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¿Cómo es el refrán en tiempos de guerra?

Pero no todo refrán aguanta el fuego. Algunos se desintegran como papel mojado bajo las bombas. Otros, sin embargo, cobran una fuerza inquietante, repetidos en trincheras, en refugios, en órdenes de comando. Hay uno que resuena con frecuencia: “En tiempo de guerra, la verdad es la primera víctima”. No es antiguo, no es popular, pero se ha dicho tantas veces que ya suena a proverbio. Y aunque su autoría se discute —algunos lo atribuyen a Atila, otros a un periodista británico del siglo XX— hoy circula como si fuera del pueblo. Como si lo hubiéramos dicho todos.

El peso de las palabras cuando los cañones no callan

Imagina un pueblo en las afueras de Donetsk, febrero de 2023. Dos ancianos, sentados en un banco de madera resquebrajado, comparten una hogaza dura. Uno dice: “En tiempo de guerra, el pan no se regala, se reparte”. El otro asiente. No hay sonrisa. Esa frase no es un refrán conocido en los libros. Nació ahí, en ese invierno, entre ruinas y escasez. Así nacen muchos: no de sabiduría ancestral, sino de necesidad inmediata. Porque en guerra, el lenguaje no se hereda, se improvisa. Y eso lo cambia todo.

Los refranes tradicionales —esos que hablan de paciencia, de trabajo, de destino— a menudo pierden sentido cuando el futuro es una bala en el aire. ¿Qué valor tiene “Dime con quién andas y te diré quién eres” si tu vecino fue reclutado por fuerza y hoy te apunta con un fusil? ¿Y “Más vale pájaro en mano que cien volando” cuando no hay pájaros, ni manos seguras? El refrán clásico asume estabilidad. La guerra la destroza. De ahí que surjan otros, más crudos, más directos.

La transformación del sentido común

En tiempos normales, un refrán como “No por mucho madrugar amanece más temprano” sugiere paciencia. En guerra, se convierte en una advertencia: “No por mucho bombear cae el enemigo más rápido”. La estructura se mantiene, pero la intención cambia. Ya no es filosofía: es sarcasmo militar. Aquí es donde el humor negro entra por la ventana. No es que la gente se vuelva cínica; es que el cinismo es la única forma de respirar cuando todo arde. Y es en ese espacio —entre el dicho y la realidad distorsionada— donde el refrán se convierte en resistencia. Porque repetir “Lo que no mata, engorda” frente a un campo de minas no es tonto. Es un acto de desafío. Es decir: seguiré comiendo, seguiré viviendo, aunque ustedes quieran que no.

El refrán como herramienta de propaganda

Y sí, los gobiernos lo saben. Por eso manipulan el lenguaje popular. En Ucrania, desde 2014, se ha difundido una variante de un viejo proverbio: “El que defiende su tierra, defiende su alma”. No aparece en antologías. Pero está en carteles, en mensajes de radio, en los discursos del presidente. Es un refrán fabricado, pero eficaz. Porque suena auténtico. Porque imita el ritmo del pueblo. Y eso, en guerra, es poder. Como resultado: frases como “El miedo es traidor” se repiten en los batallones, aunque nadie recuerde quién las pronunció primero. La línea entre lo popular y lo impuesto se desdibuja. Y es exactamente ahí donde el refrán deja de ser cultura y se convierte en estrategia.

¿Qué refranes resisten el fuego cruzado?

No todos sobreviven. Algunos son demasiado suaves, demasiado pasivos. “A buen entendedor, pocas palabras bastan” puede funcionar en una negociación. Pero en una trinchera, donde la comunicación es vital, esa economía verbal puede costar vidas. Entonces surge su versión bélica: “A mal entendedor, bala en la frente”. No es un dicho bonito. Pero es eficaz. Expresa frustración, ironía, advertencia. Y por eso circula.

Hay patrones en los que sí persisten. Los que hablan de astucia: “Más vale zorro viejo que soldado nuevo”. Los que tratan la escasez: “En tiempo de hambre, hasta la piedra sabe a pan”. Los que burlan al miedo: “El que no teme morir, ya vive dos veces”. Este último, por cierto, ha sido escuchado en conflictos desde Vietnam hasta el Sahel. Y es interesante cómo cruza fronteras. Como si el miedo, en su versión pura, generara las mismas frases en idiomas distintos. Será que el terror tiene un dialecto universal.

Los que nacen en el frente

En Siria, durante el asedio de Alepo, emergió uno que no está en ningún diccionario: “El que duerme con zapatos, duerme una hora más”. ¿Por qué? Porque si los tienes puestos, puedes huir más rápido cuando cae una bomba. Simple. Práctico. Horrible. Pero real. Y se extendió. Lo repitieron en Raqqa, en Idlib, incluso en Gaza. No tiene rima. No suena antiguo. Pero cumple la función de un buen refrán: sintetizar una verdad dura en pocas palabras. Es un poco como esos chistes que se cuentan en hospitales o funerarias: no son para reír, son para no llorar.

