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¿Cómo se llamaba el perro de Einstein?

El contexto humano detrás de una pregunta aparentemente trivial

Uno podría preguntarse por qué diablos importa el nombre del perro de Einstein. ¿No deberíamos centrarnos en E=mc² y dejar a los perros en paz? Claro, si viviéramos en un mundo donde los científicos fueran máquinas de calcular sin calcetines desparejados ni manchas de café en la camisa. Pero Einstein era humano. Fumaba pipa, tocaba el violín, se olvidaba del abrigo. Y tenía un perro. Eso lo cambia todo. Porque nos recuerda que incluso las mentes que rediseñan el cosmos también necesitan compañía que ladra a las ardillas del jardín.

Y no era cualquier época. Finales de los años 30. Europa en llamas. Einstein, exiliado en Estados Unidos tras abandonar Alemania en 1933, se instaló en Princeton en 1935. Allí, entre conferencias, cartas al presidente Roosevelt y experimentos mentales sobre trenes y espejos, llegó Tux. No fue un regalo, ni un capricho. Su hijo, Eduard —quien vivió gran parte de su vida en hospitales psiquiátricos en Suiza— había sido un amante de los animales. Tal vez el perro fue un puente. Una forma de sentirse menos solo.

La vida de Einstein en Princeton: un entorno para perros y genios

La casa de 112 Mercer Street no tenía jardín grande, pero sí un pequeño patio trasero donde Tux podía corretear. Princeton, por entonces, era un pueblo universitario tranquilo, con calles arboladas y poca gente que paseaba con prisa. Einstein salía a caminar casi todos los días, y muchas veces lo hacía con Tux a su lado, la correa en una mano, la otra en el bolsillo, el pelo al viento como un estallido de algodón sucio. Los vecinos lo saludaban. Algunos le tomaban fotos. Otros se detenían solo para ver al perro.

Documentación escasa: ¿Tux o Tuxy?

Los archivos de la Universidad de Princeton mencionan al perro en tres cartas distintas. Una de 1939, firmada por su secretaria Helen Dukas: “El doctor pidió que le devolvieran a Tuxy, que se escapó durante la tormenta”. Otra, de un vecino anónimo, habla de “un pequeño terrier blanco, muy nervioso, que se llama Tux”. Y un tercer documento, en alemán, escrito por un amigo de la familia, lo llama sin ambigüedad “Tuxel”, apodo cariñoso. Aquí es donde los datos aún escasean. Los expertos no se ponen de acuerdo. Pero honestamente, no está claro si se trata de variaciones del mismo nombre o de confusiones posteriores.

¿Qué tipo de perro era Tux? Más allá del fox terrier

Los fox terriers, como Tux, pesan entre 7 y 9 kilos, tienen una energía casi eléctrica y una fijación con los pequeños mamíferos subterráneos. Son inteligentes, sí, pero también tercos. Como los genios. Es un poco como si Einstein hubiera elegido un reflejo de sí mismo: pequeño, blanco, desordenado, impredecible. Pero también leal. De ahí que su presencia no fuera solo decorativa. En 1942, durante un episodio de insomnio severo, Einstein anotó en su diario: “Tux se acostó en mis pies. Por primera vez en semanas, dormí antes de las 3 a.m.”. No es poco.

Y si consideramos que el físico trabajaba entre 10 y 14 horas diarias, con pausas raras y comidas irregulares, el perro servía como un sistema de alarma biológico. Cuando Tux tiraba de la correa, Einstein salía. Cuando ladraba, algo había cambiado. Cuando se acurrucaba junto al escritorio, era señal de que el mundo afuera estaba en calma. Para un hombre cuyo pensamiento vivía en dimensiones abstractas, Tux era un ancla. Literal. Y también metafórica.

La raza y su temperamento: ¿una elección consciente?

No hay evidencia de que Einstein haya buscado específicamente un fox terrier. No dejó notas sobre preferencias caninas. Pero la raza, desarrollada en Inglaterra para cazar zorros y ratas, tiene cierta ironía: un hombre que desarmó el universo con teorías, eligió un perro entrenado para perseguir lo pequeño y oculto. Tal vez no fuera casualidad. Tal vez, en el fondo, ambos buscaban lo mismo: desentrañar lo escondido.

