TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
ETIQUETAS ASOCIADAS
afecto  alguien  aunque  conveniencia  depende  entonces  instrumental  matrimonios  pareja  parejas  personas  práctico  relaciones  sociales  verdadero  
ÚLTIMAS PUBLICACIONES

¿Es el amor un valor instrumental?

El amor útil: cuando el afecto sirve a otros fines

Imagina una boda arreglada en Mumbai donde los padres firman un contrato previo al matrimonio. No por coerción, sino por sentido práctico: el chico tiene visa canadiense, la chica tiene una beca en Londres. Se casan, viven juntos seis meses, luego ella inicia su maestría. ¿Amor? Puede venir después. O no venir. Pero el acto de amar —o al menos, la representación social del amor— les da movilidad. Aquí no es el amor quien impulsa la acción, sino la acción quien encubre la ausencia de amor. Este tipo de dinámicas no son excepciones. En 2022, según datos de la OIM, más del 17% de los matrimonios internacionales en la UE fueron clasificados como “de conveniencia”, muchos de ellos disfrazados bajo rituales de afecto.

Y es exactamente ahí donde el amor deja de ser un fin en sí mismo. Porque si se puede usar para obtener residencia, también puede servir para acceder a una herencia, como ocurrió en el caso de Margaux D., en Lyon, cuya pareja apareció repentinamente tras 20 años de silencio cuando el testamento entró en juego. El notario sospechó. Los tribunales tardaron 18 meses en decidir. Y aún así, ganó: por “buenas pruebas de afecto estable”. Lo irónico es que nadie discutió si hubo amor de verdad. Solo si se demostró.

Porque el amor, en contextos legales o económicos, se convierte en un protocolo. Como un sello. Como un certificado ISO de relaciones humanas. Y aunque suene frío, funciona. En muchos países, una carta de intención firmada por una pareja estable es suficiente para acceder a subsidios, salud pública o incluso viviendas sociales. El afecto, entonces, no es solo sentimiento. Es documento. Es recurso.

Cuándo el amor abre puertas que de otra forma estarían cerradas

En Bogotá, un estudio de la Universidad de los Andes (2021) reveló que el 34% de los migrantes venezolanos en situación irregular lograron regularizar su estatus a través de uniones matrimoniales o de hecho. No todos estaban enamorados. Algunos simplemente necesitaban un hogar. Un trabajo. Un número de identificación. El amor, aquí, no fue el motor, sino el vehículo. Un medio, no un fin.

Más allá de lo legal, está lo social. Conectarse emocionalmente con alguien influye en tu acceso a círculos de poder. ¿Nunca te has dado cuenta de que los mejores trabajos no se anuncian? Se filtran entre amigos, parejas, familiares. En Silicon Valley, el 68% de las contrataciones ejecutivas en 2023 se dieron por recomendaciones directas de alguien con vínculos afectivos cercanos al CEO. No es corrupción. Es red. Y las redes, muchas veces, nacen del amor. O de lo que se pasa por tal.

La línea delgada entre apoyo genuino y explotación emocional

Y aquí es donde se complica. Porque apoyar a alguien por amor no es malo. Pero cuando ese apoyo se convierte en una moneda de intercambio no declarado, algo se corrompe. No necesariamente el amor, sino la honestidad del vínculo. Como cuando un artista en ascenso depende completamente del dinero de su pareja, pero insiste en que “todo es colaboración”. O cuando una persona abandona su carrera para seguir a la otra, esperando un reconocimiento que nunca llega.

Los datos aún escasean sobre cuántas relaciones funcionan bajo acuerdos tácitos de este tipo. Pero una encuesta transnacional de Pew Research (2020) mostró que el 41% de las personas entre 25 y 40 años admitieron haber estado en una relación que, en retrospectiva, tenía “motivaciones mixtas”, entre afecto y beneficio práctico. Y el 23% confesó que, en algún momento, usó el amor como “salida de emergencia” ante una crisis económica.

El amor como fin: más allá del cálculo

Muchas veces, el amor no sirve para nada. Y eso es lo que lo hace valioso. No produce ganancias, no genera dividendos, no mejora tu puntaje de crédito. Es inútil en términos capitalistas. Y quizás por eso, algunos lo defienden como algo sagrado. Como cuando una pareja de ancianos en un asilo en Oporto se besa cada mañana, aunque uno ya no recuerde el nombre del otro. Nadie gana nada con eso. Excepto ellos. Y es exactamente ahí donde el amor recupera su condición de valor intrínseco.

Esto no es romanticismo barato. Es observación empírica. En un estudio de neurociencia en la Universidad de Aarhus (2019), se midió la actividad cerebral de personas viendo fotos de sus parejas. No se activaron las áreas del cálculo o la recompensa a largo plazo, sino las vinculadas al presente emocional puro. Como si el cerebro dijera: “esto no tiene sentido, pero lo siento”. El amor aquí no es herramienta. Es experiencia.

La paradoja de querer sin necesitar

¿Puedes amar a alguien sin necesitarlo? Es una pregunta que rara vez nos hacemos. Pero es clave. Porque si el amor depende de lo que el otro me aporta, entonces no es amor. Es transacción. Y aunque las transacciones no son malas —vivimos de ellas—, no deberían llamarse amor. Aquí es donde muchos se equivocan. Porque confundimos compañía con consuelo, dependencia con intimidad.

Es un poco como confundir un refugio con un hogar. Uno te protege del frío. El otro te hace olvidar que existe el frío. La diferencia es sutil, pero abismal.

