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¿Es triste la expresión "mi menor"? Cómo una frase inocente se convirtió en señal de alarma

El origen y el uso cotidiano: ¿qué significa "mi menor" en la vida real?

Para mucha gente, "mi menor" es solo una forma coloquial de referirse a un hijo menor de edad. Como decir "mi chico" o "el niño". Nada raro. En México, por ejemplo, se escucha en pasillos de escuelas: "Tengo que recoger a mi menor a las tres". En Argentina, una maestra puede anotar en una nota: "Faltó mi menor, excusado por la madre". Normal. Basta decir. Pero incluso en este uso aparentemente neutro, hay una tensión. Porque al decir "mi menor", no se dice "mi hijo" ni "mi hija". Se dice "menor". Como si la condición legal —la falta de mayoría de edad— fuera lo más relevante. Y eso lo cambia todo.

Porque al reducir al niño a su estatus jurídico, se borra algo más humano: su nombre, su personalidad, su historia. No es "Lucas", es "el menor". No es "Camila", es "mi menor". Como si la paternidad o la tutela se convirtiera en una especie de posesión funcional. Y no estoy diciendo que todos los que usan la frase piensen así. Pero el lenguaje modela la realidad. Y cuando usamos términos técnicos en contextos íntimos, algo se filtra del sistema burocrático hacia lo personal.

¿Desde cuándo se usa esta expresión en documentos oficiales?

Desde que existen leyes sobre la protección de la infancia, más o menos. En España, el Código Civil habla de "menores no emancipados" desde 1889. En Chile, la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente (2005) consolidó el uso del término en procesos judiciales. Pero fue en las últimas dos décadas cuando "menor" comenzó a aparecer en informes sociales, en declaraciones policiales, en entrevistas psicológicas. Y como resultado: el término migró del expediente al salón de clases, del juzgado al WhatsApp familiar.

La frontera entre lo técnico y lo afectivo

¿Es malo usar un término técnico en la vida diaria? No necesariamente. Hablamos de "presión arterial", de "contrato laboral", de "sistema inmune", sin que eso nos desumanice. Pero "menor" es diferente. Porque no se refiere a una función biológica o legal abstracta. Se refiere a una persona en desarrollo. Y cuando un padre dice "mi menor" en vez de "mi hijo", algo se apaga. No es triste por la palabra, sino por lo que revela: una distancia. Una despersonalización. Un lenguaje que, sin querer, repite el tono del informe social: frío, distante, funcional.

Cuándo "mi menor" deja de ser inocente: señales de alerta emocional

Yo encuentro esto sobrevalorado como fenómeno lingüístico, pero subestimado como indicador social. Porque no es la frase en sí lo preocupante. Es el contexto. Imagina este escenario: una madre dice, en una reunión escolar, "mi menor no hizo la tarea porque tuvo una crisis anoche". Ningún problema. Pero si dice: "mi menor está imposible, no responde, es un caso perdido", ahí empieza a sonar la alarma. Porque ya no habla de un niño. Habla de un problema. De un caso. De una carga.

Y no es paranoia. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires (2021) analizó 372 testimonios de padres en contextos de vulnerabilidad. El 68% usó el término "mi menor" o "el menor" al menos una vez. Pero el 41% de esos casos coincidía con frases de desapego emocional: "no me obedece", "no es como los otros", "no sé qué hacer con él". Mientras que solo el 9% de quienes usaban nombres propios mostraban ese tono. No es prueba definitiva, claro. Pero lo que explica es una correlación inquietante.

La psicología detrás del distanciamiento verbal

Los terapeutas familiares lo ven todo el tiempo. Cuando un padre empieza a hablar de su hijo como "el menor", "el chico", "ese", es una señal de que el vínculo se está erosionando. No siempre. Pero a menudo. Porque el lenguaje es un espejo. Y cuando dejamos de nombrar a alguien por su nombre, es porque ya no lo vemos del todo. Es un mecanismo de defensa: nombrar menos para sentir menos. Y es ahí donde el tema se vuelve oscuro. No es triste la frase. Es triste lo que a veces esconde.

¿Cuándo es simplemente costumbre y no alarma?

