El tablero europeo y las raíces de un humanista
Londres a finales del siglo XV
Nacido en 1478 en una familia de letrados londinenses, Tomás creció en una época donde el viejo orden feudal crujía bajo el peso del renacimiento intelectual. Estudió en Oxford —una experiencia que lo conectó con las nuevas corrientes humanistas de Italia y los Países Bajos— antes de elegir la abogacía por presión paterna. Pero la toga de abogado le quedaba corta a su inquietud mental. Amigo íntimo de Erasmo de Róterdam, con quien compartió risas y correspondencia filológica, Moro combinaba una aguda perspicuidad jurídica con una profunda piedad interior (algunos dicen que usaba un cilicio bajo las lujosas ropas de la corte, aunque eso lo cambia todo y nos recuerda su lado más radical).
La atmósfera intelectual del norte de Europa
El norte europeo hervía de preguntas incómodas sobre el papel de la Iglesia y el Estado. La imprenta de Gutenberg ya escupía panfletos a velocidad de vértigo, transformando el conocimiento en un arma de doble filo. ¿Podía un intelectual mantenerse al margen del cataclismo ideológico que se avecinaba? Estamos lejos de eso. Moro eligió meter las manos en el barro político, convirtiéndose en miembro del Parlamento en 1504 y ganándose la confianza de un joven monarca llamado Enrique VIII que parecía prometer una era dorada para las letras y la concordia.
La arquitectura de Utopía y la crítica social
La invención de una isla perfecta
En 1516 publicó su obra magna, Utopía, un ejercicio de imaginación política donde describía una sociedad insular sin propiedad privada, dinero ni intolerancia religiosa. (Un detalle poco conocido es que el término significa literalmente "ningún lugar", lo cual ya demuestra la ironía sutil con la que contemplaba los defectos de la Inglaterra de los Tudor). Yo sostengo que aquella isla no era un manual de instrucciones para construir el paraíso terrenal, sino un espejo cóncavo destinado a ridiculizar la avaricia de los reyes europeos. Sin embargo, la sabiduría convencional suele pasar por alto que su autor jamás quiso aplicar realmente esos métodos radicales en su propio país.
El desprecio por la propiedad privada
Mientras los terratenientes cercaban los campos comunales para criar ovejas y dejar morir de hambre a los campesinos —la famosa crisis de las cercamientos de tierras o enclosures—, Moro denunciaba con furia que las ovejas se estaban comiendo a los hombres. Con más de 200.000 desamparados vagando por los caminos ingleses en esa época, su crítica apuntaba directamente al corazón del capitalismo naciente. Pero no nos equivoquemos, pues el propio Moro aplicó mano dura en los tribunales cuando le tocó juzgar a ladrones hambrientos, demostrando que su compasión teórica chocaba con la férrea defensa del orden público.
El ascenso al poder y la maquinaria del Estado
El protegido del rey Enrique VIII
La carrera política de Moro despegó gracias a su inteligencia diplomática y su proverbial honradez, virtudes que encandilaron a un soberano ansioso por legitimar su reinado. En 1529, tras la caída en desgracia del cardenal Wolsey, Moro fue nombrado Lord Canciller de Inglaterra, convirtiéndose en el primer laico en ocupar tan altísimo puesto en siglos. ¿Era una trampa del destino? A los ojos de muchos, aceptar el cargo equivalía a arrodillarse ante el monstruo que despachaba a sus esposas según el humor de la mañana. Pero él asumió la responsabilidad porque creía que podía frenar la marea protestante que amenazaba con desgarrar la cristiandad.
Comparación con otros pensadores del Renacimiento
Erasmo versus Moro
Para entender la dimensión real del personaje, resulta útil contrastarlo con su gran amigo Erasmo de Róterdam. Mientras Erasmo prefirió la comodidad de su estudio itinerante y eludió el compromiso directo con las hogueras de la época mediante una estudiada ambigüedad, Moro se empantanó en el lodazal de las decisiones ejecutivas. Moro persiguió activamente a los reformistas protestantes como herejes peligrosos, un hecho incómodo que sus biógrafos católicos suelen minimizar pero que documenta un celo represivo innegable. Se calcula que al menos seis herejes sufrieron interrogatorios severos o prisión bajo su mandato directo en Chelsea, aunque el debate histórico sigue abierto sobre si llegó a ordenar ejecuciones en la hoguera.
