El contexto legal y social de la homosexualidad en 1914
En 1914, el Código Penal alemán, el más utilizado en Europa Central, mantenía el párrafo 175, que criminalizaba las relaciones sexuales entre hombres. Bajo esta norma, más de 60.000 hombres fueron condenados entre 1871 y 1945. En Francia, desde la Revolución de 1789, no existía una ley específica contra la homosexualidad entre adultos consensuales. Pero eso no significaba aceptación social. La diferencia era legal, no cultural. Mientras Francia no perseguía penalmente la homosexualidad, la opinión pública, la Iglesia y los médicos seguían viéndola como una desviación. En el Reino Unido, el Law of Gross Indecency de 1885 —la misma bajo la cual Oscar Wilde fue encarcelado— castigaba cualquier "acto indecente" entre hombres, con penas de hasta dos años de trabajos forzados. Y es exactamente ahí donde el tema se torna más oscuro de lo que parece.
En Rusia, bajo el Imperio zarista, la homosexualidad fue despenalizada en 1917 tras la Revolución, pero antes de eso, las sanciones religiosas y administrativas eran comunes. En el Imperio Otomano, la situación era ambigua: no había leyes penales explícitas, pero la Sharia permitía castigos extremos en ciertos casos. Así que no, no había un marco legal unificado. Lo que había era una red de represión disfrazada de moral, medicina o disciplina militar. La guerra no cambió eso. Lo amplificó. Porque la disciplina se volvió más estricta. La vigilancia, más intensa. Y la necesidad de mantener una imagen de masculinidad rígida, casi sobrehumana, más urgente que nunca.
La medicina como arma de control sexual
Desde finales del siglo XIX, médicos como Richard von Krafft-Ebing o Magnus Hirschfeld habían comenzado a clasificar la homosexualidad como una condición, no necesariamente un crimen. Hirschfeld fundó el Instituto para la Ciencia Sexual en Berlín en 1919 —justo después de la guerra— y fue un defensor de la reforma del párrafo 175. Pero durante el conflicto, su voz fue ahogada. Los militares no querían "anomalías" en sus filas. Un hombre "invertido", como se decía entonces, era visto como un peligro para la moral, un riesgo de contagio moral. (Sí, lo llamaban contagio. Como si la atracción entre hombres fuera una enfermedad infecciosa.)
Los exámenes médicos militares a menudo incluían preguntas indirectas sobre comportamiento sexual, y en algunos casos, se usaban pruebas pseudo-científicas: análisis de orejas, forma del cráneo, incluso el tamaño del pene —todo en nombre de detectar "degeneración". Absurdo. Pero efectivo para justificar expulsiones. Y no solo a los homosexuales. A cualquiera que no encajara en el molde del soldado ideal: fuerte, silencioso, heterosexual.
¿Cómo sobrevivieron los hombres homosexuales en el frente?
En las trincheras de Verdún, en los campos de Flandes, en los cuarteles de Galitzia, miles de hombres vivieron en una intimidad forzada que, paradójicamente, permitió cierta expresión emocional. Abrazos. Cartas afectuosas. Miradas prolongadas. Nada de eso era necesariamente sexual. Pero sí, abrió brechas. Amistades intensas entre soldados, a menudo descritas como “hermandad de armas”, a veces cruzaban líneas que hoy reconoceríamos como románticas. Y aquí viene la contradicción: el ejército, en teoría, prohibía la homosexualidad. En la práctica, a menudo hacía la vista gorda —mientras no hubiera escándalo.
Un informe militar francés de 1916 menciona que en ciertos regimientos, "ciertos jóvenes suboficiales mantenían relaciones ambiguas con soldados más jóvenes". Pero el informe concluye que "no se tomaron medidas por temor a desmoralizar la unidad". Piénsalo. No fue por tolerancia. Fue por pragmatismo. Eliminar a un soldado por su orientación sexual, en medio de una guerra de desgaste que ya había diezmado generaciones enteras, era un lujo que muchos comandantes no podían permitirse. Eso lo cambia todo. No se trataba de derechos. Se trataba de supervivencia colectiva.
Cartas entre soldados: afecto o amor prohibido?
Miles de cartas han sido conservadas en archivos europeos. Muchas de ellas entre soldados. Algunas, francamente, podrían leerse como cartas de amor. “Mi querido amigo, cada noche pienso en ti. Tu mirada me da fuerza.” “Ojalá estuviéramos juntos, aunque fuera en medio del barro.” Y sí, eran tiempos de expresión más emotiva entre hombres. Pero también eran tiempos de censura. Las cartas eran revisadas. Un mensaje demasiado explícito podía costar una transferencia, una reprimenda, o peor. Así que el lenguaje era ambiguo. Poético. Cifrado, en cierto modo. Como si cada palabra tuviera que cargar con sigilos que hoy apenas entendemos.
