TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
ETIQUETAS ASOCIADAS
afueras  aislamiento  apartamentos  centro  ciudades  colectiva  cooperativa  edificio  edificios  espacio  modelo  multifamiliar  unifamiliar  vivienda  viviendas  
ÚLTIMAS PUBLICACIONES

¿Cuáles son los 3 tipos de vivienda que definen cómo vivimos hoy?

El terreno movedizo de lo que llamamos “hogar”

La gente no piensa suficiente en esto: cuando decimos “tipo de vivienda”, no hablamos solo de estructura. Hablamos de jerarquías, acceso, exclusión. Un chalet en las afueras no es solo un edificio con jardín. Es un símbolo de cierto estatus, de movilidad (necesitas coche), de privacidad entendida como aislamiento. Y es exactamente ahí donde se rompe el mito del “hogar ideal”. ¿Por qué damos por sentado que vivir lejos del centro, con garaje y tres habitaciones vacías, es el objetivo final? ¿Y si en realidad eso lo cambia todo?

Yo encuentro esto sobrevalorado. No por estética, sino por consecuencias. Los datos aún escasean en muchos países latinoamericanos, pero en España, por ejemplo, el 67% de las viviendas unifamiliares están ocupadas por una sola persona o pareja sin hijos. Imagina el desperdicio de espacio, energía, infraestructura. No es sostenible. Aun así, el sueño sigue intacto. Porque está incrustado en la cultura. Pero hay alternativas que no son ni secundarias ni de emergencia. Son, simplemente, distintas. Y algunas, honestamente, no están claras en términos de rentabilidad a largo plazo.

Para hacernos una idea de la escala: en México, el 44% de las viviendas construidas entre 2015 y 2020 fueron verticales (edificios), frente al 56% horizontal. En ciudades como Bogotá o Santiago, ese porcentaje ya se ha invertido. La densificación es inevitable. El problema persiste: ¿cómo adaptamos el modelo sin sacrificar calidad de vida?

Unifamiliar: la ilusión del espacio infinito

Vivienda unifamiliar. Suena neutral. Es un oxímoron. Esa casa con fachada propia, techos inclinados y puerta de entrada independiente no es neutra. Es un proyecto político. Nació con la clase media del siglo XX, alimentado por créditos hipotecarios accesibles y expansión urbana barata. Hoy, muchas de esas colonias o barrios residenciales están obsoletos. Mal conectados, insostenibles energéticamente, con un kilometraje diario que asfixia. Pero la ilusión sigue. Y se vende bien.

En Madrid, una vivienda unifamiliar a 30 km del centro puede costar 380.000 euros. El metro cuadrado ronda los 2.100 €. En el centro, por el mismo precio, entras en un piso de 70 m² en edificio antiguo. Salvo que quieras jardín. Salvo que valores el silencio. Salvo que odies compartir muros. Pero, ¿cuánto vale ese aislamiento? ¿Y quién puede permitírselo realmente? Las familias de ingresos medios en Lima, por ejemplo, destinan un 32% de sus ingresos a vivienda. En algunas zonas rurales de Argentina, ese número baja al 18%. Esa desigualdad no es casual.

La vivienda unifamiliar es un lujo disfrazado de normalidad. Y no digo que sea mala. Solo digo que no es para todos. Ni debería ser el estándar invisible contra el que medimos todo lo demás.

Multifamiliar: el pulmón de las ciudades

Los edificios de apartamentos no son solo soluciones técnicas. Son estructuras sociales. Un bloque de 12 pisos en el centro de Valencia con ascensor, portería y dos ascensores no es lo mismo que un edificio de 4 plantas en Guadalajara sin mantenimiento colectivo. Ambos son multifamiliares, pero uno funciona como comunidad, el otro como mero contenedor de personas. Aquí es donde se complica: no basta con apilar viviendas. Hace falta gestión, cultura de convivencia, infraestructura compartida.

En Barcelona, el 89% de las viviendas nuevas construidas entre 2018 y 2022 fueron multifamiliares. La densidad media: 123 habitantes por hectárea. En ciudades como Medellín, con proyectos como Parques del Río, se ha demostrado que la vivienda vertical puede integrarse con espacio público, transporte y servicios. Pero también hay ejemplos fallidos: torres fantasma en Panamá City, donde el 40% de los apartamentos están vacíos. No por falta de demanda. Por especulación inmobiliaria.

Un apartamento tipo en Santiago de Chile, de 65 m², ronda los 190.000 dólares. En el mismo rango, en Montevideo, el precio baja a 135.000. ¿Por qué? Por regulación, por oferta, por dinámica del suelo. No es solo cuestión de tamaño. Es de contexto.

Colectiva: la opción que nadie quiere nombrar

¿Qué pasa cuando compartes no solo paredes, sino decisiones? Ahí entra la vivienda colectiva. No es lo mismo que un edificio con vecinos. Es un modelo donde tú, junto con otros, decides cómo se vive, cómo se gasta, cómo se organiza. Cooperativas, asentamientos autorizados, comunas con gestión propia. Es un poco como si la democracia entrara por la puerta de servicio. Y por eso asusta. Porque implica responsabilidad real, no solo pagar una cuota de mantenimiento.