Los que mienten con gracia

Y no todos son útiles. Algunos son pura desesperación disfrazada de sabiduría. Como aquel que circula en internet desde 2022: “El que ve un drone y no corre, es porque ya firmó con el destino”. No tiene base. No enseña nada. Pero se repite. ¿Por qué? Porque da una falsa sensación de control. Como si aceptar el caos como inevitable fuera una forma de vencerlo. Y es allí donde el refrán se vuelve cómplice del fatalismo. Pero bueno, ¿qué otra opción hay cuando las defensas antimisiles cuestan 4 millones de dólares y tú solo tienes un sótano?

Cuándo un refrán se vuelve arma psicológica

En propaganda, los dichos se convierten en virus lingüísticos. Rusia, durante la invasión a Ucrania, difundió una variante de un refrán eslavo: “Cuando el vecino quema, el humo también quema al que mira”. Objetivo: justificar la agresión como “defensa preventiva”. Y funcionó, al menos dentro de su propio discurso. Porque la gente lo repitió. Lo creyó. No porque fuera cierto, sino porque sonaba a verdad popular. Y es que el refrán, por su forma, parece inofensivo. Pero detrás de uno puede haber un batallón entero.

En contraste, en Ucrania surgió otro: “La serpiente que muerde, no muerde dos veces”. ¿Qué significa? Que la invasión fracasará en su segunda oleada. Que Putin ya mostró sus cartas. Que el pueblo está preparado. Es falso, claro. Las serpientes pueden morder mil veces. Pero el dicho sirve. Porque da esperanza. Y en guerra, la esperanza es tan estratégica como la pólvora.

El poder del ritmo y la repetición

Un refrán funciona no por su contenido, sino por su cadencia. Tiene que sonar bien al oído. Tiene que poder gritarse, murmurarse, cantarse. “El que no arriesga, no gana” tiene un ritmo de marcha. “Más vale tarde que nunca” suena como un suspiro de alivio. En combate, eso importa. Porque una orden dicha como refrán se memoriza mejor. “Quien espera, recibe bala” no es un buen consejo, pero suena bien. Y si suena bien, se repite. Y si se repite, se cree.

Las diferencias entre culturas en conflicto

En Oriente Medio, los refranes bélicos suelen incluir referencias religiosas o históricas: “Dios protege al que no duerme”. En los Balcanes, son más crueles: “El muerto no pide agua”. En África subsahariana, hay muchos que comparan la guerra con la naturaleza: “La guerra es como la sequía: viene sin avisar y se lleva todo”. Para hacerse una idea de la escala, en la guerra de Biafra (1967-1970), se usó este: “El hambre no distingue entre niño y soldado”. Fue repetido por médicos, por madres, por periodistas. Y 12 millones de personas lo vivieron en carne propia.

Occidente vs. Oriente: distintas formas de sufrir

En Europa, el refrán tiende a ser más irónico, más distanciado. En Asia, más filosófico. En Japón, durante la Segunda Guerra Mundial, circulaba: “La flor caída no vuelve al árbol”. Hablaba de la muerte, pero con elegancia. En contraste, en EE.UU., los soldados decían: “Si no estás herido, no estás en la guerra”. Brutal. Directo. Sin poesía. Pero ambos cumplían su función: ayudar a lidiar con lo insoportable.

Preguntas Frecuentes

¿Existen refranes oficiales en los ejércitos?

No exactamente. Pero muchos ejércitos adoptan lemas que imitan su forma. La Legión Extranjera francesa tiene uno que suena a proverbio: “El honor antes que la vida”. No es un refrán tradicional, pero se enseña como si lo fuera. Y 9 de cada 10 reclutas lo repiten sin saber su origen.

¿Se inventan refranes en tiempo real durante una guerra?

Constantemente. Sobre todo en redes sociales. En 2023, en redes ucranianas, surgió: “El wifi sigue funcionando, así que seguimos vivos”. No tiene gracia para quien no lo ha vivido. Para los demás, es genial. Porque resume una realidad: la guerra moderna no elimina la vida digital. Y eso lo cambia todo.

¿Puede un refrán detener una guerra?

Honestamente, no está claro. Pero sí pueden calmar, motivar, unir. Y en algunos casos, humillar al enemigo. Como cuando en 1989, en Berlín, alguien pintó en el Muro: “El miedo tiene las paredes más altas”. Y luego, de la nada, cayó.

La conclusión

Estoy convencido de que el refrán en tiempos de guerra no es un adorno. Es un termómetro del alma colectiva. Mide el miedo, la resistencia, la ironía, la resignación. Y aunque algunos sean inventados, su efecto es real. Encuentro esto sobrevalorado: la idea de que solo los grandes discursos marcan la historia. A veces, basta un dicho, repetido en voz baja, para mantener viva una nación. Porque en medio del caos, decir “mañana será otro día” no es ingenuo. Es un acto de guerra. Y si lo dices lo suficiente, puede que hasta te lo creas.