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¿Cuántas horas dormían los soldados de la Primera Guerra Mundial?

¿Cuántas horas dormían los soldados de la Primera Guerra Mundial?

Y es exactamente ahí donde muchos se equivocan: creen que había turnos regulares, como en un barco o una fábrica. No. El tema es que el sueño dependía del frente, del clima, del día, de si estabas cavando, patrullando o esperando la siguiente ofensiva. Algunos días ni siquiera se quitaban los zapatos. Otros, dormían con el casco puesto. Porque una explosión podía venir a las 3 a.m. o a las 5.30. No había horarios oficiales de descanso, solo ventanas de tiempo entre el caos. Y eso lo cambia todo.

El contexto del frente: trincheras, turnos y terror constante

En 1915, casi todos los frentes principales —el Oeste, sobre todo— estaban estancados. Millones de hombres enterrados en kilómetros de trincheras malolientes, embarradas, a menudo inundadas. En la Batalla del Somme, por ejemplo, los británicos avanzaron apenas 10 kilómetros en cinco meses. Pero cada centímetro costó miles de vidas. Y cada minuto, una batalla interna: mantenerse despierto, alerta, cuerdo. El sueño, entonces, no era planificado. Era robado. Como quien toma un sorbo de agua en medio del desierto.

Los regímenes de descanso variaban según el ejército. Los franceses, tras la ola de motines de 1917, intentaron organizar turnos más humanos: 24 a 48 horas en primera línea, luego una semana en retaguardia. Los alemanes, más disciplinados en la logística, solían rotar sus unidades cada 6 a 8 días. Pero “retaguardia” no significaba hotel. A menudo era solo otra trinchera menos expuesta, a 5 o 10 km del frente. Y aunque técnicamente fuera “descanso”, el estrés post-batalla no desaparece con un pase de papel. Muchos soldados no lograban conciliar el sueño ni allí. Las pesadillas eran comunes. Se llamaba entonces “neurosis de guerra”. Hoy diríamos trastorno de estrés postraumático.

El problema persiste: ¿cómo se mide el descanso cuando no hay camas, ni silencio, ni seguridad?

¿Cómo funcionaba el relevo entre trincheras?

En teoría, los soldados pasaban un ciclo: primera línea → segunda línea → zona de descanso → vuelta. El ciclo duraba entre 10 y 14 días. En primera línea, el promedio de sueño era de 2 a 3 horas diarias, si es que había un bombardeo menor. En segunda línea, entre 4 y 5.5 horas. Y en zona de descanso, dependiendo del lugar, hasta 7. Pero “zona de descanso” podía ser un granero, un bosque o un pueblo en ruinas. No había garantías. Un diario del soldado británico Henry Cholmondeley, 1916, dice: “Estuvimos 72 horas sin dormir. Al final, algunos lloraban de cansancio. Otros hablaban solos.”

El papel del mando: ¿priorizaban el descanso?

Los oficiales superiores rara vez bajaban a las trincheras. Muchos no entendían el agotamiento real. Un informe del ejército francés de 1916 menciona que 3 de cada 4 reclutas sufrían insomnio crónico tras dos semanas en combate. Pero en lugar de reducir turnos, algunos generales optaron por más control, más castigos por “deserción por cansancio”. Y eso, claro, empeoró todo. Porque cuando el cuerpo no duerme, la mente se desintegra. Es una ley fisiológica, no una debilidad moral.

Factores que reducían el sueño: desde las ratas hasta los gases

Imagina esto: estás acostado en un hoyo de dos metros, con barro hasta los tobillos. Llueve desde hace tres días. Tu capote pesa como una manta empapada. Hay una rata mordisqueando la mochila de tu compañero muerto. A lo lejos, cañones. Cada 20 minutos, una explosión cerca. El aire huele a excremento, cuerpos en descomposición y cordita. ¿Crees que podrías dormir? Y no es solo la incomodidad. Es el miedo. El miedo de que un francotirador te vea si asomas la cabeza. De que un ataque con gas llegue mientras duermes. Porque los gases —como el cloro o el yperita— no hacen ruido. Mataron a hombres que dormían sentados, con las máscaras a un lado.

Las condiciones físicas eran tan extremas que el sueño REM casi desaparecía. Sin REM, no hay consolidación de memoria, ni regulación emocional. Los cerebros de los soldados estaban en modo supervivencia constante. Un estudio de 1919 del psiquiatra británico William Rivers, que trató a veteranos de guerra, encontró que el 68% de los soldados con neurosis de guerra habían dormido menos de 3.5 horas diarias durante más de un mes. Y aunque no usaban relojes precisos, muchos anotaban en sus diarios: “Dormí una hora. Tal vez dos. No estoy seguro.”

Ratas, piojos y condiciones higiénicas inhumanas

En la trinchera de Flandes, las ratas crecían del tamaño de gatos domésticos. Se alimentaban de cadáveres. Muchos soldados juran que las ratas caminaban sobre sus rostros mientras dormían. Peor aún: los piojos. Infestaban los uniformes, causaban fiebre de las trincheras (una infección por rickettsia). Un informe médico alemán de 1917 estima que un uniforme promedio albergaba entre 10.000 y 15.000 piojos. Imagina rascarte toda la noche. Dormir así es casi imposible. Y no podías lavarte. El agua era escasa. El hacinamiento y la suciedad eran enemigos invisibles, pero tan letales como las balas.