Muchas veces, es solo inercia. En comunidades donde el Estado ha estado muy presente —por políticas de protección, por intervenciones sociales—, el lenguaje burocrático se normaliza. En zonas con altos índices de pobreza, como el sur de Madrid o el conurbano bonaerense, escuchar "mi menor" es común. No siempre implica frialdad. A veces, es solo que la gente ha aprendido a hablar como los trabajadores sociales para ser escuchados. Si dices "mi hijo necesita ayuda", te ven como un padre desesperado. Si dices "mi menor está en riesgo", te derivan a un programa. Así de frío. Así de real.

"Mi menor" en los medios y en la política: cómo se construye una narrativa

¿Alguna vez te has preguntado por qué los noticieros siempre dicen "el menor fue trasladado al hospital" y no "el niño"? Porque suena más serio. Más formal. Más… creíble. Pero también más lejano. Un menor es una categoría. Un niño es una persona. Y en la política, eso es oro. Un diputado puede decir: "debemos proteger a los menores", y todos asienten. Pero si dice: "debemos proteger a nuestras hijas e hijos", la emoción sube. El compromiso también. El problema persiste: el lenguaje técnico desactiva la empatía.

En Chile, durante el debate por la ley de internación de adolescentes infractores (2022), el 93% de las intervenciones parlamentarias usaron "menor infractor". Solo el 7% dijo "adolescente que cometió un delito". Y el tono de los discursos cambió: más duros, más punitivos. Como si hablar de "menores" permitiera tratarlos como problemas, no como personas. No es coincidencia. La gente no piensa suficiente en esto: el lenguaje no describe, también decide.

Alternativas que humanizan: ¿cómo hablar de los niños sin despojarlos de su identidad?

No se trata de prohibir palabras. Se trata de elegir con cuidado. Porque cada vez que decimos "mi menor", hay una alternativa más cálida: "mi hijo", "mi nena", "mi adolescente". Incluso "el chico" suena más humano que "el menor". Claro, en contextos legales, el término es necesario. Un juez no puede decir "el nene hizo esto". Pero fuera de esos espacios, ¿por qué mantenerlo?

Casos donde el cambio de lenguaje generó impacto real

En una escuela de Monterrey (2020), el equipo directivo decidió prohibir el uso de "menor" en comunicados internos. Solo se permitía "estudiante", "alumno", "niño", "adolescente". A los seis meses, hubo un 30% menos de reportes de desapego docente. No fue un dato aislado. En un centro de acogida en Barcelona, cuando los educadores empezaron a usar nombres en vez de "el menor de la habitación 3", las fugas bajaron un 40% en un año. Eso no es casualidad. Es psicología básica: nombrar es reconocer.

Preguntas Frecuentes

¿Es malo decir "mi menor" si lo hago con cariño?

No necesariamente. El tono, la intención y el contexto son clave. Si lo dices con afecto, y tu hijo sabe que lo nombras por su nombre en otros momentos, no hay drama. Pero pregúntate: ¿por qué uso ese término? ¿Por costumbre? ¿Para sonar más formal? ¿Para distanciarme sin querer?

¿El término "menor" es usado solo por padres?

No. Trabajadores sociales, maestros, policías, jueces, periodistas. A veces, es obligatorio. Un informe social no puede decir "el nene hizo esto". Pero el problema es cuando ese lenguaje invade lo privado, lo íntimo, lo cotidiano. Porque entonces, el sistema se mete en la casa.

¿Existe un movimiento para eliminar el término?

No un movimiento masivo, pero sí hay propuestas. En Uruguay, el Instituto del Niño y la Adolescencia (INA) lanzó en 2023 una campaña: "Llámalo por su nombre". En Colombia, algunos jueces ya usan "adolescente" en vez de "menor infractor" en audiencias. No es mucho, pero es un comienzo.

La conclusión: tristeza no viene de las palabras, sino de lo que callan

Estoy convencido de que "mi menor" no es triste por sí sola. Es triste cuando reemplaza al nombre. Es triste cuando esconde dolor, impotencia, desapego. Es triste cuando un padre ya no puede decir "mi hijo" porque perdió la conexión. Pero también digo esto: no seamos puristas. El lenguaje es vivo. Evoluciona. Y a veces, una palabra técnica se vuelve coloquial sin mala intención. El tema es saber cuándo cruzamos una línea. Porque sí, estamos lejos de eso en muchos casos. Pero en otros, no tanto. Honestamente, no está claro dónde está el límite. Pero sí sé esto: un niño no es un menor. Es una persona. Y merece ser llamado por lo que es, no por lo que falta para que lo sea. (aunque, entre nosotros, muchos adultos tampoco actúan como tales, ¿no?).