La gente no piensa suficiente en esto: en cómo los nombres se americanizan, cómo los acentos se pierden en tres generaciones, cómo una granja en Baviera se convierte, con el tiempo, en “la abuela de Queens”. El tema es que la etnia de Trump no es un misterio genético, pero sí un ejemplo perfecto de cómo la narrativa familiar puede moldear una imagen pública. Y Trump, más que nadie, ha construido su imagen sobre bases muy deliberadas.
Orígenes familiares: lo que sabemos (y lo que no)
El padre de Trump, Fred Trump, nació en 1905 en el Bronx. Su padre, Friedrich Trump, llegó a Estados Unidos en 1885 desde Kallstadt, un pequeño pueblo en el sudoeste de Alemania, en la región de Renania-Palatinado. Friedrich era panadero. Huyó, según algunos registros, por evitar el servicio militar prusiano. Luego fue expulsado en 1905 tras acusaciones de ejercer la prostitución a través de sus negocios en Alaska durante la fiebre del oro. Sí, eso lo cambia todo. Un inmigrante alemán que abría burdeles en tierras remotas. No exactamente el modelo de la familia tradicional que muchos asumirían.
Por la línea materna, Mary Anne MacLeod, nacida en 1912, era de las Hébridas Exteriores, una cadena de islas escocesas donde aún hoy se habla gaélico en algunos rincones. Llegó a EE.UU. en 1930, con 18 años, como inmigrante legal. Se casó con Fred en 1936. Ella representaba la imagen opuesta: silenciosa, educada, “dama de clase media”. Pero también escondía una historia de resistencia. Cruzar el Atlántico en tercera clase en medio de una década marcada por el proteccionismo migratorio no era sencillo. Y es exactamente ahí donde muchos subestiman el peso simbólico de sus orígenes.
Estamos lejos de eso de decir que Trump es “solo alemán” o “solo escocés”. Es una mezcla de dos migraciones europeas del siglo XIX, ambas con capítulos turbios, ambas con una fuerte voluntad de reinventarse. Friedrich, por cierto, cambió el nombre de “Trumpf” a “Trump” al llegar — una simplificación común, pero que también borraba un poco más su rastro. Y no, no hay evidencia creíble de que tuviera ascendencia judía, como ha especulado alguna prensa sensacionalista. Los datos aún escasean, pero los expertos no se ponen de acuerdo en por qué eso sigue siendo un tema.
¿Etnia o nacionalidad? La confusión deliberada
La etnia no es lo mismo que la nacionalidad, pero en Estados Unidos rara vez se hace esa distinción en público. Un estadounidense de origen alemán no es “alemán”, pero su abuelo sí lo fue. Aquí es donde se complica. Trump, durante su presidencia, solía hablar de “amor por el país” como si fuera sinónimo de exclusión a lo extranjero. Ironía fina: su propia historia es 100% inmigrante. No hay un solo ancestro nacido en América continental. Y eso, seamos claros al respecto, no es un defecto. Es la historia de millones.
Pero porque él mismo ha usado la raza como herramienta política — cuestionando la nacionalidad de Obama, atacando a inmigrantes mexicanos, restringiendo visas a países musulmanes — su propio origen se convierte en un espejo incómodo. ¿Puede alguien con raíces extranjeras promover políticas nativistas? Claro que sí. Y lo hace. Pero el problema persiste: ¿hasta qué punto uno puede negar a los demás lo que sus propios ancestros obtuvieron?
¿Qué significa “etnia” en el caso de Trump?
Desde un punto de vista antropológico, la etnia implica cultura compartida, lengua, religión, tradiciones. Y en ese sentido, los Trump no transmitieron mucho de sus orígenes. No se habla alemán en la familia. No hay celebraciones escocesas documentadas. La religión es metodista, una rama protestante común en EE.UU., sin vínculo directo con sus países de origen. Entonces, ¿qué queda? Un apellido, algunos rasgos físicos, y una narrativa. Basta decir: su etnia, en la práctica, es “estadounidense blanca de clase media alta”, un constructo más que una realidad biológica.
La construcción de una identidad blanca dominante
Trump no se identifica como “germano-escocés”. Se identifica como estadounidense, punto. Pero no como cualquier estadounidense. Como uno que representa a “la gente olvidada”, aunque haya crecido con millones. Es un poco como si un millonario disfrazado de obrero liderara una revolución. Para hacerse una idea de la escala, su fortuna se estima en 2.500 millones de dólares en 2023 (según Forbes), aunque él haya afirmado tener 10.000 millones. La disonancia es parte del personaje.