Clima y geografía: el barro que no dejaba descansar

En el frente occidental, el suelo era arcilloso. Con lluvia, se volvía un pantano. En 1916, durante la Batalla de Verdún, los días de lluvia superaron los 280 anuales. El barro no solo dificultaba los movimientos; atrapaba a los soldados. Hubo casos de hombres que se hundieron hasta la cintura mientras dormían. No exagero. Archivos del ejército británico mencionan 12 muertes por asfixia en barro entre 1915 y 1917. Y aunque no murieras, el frío húmedo causaba parálisis temporal. Así que dormir en el suelo era una lotería: podría ser un descanso de dos horas, o una noche entera temblando, sin poder moverte.

Comparación entre ejércitos: ¿quién descansaba más?

Británicos, franceses, alemanes, canadienses, australianos… no todos vivían lo mismo. Los alemanes, por ejemplo, eran más eficientes en la organización de sus trincheras. Tenían refugios más profundos, hasta 10 metros bajo tierra, con techos de hormigón. Allí, el ruido bajaba, el frío se atenuaba. Algunos refugios incluso tenían literas. No es lujo, pero comparado con un hoyo al aire libre, es un paraíso. Un soldado australiano escribió en 1917: “Los alemanes duermen mejor que nosotros. Sus trincheras parecen búnkeres. Las nuestras, cloacas.”

Los británicos, en cambio, dependían más de refugios improvisados. Muchos construidos con madera y sacos de arena. Vulnerables al fuego de artillería. En 1915, en Flandes, 67% de los refugios británicos colapsaron con lluvia intensa. Eso significa que los hombres dormían al descubierto, o en túneles inestables. Por otro lado, las tropas coloniales —indias, senegalesas, anzaníes— a menudo recibían peor trato. Sus zonas de descanso estaban más lejos, con menos protección. Dormían menos, sí, pero también morían más rápido. El racismo estructural de los ejércitos aliados afectó hasta el sueño.

Descanso en el frente oriental vs. frente occidental

En el este, la guerra era más móvil. Menos trincheras, más avances rápidos. Lo que significa: menos tiempo en primera línea, pero más marchas forzadas. Un batallón ruso podía caminar 40 km en un día. Luego dormir 3 horas en un campo nevado. Así que aunque no estaban atrapados en el barro, su descanso era igual de fragmentado. Además, el frío era brutal. En Polonia, en invierno, las temperaturas bajaban a -30°C. Dormir afuera era morir. Así que muchos se apretujaban en chozas de madera, hasta 20 hombres en un espacio de 4x4 metros. No era descanso. Era supervivencia. Es un poco como tratar de dormir en una estación de tren en pleno invierno, con la mochila como almohada y la metralleta al lado.

Preguntas frecuentes

¿Podían los soldados dormir durante los bombardeos?

Algunos sí. Con el tiempo, el cerebro se habituaba al ruido. Como vivir cerca de una vía de tren. Un estudio de 1920 con veteranos británicos encontró que el 41% podían dormir incluso con explosiones a menos de 500 metros. Pero no era un sueño profundo. Era un estado de semiinconsciencia, como cuando un padre duerme con un bebé llorón. Si el ruido cambiaba, se despertaban al instante. El cerebro permanecía alerta, aunque el cuerpo pareciera dormido.

¿Existían medicamentos para dormir?

Sí, pero eran escasos. Morfina, bromuro, alcohol. El bromuro, usado como sedante, causaba problemas neurológicos con uso prolongado. Muchos médicos lo prohibieron tras 1916. El alcohol era más común: aguardiente, vino, ginebra. Un soldado francés recibía 175 ml diarios de vino. Pero beber para dormir no es descansar. Es escapar. Y honestamente, no está claro si eso ayudaba o empeoraba la fatiga crónica.

¿Qué pasaba con los que no podían dormir?

La mayoría. De ahí los altos índices de abandono, deserción, “cobardía” (como lo llamaban ellos). Hoy sabemos que muchos sufrían de insomnio postraumático. Pero en 1918, no existía ese diagnóstico. Los que no dormían eran vistos como débiles. Algunos fueron fusilados. Otros internados. El problema persiste: la guerra exige resistencia, pero nadie hablaba de los límites humanos.

Veredicto: el sueño como botín de guerra

Estoy convencido de que el sueño fue uno de los primeros recursos agotados en la Gran Guerra. No se contabiliza en las estadísticas oficiales, pero fue tan estratégico como la pólvora o el acero. Porque un soldado sin sueño no dispara bien, no obedece órdenes, no piensa. Se convierte en un fantasma. Y los ejércitos lo sabían. Por eso los alemanes construyeron refugios más sólidos. Por eso los franceses acortaron turnos tras los motines. Pero nunca fue suficiente. Nosotros, desde aquí, buscamos respuestas exactas: ¿4 horas? ¿5? El número no importa tanto como la realidad: el descanso fue un lujo que muy pocos pudieron pagar. Y aunque intentemos entenderlo, estamos lejos de eso. Basta decir que no hay fórmula. Solo testimonios rotos, cartas quemadas por humedad, diarios con páginas arrancadas. Y en medio, hombres que cerraban los ojos esperando no despertar… o rezando por hacerlo.