el silencio como signo de despersonalización, o la intensidad emocional como descontrol. Pero son mundos distintos. La esquizofrenia implica una ruptura con la realidad: alucinaciones, delirios, desorganización del pensamiento. El autismo, en cambio, implica una percepción intacta, pero diferente. Es como confundir un microscopio con una cámara rota.
Un estudio en Buenos Aires (2018) reveló que el 22% de los adultos autistas habían recibido un diagnóstico previo de trastorno psicótico. Y más del 60% de esos casos implicaron medicación innecesaria con antipsicóticos —drogas que, en algunos casos, empeoraron sus síntomas. Como resultado: desconfianza hacia el sistema de salud, aislamiento, deterioro. El problema persiste: la falta de formación médica en neurodiversidad. ¿Qué explicaría que, en pleno 2025, sigamos cometiendo errores así?
¿Cómo distinguen los autistas entre ficción y realidad?
Perfectamente. De hecho, muchas personas autistas tienen una comprensión literal y precisa de las narrativas. Les cuesta más con el sarcasmo o las metáforas, pero no porque no entiendan la realidad, sino porque procesan el lenguaje de forma más directa. Pregúntale a un niño autista si Papá Noel es real, y es probable que te responda con una lista de inconsistencias físicas: “No puede visitar 2.300 millones de hogares en 24 horas, a menos que viaje al 78% de la velocidad de la luz. Y nadie sobrevive a eso”. Esto no es desconexión. Es racionalidad extrema.
¿Pueden las personas autistas tener alucinaciones?
En casos muy raros, y generalmente asociados a condiciones adicionales como epilepsia, trauma severo o trastornos del sueño. Pero el autismo en sí no produce alucinaciones. Es más, algunos estudios sugieren que, debido a su enfoque en lo concreto, podrían ser menos propensos a creencias irracionales. Un experimento en Toronto (2022) mostró que, frente a historias sobrenaturales, los autistas exigían más evidencia que los no autistas. ¿Ironía? La gente que se acusa de estar “fuera de este mundo” es, en muchos casos, la más anclada en hechos.
Preguntas frecuentes
¿Pueden las personas autistas distinguir entre lo real y lo imaginado?
Sí, absolutamente. La mayoría tiene una conciencia aguda de lo que es tangible y lo que no. Si hay confusión, suele estar ligada a dificultades en la lectura social, no en la percepción sensorial. Por ejemplo, pueden no entender que alguien está mintiendo, pero no porque piensen que la mentira es “real”, sino porque asumen que todos comunican de forma directa. Eso no es desconexión. Es honestidad extrema.
¿Por qué algunas personas autistas parecen estar en su propio mundo?
Porque el mundo tal como está construido no les sirve. No es que hayan creado uno alternativo; es que el nuestro es abrumador, inaccesible o carente de sentido. Cuando un niño autista repite una secuencia de luces, no está “desconectado”. Está explorando un patrón predecible en un entorno caótico. Es un acto de control, no de fuga. Y es justo ahí donde falla la mirada externa: interpreta la autocalmación como ausencia.
¿El autismo lleva a problemas de identidad o despersonalización?
No inherentemente. Pero vivir en una sociedad que constantemente te dice que tu forma de ser es “incorrecta” puede generar disociación. Un estudio en México (2023) encontró que el 58% de los autistas adultos reportaron episodios de despersonalización —pero en el 89% de los casos, estos comenzaron después de experiencias de rechazo, bullying o diagnósticos erróneos. Honestamente, no está claro si es el autismo el que causa la desconexión... o la sociedad.
La conclusión
Estamos lejos de decir que las personas autistas se desconectan de la realidad. De hecho, encuentro esto sobrevalorado —y peligrosamente simplista. Lo que hacen es navegar una realidad que no está diseñada para ellos. Y cuando el ruido es insoportable, cuando las reglas sociales son arbitrarias, cuando el mundo exige imitar emociones que no sienten, la retirada no es una falla. Es una estrategia. Es inteligencia adaptativa.
Y si de verdad queremos entenderlos, deberíamos dejar de preguntarnos si están “fuera de la realidad”, y empezar a preguntar por qué nuestra versión de la realidad los excluye. Porque la desconexión no está en ellos. Está en nuestra incapacidad de ver lo que está frente a nuestros ojos. Y eso, sí que es preocupante.