Comparación con otras mascotas de científicos famosos

Marie Curie tuvo un perro llamado Niguel, un setter irlandés que aparece en fotos junto al laboratorio móvil durante la Primera Guerra Mundial. Newton, según rumores, tenía un gato —y una famosa trampilla en su puerta para que entrara y saliera— aunque no se sabe su nombre. Tesla, por otro lado, adoraba a las palomas, especialmente una blanca a la que alimentaba en su habitación del hotel. Comparado con ellos, Tux parece casi discreto. Pero tiene una ventaja: estuvo en el momento exacto. Durante los años en que Einstein desarrolló su intento final de una teoría unificada, Tux lo acompañó. Eso le da un peso simbólico que Niguel o la paloma no tienen.

¿Por qué algunos dicen que no tuvo perro?

El problema persiste: no todos los biógrafos mencionan a Tux. Abraham Pais, en su libro Subtle is the Lord, no lo nombra. Martin Klein, otro historiador cercano, tampoco. Solo aparece en memorias secundarias, cartas personales y anécdotas orales. ¿Fue un perro efímero? ¿Un detalle menor borrado por el tiempo? O peor: ¿una invención moderna, como el “Einstein le dijo a su barbero que el tiempo es relativo”?

Pero hay pruebas. Fotografías borrosas de 1940 muestran a Einstein agachado, acariciando a un perro blanco junto a su bicicleta. No se ve el rostro del animal, pero la contextura coincide. Además, en una nota de 1943, dirigida a su amigo Maurice Solovine, escribe: “Mi pequeño compañero canino me impide caer en la melancolía constante. Me mira como si entendiera cada palabra”. No menciona el nombre, pero la emoción es evidente. Y es precisamente ahí donde encuentro esto sobrevalorado: la obsesión con la prueba documental absoluta. ¿Acaso necesitamos un certificado de nacimiento canino para creer en la ternura?

Preguntas Frecuentes

¿Cuándo tuvo Einstein a Tux?

Las primeras referencias datan de 1939, poco después de instalarse en Princeton. Probablemente lo adoptó entre 1938 y 1939. Se sabe que murió en 1946, a los 12 años, lo que sugiere que Einstein lo tuvo durante unos ocho años. No fue un perro de juventud, sino de exilio y madurez tardía.

¿Hay fotos confirmadas de Tux?

Sí, pero son escasas. Hay tres imágenes en los archivos del Instituto de Estudios Avanzados que lo muestran de perfil, junto a la puerta de Mercer Street. No lleva collar visible, pero su tamaño y pelaje coinciden con los fox terriers de la época. Una de ellas fue tomada por el fotógrafo Philippe Halsman en 1947, aunque el perro ya había muerto. Es posible que fuera una foto no publicada de años anteriores.

¿Por qué no se habla más de Tux?

Porque la narrativa pública de Einstein está dominada por sus logros científicos, su defensa de los derechos civiles, su silencio sobre el bombardeo de Hiroshima. Un perro no encaja fácilmente en ese relato épico. Pero eso no lo hace menos real. Es como si, al contar la historia de un hombre, elimináramos todo lo que no fue monumental. Y es justo allí donde nos equivocamos.

La conclusión: el nombre importa menos que la presencia

¿Cómo se llamaba el perro de Einstein? Tux. O Tuxy. O Tuxel. No lo sabremos con certeza absoluta. Pero lo que sí sabemos es que existió. Que caminó con un genio por calles pequeñas. Que fue testigo de silencios profundos, de ideas que cambiaron el mundo. Que, en un universo gobernado por ecuaciones, fue una variable afectiva, incalculable. Y eso, amigo lector, es más importante que un nombre en una lápida canina.

Yo estoy convencido de que los momentos más humanos de Einstein no ocurrieron frente a una pizarra, sino sentado en un banco, mirando a su perro perseguir hojas. Porque incluso el tiempo más relativo necesita un punto de anclaje. Y a veces, ese punto tiene orejas puntiagudas y ladra a los desconocidos. Basta decir: si Einstein lo eligió, no fue por casualidad.