El doble estándar del ejército británico
En el ejército británico, entre 1914 y 1918, al menos 734 soldados fueron condenados por “conducta indecorosa” entre hombres. Algunos fueron ejecutados bajo cargos de “deserción” o “insubordinación”, cuando en realidad se sospechaba de su orientación sexual. Otros fueron enviados a hospitales psiquiátricos. Pero en otros regimientos, particularmente en unidades de élite, algunos oficiales homosexuales —como el poeta Siegfried Sassoon— fueron tolerados por su valentía o estatus social. El doble estándar era evidente. Un soldado pobre podía ser destrozado por una acusación. Un oficial con título podía salir ileso. Así funcionaba. Y sigue funcionando, en otras formas.
Cultura gay en la retaguardia: Berlín, París, Londres
Mientras en el frente la represión era norma, en las ciudades de retaguardia, algo distinto ocurría. Berlín, antes de 1914, ya era conocida por su vida nocturna tolerante. Había bares, revistas como Der Eigene (la primera publicación homosexual del mundo), y clubes donde hombres podían reunirse. La guerra interrumpió esto, pero no lo eliminó. Algunos de estos espacios siguieron operando en la clandestinidad. En París, la ocupación militar fue menos estricta en cuestiones privadas. Y en Londres, aunque la ley era severa, ciertos círculos literarios —como el de Lytton Strachey— vivían abiertamente su homosexualidad, protegidos por su clase social.
Para hacerse una idea de la escala: en Berlín, en 1910, se estimaba que existían alrededor de 100 bares frecuentados por hombres homosexuales. Durante la guerra, muchos cerraron. Pero no todos. Y en ellos, a pesar del miedo, la comunidad encontró maneras de resistir. No con orgullo, como hoy. Pero con resistencia. Basta decir que la guerra no fue solo una tragedia. Fue también un momento de transformación lenta, casi invisible.
La brecha entre ley y práctica
La guerra reveló una brecha enorme entre lo que decían las leyes y lo que sucedía en la realidad. En el frente, la supervivencia importaba más que la moral. En la retaguardia, la clandestinidad permitía cierta libertad. Pero esta no era aceptación. Era supervivencia. Un espacio precario. Frágil. Y como resultado: muchos hombres que sobrevivieron al combate murieron después, bajo el peso de la represión social.
Homosexualidad femenina: lo invisible que no se nombraba
Y esto es curioso: casi no hay registros sobre lesbianas durante la guerra. ¿No existían? Claro que existían. Pero no eran perseguidas legalmente en la mayoría de los países. Porque, irónicamente, las leyes penales se centraban en la sodomía —entendida como acto entre hombres. Las mujeres simplemente no entraban en el radar. No como amenaza. No como pecado. Pero tampoco como sujeto. Así que su experiencia fue doblemente silenciada: por la ley que no las veía, y por la historia que no las registró. Médicos las llamaban “inversiones”, pero sin el mismo furor. Y es que el miedo social no era a las mujeres que amaban a mujeres. Era a los hombres que no se comportaban como hombres.
Preguntas Frecuentes
¿Había soldados abiertamente homosexuales en la Primera Guerra Mundial?
No, no en el sentido moderno de "abiertamente". Nadie podía declararse homosexual sin riesgo. Pero sí hubo hombres que, dentro de círculos íntimos, vivieron sus relaciones. Algunos oficiales, protegidos por su rango, mantenían amantes. Pero era secreto. Nunca público.
¿Fue mejor la situación para los homosexuales después de la guerra?
Depende del país. En Alemania, durante la República de Weimar (1919-1933), hubo una efervescencia cultural y cierta apertura. Berlín volvió a ser un centro gay. Pero en 1933, Hitler derogó cualquier avance y endureció el párrafo 175. En otros lugares, casi nada cambió. Así que no, no fue mejor. Fue solo una tregua muy corta.
¿Influyó la homosexualidad en el arte o la literatura de la época?
Directamente, poco. Pero indirectamente, sí. Autores como Wilfred Owen o Marcel Proust exploraron el amor entre hombres con lenguaje simbólico. Owen, soldado británico, escribió poemas de una ternura extrema hacia otro soldado, Siegfried Sassoon. "Hearts made all of flesh and flame" —corazones hechos de carne y fuego. ¿Era poesía? ¿Era amor? Honestamente, no está claro. Pero está ahí.
La conclusión
¿Se aceptó la homosexualidad en la Primera Guerra Mundial? No. Claro que no. Estamos lejos de eso. Pero la guerra, como tantos desastres humanos, también creó fisuras donde lo prohibido podía respirar, aunque fuera por un instante. No hubo reconocimiento. No hubo derechos. Pero hubo resistencia, afecto, y en algunos casos, coraje. Encuentro esto sobrevalorado —el relato de que todo era represión absoluta. Porque también hubo vida. Y también hubo amor, aunque tuviera que esconderse. La historia no es solo de leyes. Es de personas. Y las personas, incluso bajo las peores condiciones, encuentran formas de ser humanas. Incluso cuando el mundo les dice que no pueden.
