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¿Los soldados duermen siempre que pueden?

La realidad del sueño en el campo de batalla

Un soldado dormido no está necesariamente descansado. El sueño en combate no es sueño, es un acto de resistencia. No es recuperación, es un paréntesis entre dos amenazas. En Afganistán, 2010, un pelotón de infantería estadounidense pasó 72 horas sin descanso continuo. Solo microsiestas de 3 a 7 minutos cada 4 horas. El promedio: 1.8 horas de sueño por noche, fragmentado, interrumpido por alertas o movimientos tácticos. Estamos lejos de eso que llamamos "dormir bien". Y eso lo cambia todo.

Las fuerzas especiales entrenan para funcionar con menos de 4 horas de sueño durante días seguidos. Pero la capacidad varía. Algunos se descomponen en 36 horas. Otros aguantan 96. Y no es solo cuestión de resistencia física — el cerebro comienza a alucinar después de 72 horas sin sueño profundo. Soldados han reportado voces, sombras, movimientos al rabillo del ojo. No son fantasmas. Son neuronas quemadas. El sistema límbico se descontrola. La empatía desaparece. Las decisiones se vuelven impulsivas o paralíticas.

Dormir bajo fuego cruzado

En Mosul, 2017, los francotiradores iraquíes dormían en turnos de 20 minutos. Cada hombre tenía un compañero que le daba una patada si empezaba a roncar — un ronquido puede delatar una posición a 150 metros en terreno urbano. El riesgo no es solo la muerte. Es comprometer a todo el equipo. Y porque eso está en juego, el sueño se vuelve una responsabilidad colectiva, no un derecho individual. Aquí no hay lujo de oír música relajante o tomar té de manzanilla. Hay cascos puestos, armas cargadas, y un ojo siempre abierto. Literalmente.

Los efectos del agotamiento acumulativo

Un estudio del ejército canadiense en 2019 mostró que tras cinco días de misión nocturna continua, el 68% de los soldados cometió errores tácticos graves: disparar a blancos no hostiles, perder contacto visual con el escuadrón, fallar en identificar señales de radio. El problema persiste: el entrenamiento físico no compensa la falta de sueño prolongado. El cerebro no se entrena como los músculos. No hay ganancia de masa neuronal con repeticiones. Hay deterioro. Y ese deterioro no se nota hasta que es demasiado tarde. Como resultado: decisiones que cuestan vidas. Y porque el tema es tan delicado, pocos comandantes lo admiten públicamente. Pero internamente, todos lo saben. Y muchos lo callan.

¿Cómo se regula el descanso en operaciones militares?

No hay una regla universal. Depende del teatro de operaciones, del enemigo, del clima, del equipo. En zonas de alto riesgo, los turnos de descanso se miden en minutos, no en horas. En misiones de larga duración, como las de reconocimiento profundo, los grupos operan con lo que se llama "sueño polifásico": 30 minutos cada 3 horas. Basta decir que no es natural. Pero en combate, lo natural es la excepción.

El ejército israelí, por ejemplo, entrena a sus tropas en "microdescanso táctico" durante movimientos. Una técnica donde el soldado entra en un estado de semiinconsciencia mientras camina, con los ojos abiertos, guiado por instinto. No es sueño REM, pero sí una forma de recarga cerebral breve. Funciona como un sistema de ahorro de batería en un teléfono. El dispositivo sigue encendido, pero en modo bajo consumo. Y aunque suene a ciencia ficción, es una práctica que ha salvado vidas en el Sinaí y en Cisjordania.

Factores que alteran el acceso al sueño

La temperatura es un enemigo silencioso. En el desierto, dormir bajo 50°C es imposible sin refugio. En Siberia, el frío de -30°C congela las mantas si no se las trata con cera. El ruido también destruye el sueño. Un helicóptero Apache a 500 metros genera 97 decibelios — equivalente a una motosierra. Y porque no se puede usar tapones auditivos (los soldados necesitan oír órdenes), el descanso se vuelve una lucha constante contra los sentidos. El cuerpo nunca entra en fase profunda. Y sin esa fase, no hay recuperación inmunológica, ni consolidación de memoria táctica.