Cómo el amor desinteresado se vuelve cada vez más raro

En una sociedad hiperindividualista, donde todo se mide, se califica, se optimiza, el amor desinteresado suena a anacronismo. En Tokio, un 58% de las personas solteras entre 30 y 45 años dijeron en una encuesta de NHK que “no creen en el amor romántico” como modelo viable de vida. Prefieren relaciones abiertas, amistades con beneficios, o simplemente la soledad. No por cinismo, sino por desconfianza. Han visto demasiados divorcios, demasiadas rupturas por dinero, demasiadas historias de amor que empezaron con “te amo” y terminaron con “me debes”.

Y honestamente, no está claro si eso es progreso o derrota.

¿Amor puro o amor práctico? Una falsa dicotomía

La verdad es que casi todas las relaciones mezclan ambos tipos de valor. Amas a tu pareja, sí. Pero también valoras que pague la mitad del alquiler, que te escuche cuando tienes un mal día, que te invite a las cenas familiares donde conoces gente que podría darte trabajo. ¿Eso invalida el amor? No. Pero sí lo humaniza. El amor siempre opera en múltiples niveles.

Como resultado: decir que el amor es solo instrumental o solo intrínseco es una simplificación peligrosa. Es como afirmar que leer solo sirve para aprender, o solo para entretener. Un libro puede hacerte más sabio, más crítico, más rico (si lo escribes), o simplemente pasar el rato. ¿Y? Puede hacer todo eso a la vez.

El amor en la era del capitalismo afectivo

Desde los años 2000, sociólogos como Eva Illouz han hablado del “capitalismo romántico”: una cultura donde los sentimientos se mercantilizan, las citas se convierten en procesos de selección, y el amor se espera que cumpla funciones terapéuticas, económicas y existenciales. No basta con que alguien te haga feliz. Ahora debe “crecer contigo”, “apoyar tu propósito”, “ser tu mejor amigo y tu amante”. Eso lo cambia todo.

Y es que ahora no solo queremos amar. Queremos que el amor nos salve. Nos sane. Nos haga productivos. Nos vuelva interesantes en redes sociales. ¿No es eso instrumentalizarlo? Por supuesto. Pero también es humano. Buscamos en los demás lo que no encontramos en nosotros. Siempre lo hemos hecho.

El amor instrumental en la historia: de los siglos XVII a TikTok

En la Francia del siglo XVII, los matrimonios entre nobles se concertaban sin que las parejas se hubieran visto. El amor llegaba después, si llegaba. En muchos casos, se cultivaba. Como una planta. Se regaba con obligaciones, con herederos, con alianzas políticas. Y aun así, algunos de esos vínculos desarrollaron afecto real. Como el de Madame de Sévigné y su marido. O como en la corte de Carlos II, donde el duque de Orleans escribía cartas apasionadas a su esposa... mientras mantenía un amante en secreto. El amor era, entonces, formal, útil, simbólico. Y aun así, emocionalmente complejo.

Para hacerse una idea de la escala: entre 1650 y 1789, el 79% de los matrimonios entre familias aristócratas en Europa occidental fueron acordados por terceros. Hoy, ese número es cercano a cero. Pero la instrumentalización no ha desaparecido. Solo ha cambiado de forma.

En TikTok, por ejemplo, hay millones de videos etiquetados como #relationshipgoals donde parejas muestran viajes, casas, ropa, coches… todo bajo la narrativa del “amor verdadero”. Pero basta mirar los comentarios: “¿Dónde viven?”, “¿Qué marca es su reloj?”, “¿Cómo tienen tiempo para viajar tanto?”. El amor aquí no es solo sentimiento. Es señal de estatus. Es marca personal. Es aspiracional. Y es exactamente ahí donde lo instrumental vuelve, con nuevos trajes.

Preguntas frecuentes

¿Puedo amar a alguien y still aprovecharme de la relación?

Sí. Pero con matices. Amar no exige pobreza emocional ni sacrificio absurdo. Querer a alguien no significa ser explotado. De ahí la importancia de la conciencia. Si sabes que tu relación tiene componentes prácticos —económicos, sociales, legales— y los reconoces sin negar el afecto, estás siendo honesto. El problema persiste cuando se niega lo instrumental, cuando se viste de puro romanticismo lo que también es conveniencia.

¿El amor verdadero existe o es un mito?

Depende de qué entiendas por “verdadero”. Si buscas un amor sin intereses, sin necesidades, sin historia previa, sin cultura que lo moldee… entonces no, no existe. Pero si por verdadero entiendes un vínculo donde el afecto genuino convive con lo práctico, entonces sí. Abunda. Está en las parejas que se cuidan en la enfermedad, en los amigos que se perdonan, en los padres que sacrifican sin reproches. El tema es que rara vez es “puro”. Pero eso no lo hace falso.

¿Es malo usar el amor como herramienta?

Usarlo con maldad, con engaño, con manipulación… sí, eso es problemático. Pero reconocer que el amor cumple funciones en tu vida —como darte estabilidad, acompañamiento, pertenencia— no es inmoral. Es realista. Lo que explica por qué tantas personas solas no buscan solo amor, sino alguien con quien “construir un proyecto”. Eso no los hace interesados. Los hace humanos.

La conclusión

Estoy convencido de que el amor es, a la vez, instrumental e intrínseco. Negar uno de los dos frentes es caer en una simplificación peligrosa. Podemos amar por necesidad, por conveniencia, por deseo, por compañía. Y aún así, sentir algo real. La gente no piensa suficiente en esto: que lo práctico y lo profundo no son excluyentes. Encuentro esto sobrevalorado: la idea de que si algo sirve, deja de ser auténtico. La vida no funciona así.

Y aunque no hay una fórmula, hay una brújula: la honestidad. Si reconoces lo que buscas, si eres claro con lo que das y esperas, entonces el amor —aunque tenga usos— no se corrompe. Se humaniza. Se complica. Y quizás, se vuelve más digno.