Como resultado: su etnia no importa tanto como el uso político que hace de la identidad blanca. Ha sido, durante años, portavoz de teorías de supremacía blanca sin nombrarlas directamente. Apelar al “miedo al reemplazo” (Great Replacement Theory), aunque lo niegue, es una estrategia que explota la ansiedad de ciertos sectores blancos ante el cambio demográfico. Y es justo aquí donde su origen se vuelve irrelevante. Lo que importa es la imagen que proyecta: la de un hombre blanco, fuerte, “auténtico”, aunque su historia familiar sea tan migrante como la de cualquiera en Ellis Island.
El 72% de los votantes blancos sin título universitario apoyaron a Trump en 2016. En 2020, ese número bajó a 63%, pero siguió siendo decisivo. Estos grupos no votan por sus ancestros. Votan por lo que creen que él defiende: estatus, reconocimiento, poder. Y es allí donde su etnia no es un dato genealógico, sino una herramienta simbólica. Porque en política, pocas veces importa lo que eres. Importa lo que la gente cree que eres.
Germano-escocés vs. WASP: ¿hay diferencia?
WASP (White Anglo-Saxon Protestant) es un término que, aunque desactualizado, sigue vigente en análisis sociales. Trump no encaja. Los anglosajones son predominantemente de Inglaterra. Él tiene raíces alemanas y escocesas, no inglesas. Y sin embargo, se mueve en círculos WASP. Tiene clubes en Mar-a-Lago, amigos en Wall Street, contactos en Harvard. ¿Cómo encaja? Por dinero. La élite estadounidense no es tan cerrada por etnia como por clase. Y él, aunque no sea “de sangre azul”, compró su lugar.
De ahí que su etnia, en términos sociales, sea menos relevante que su capital económico. En Nueva York, en los años 80, los alemanes no eran marginados. Eran invisibilizados por su asimilación. A diferencia de los irlandeses o italianos, que tuvieron que luchar por aceptación, los alemanes se integraron rápido. Hablaban un idioma germánico, eran protestantes, llegaron en oleadas del siglo XIX. El 15% de los estadounidenses afirma tener ascendencia alemana — la más común del país. Y aun así, no hay “Día de la Herencia Alemana” nacional. Porque no necesitan reclamar espacio. Ya lo tienen.
Preguntas frecuentes
¿Tiene Donald Trump ascendencia judía?
No hay evidencia creída. Algunos rumores surgieron por su matrimonio con Ivana Zelníčková (católica checa), luego con Marla Maples (de ascendencia inglesa e irlandesa) y finalmente con Melania Knauss (católica eslovena). Su hijo menor, Barron, fue criado en parte bajo tradiciones judías por su madre, Melania, quien se convirtió al judaísmo para él. Pero genéticamente, nada indica raíces sefardíes o ashkenazíes. Honestamente, no está claro por qué sigue circulando este mito.
¿Por qué su padre se llamaba Fred si era alemán?
Friedrich Trump cambió su nombre al naturalizarse. No fue forzado, pero era común en esa época. Los inmigrantes simplificaban sus nombres para evitar discriminación, especialmente durante las guerras mundiales. “Friedrich” sonaba demasiado alemán en los años 40. “Fred” era más seguro. También más vendedor. Y eso, en el negocio inmobiliario neoyorquino, era clave.
¿Es escocés lo mismo que británico?
No. Escocia es parte del Reino Unido, pero tiene identidad cultural distinta. Mary MacLeod era isleña, rural, probablemente orgullosa de su aislamiento. El 8% de los estadounidenses afirma ascendencia escocesa, pero muchos no conocen la diferencia entre escocés e inglés. Es como confundir catalán con castellano. Pueden vivir en el mismo país, pero no es lo mismo.
La conclusión
La etnia completa de Trump es alemana por vía paterna y escocesa por vía materna. Pero reducirlo a eso es como describir un cuadro solo por sus pigmentos. Lo importante no es su ADN, sino cómo ha usado (o ignorado) esos orígenes para construir una figura pública. Encuentro esto sobrevalorado: el enfoque en sus raíces étnicas como si revelaran algo profundo. Revelan poco. Lo que revela es cómo en EE.UU., la etnia se esconde cuando conviene, se enfatiza cuando sirve.
Yo estoy convencido de que Trump no piensa en sí mismo como “híbrido europeo”. Se piensa como ganador. Como líder. Como símbolo. Y ese es el verdadero truco: convertir una historia de migración común en una epopeya de éxito. Dicho esto, no deberíamos dejar que se salga con la suya. Porque si normalizamos que alguien con orígenes inmigrantes promueva políticas anti-inmigrantes sin autocrítica, entonces hemos perdido algo más que una discusión histórica. Hemos perdido la memoria. Y eso lo cambia todo.