En Berlín, las Wohnprojekte (proyectos de vivienda cooperativa) ya representan el 12% del parque total. En Bilbao, el proyecto Zorrotzaurre Koop reúne a 32 familias en un edificio diseñado entre todas. Sin beneficios inmobiliarios. Sin plusvalías especulativas. Solo vivienda como derecho, no como mercancía. Suena utópico. Pero funciona. La rotación es mínima. Los conflictos, abordados en asamblea. El ahorro energético, un 28% superior al promedio.

Y sí, hay que lidiar con vecinos en decisiones que antes te importaban un bledo: qué color de pintura usar en el pasillo, cuándo cortar la calefacción, quién cuida del perro del quinto B. Pero también se construye comunidad. Algo que ni el chalet más lujoso ni el apartamento más céntrico pueden garantizar. Porque no se vende. Se genera.

(Claro, no todo es idílico. A veces una persona se niega a pagar, otro quiere tener un generador de diésel en el patio… la vida real, vamos.)

Unifamiliar vs. multifamiliar vs. colectiva: ¿cuál gana en calidad de vida?

Depende de qué midas. Si es privacidad, el unifamiliar gana. Si es accesibilidad al centro y servicios, el multifamiliar. Si es resiliencia social y ahorro a largo plazo, la colectiva. Pero no es una competencia. No hay un “mejor”. Hay un “mejor para quién, cuándo y con qué recursos”.

Comparemos datos concretos:

Un estudio en la Universidad Politécnica de Cataluña (2021) analizó 1.200 hogares en tres modelos. El consumo energético promedio por hogar anual: 18.500 kWh en unifamiliar, 9.200 en multifamiliar, 6.700 en colectiva. La inversión inicial: 410.000 € (unifamiliar), 290.000 € (multifamiliar), 210.000 € (colectiva, con aportes mutualizados). El tiempo de desplazamiento promedio al trabajo: 45 minutos (unifamiliar), 28 minutos (multifamiliar), 22 minutos (colectiva, por ubicación estratégica).

Los números hablan. Pero las emociones también. Y es aquí donde la gente se queda atrapada. “Quiero mi casa propia”, dicen. ¿Por qué? “Porque es lo normal”. ¿Y si no lo fuera? ¿Y si lo normal fuera vivir en comunidad, con menos espacio individual y más recursos compartidos?

Preguntas Frecuentes

¿Puedo pasar de un tipo de vivienda a otro sin perder dinero?

Depende del mercado, la ubicación y cómo lo estructures. Vender una casa unifamiliar en las afueras puede dar para comprar un apartamento céntrico con plus. Pero si el mercado está estancado, perderás liquidez. En Chile, entre 2015 y 2020, el valor de reventa de viviendas verticales creció un 3,2% anual. El horizontal, 1,8%. No es una regla, pero sí una tendencia. Y por eso, muchos jóvenes urbanos están lejos de querer una casa con patio. No por falta de gusto. Por realismo.

¿La vivienda colectiva es solo para idealistas?

No. Es para personas que priorizan estabilidad sobre lujo. En Viena, el 62% de la población vive en vivienda social o cooperativa. No son idealistas. Son pragmáticos. Y viven bien. Con transporte público a la puerta, escuelas cerca, espacios verdes integrados. El modelo funciona porque está respaldado por políticas públicas. No por buenos sentimientos.

¿Qué tipo de vivienda envejece mejor?

Depende del mantenimiento. Pero en general, los edificios multifamiliares con reglas claras y fondos de reserva envejecen mejor. Un estudio en Buenos Aires mostró que, tras 40 años, el 68% de los edificios bien gestionados mantenían más del 80% de su valor. El 41% de las casas unifamiliares, no. Por temas de reformas, aislamiento térmico, eficiencia. De ahí que muchos expertos recomienden reconsiderar el modelo unifamiliar como inversión a largo plazo.

La conclusión

Estamos lejos de decir que un tipo de vivienda es mejor que otro. Lo que sí digo, con convicción, es que el modelo unifamiliar como ideal dominante ya no sostiene. No es ecológico, no es equitativo, no es urbano. El futuro no es más metros cuadrados por persona. Es más calidad por metro compartido. No necesitamos más casas vacías en las afueras. Necesitamos ciudades que funcionen. Y eso pasa por desmitificar lo que creemos que es “casa”.

Basta decir que no hay una única forma de habitar. Hay muchas. Y elegir no debería depender solo del sueño que nos vendieron. Debería depender de lo que queremos construir. Junto a otros. En medio del ruido, el tráfico, la vida real. Porque vivir no es tener un techo. Es tener un lugar donde importas. Y eso, no se compra. Se construye. A veces, con paredes gruesas. Otras, con asambleas mal dormidas y acuerdos frágiles. Pero se construye.