El papel del liderazgo en la gestión del descanso

Un buen comandante sabe cuándo forzar el avance y cuándo detenerse a descansar. No es cuestión de valor. Es cuestión de eficacia. En la invasión de Normandía, Eisenhower insistió en que los paracaidistas durmieran al menos cuatro horas antes del salto. Sabía que un error en el aire podría costar miles de vidas. Y estuvo en lo cierto: los unidades mejor descansadas tuvieron un 40% más de precisión en el aterrizaje. En contraste, en la operación Eagle Claw (Irán, 1980), el agotamiento del personal contribuyó directamente al fracaso. Los pilotos de helicóptero tomaron decisiones erróneas bajo estrés extremo. Honestamente, no está claro si el fallo fue táctico o humano. Pero el agotamiento estuvo presente.

Dormir en cuartel vs. en combate: ¿una falsa comparación?

Estamos hablando de dos mundos distintos. En cuartel, hay rutina, hay silencio, hay camas. En combate, hay caos, hay estrés, hay miedo. La gente no piensa suficiente en esto: dormir no es solo físico, es psicológico. Un soldado puede estar agotado, pero si está ansioso, no duerme. E incluso si duerme, no descansa. El miedo activa el sistema simpático — el mismo que se enciende ante un depredador. Así que no, no es comparable. Es un poco como pensar que correr en una cinta es igual que huir de un león.

¿Rutina diaria en zona de paz?

En misiones de paz de la ONU, como en el Líbano o Sudán del Sur, los soldados tienen horarios más regulares. Turnos de guardia de 4 horas, períodos de descanso de 8. Pero aún así, el 57% reporta insomnio crónico. No por cansancio, sino por ansiedad residual. Están fuera de fuego, pero sus cerebros siguen en modo de alerta. Como si el interruptor se hubiera atascado. Eso explica por qué muchos veteranos siguen sufriendo de insomnio años después del servicio. El cuerpo no olvida. Y el sueño, una vez roto, es difícil de reconstruir.

El uso de estimulantes en el ejército

El ejército estadounidense distribuye modafinilo y dextroanfetamina en operaciones de larga duración. Desde 2003, más de 4.2 millones de dosis se han administrado en Irak y Afganistán. No es dopaje. Es supervivencia operativa. El problema es la tolerancia. Tras tres días de uso continuo, la eficacia del estimulante baja un 60%. Y el colapso posterior es brutal. Algunos soldados duermen 14 horas seguidas tras salir de combate. Es un ciclo tóxico: estimular para funcionar, colapsar para recuperarse, repetir. Y aunque los comandantes lo aprueban, muchos médicos militares lo critican. Porque a largo plazo, el costo es alto. En resumen: es una solución, pero no es sostenible.

Preguntas Frecuentes

¿Pueden los soldados entrenarse para dormir menos?

Parcialmente. El entrenamiento puede mejorar la eficiencia del sueño — aprender a dormir más rápido, a entrar en estados de relajación profunda en minutos. Pero no se puede eliminar la necesidad biológica. El cuerpo humano necesita al menos 4 horas de sueño REM por semana. Sin eso, se deteriora cognitivamente. Y no hay entrenamiento que supere eso. Lo que sí se entrena es la tolerancia al agotamiento. Pero tolerancia no es inmunidad.

¿Qué pasa si un soldado no puede dormir?

Depende del caso. En combate, se le asigna tareas de apoyo, no tácticas. Si su rendimiento afecta al grupo, puede ser retirado temporalmente. Pero en muchas unidades, pedir ayuda por insomnio se ve como debilidad. Esa percepción es obsoleta, pero persiste. Dicho esto, algunos ejércitos, como el alemán y el neozelandés, tienen programas psicológicos específicos para trastornos del sueño. Y es ahí donde se está avanzando.

¿Cómo afecta el insomnio al retorno a la vida civil?

Mal. Muy mal. El 31% de los veteranos con PTSD (Estados Unidos, datos de 2022) reporta insomnio severo. No duermen por miedo, por recuerdos, por hipervigilancia. Y no es solo falta de descanso — es una barrera para reintegrarse. No puedes trabajar, mantener relaciones, criar hijos si no duermes. Y porque el sistema de salud muchas veces no entiende esto, el tratamiento llega tarde. Los expertos no se ponen de acuerdo en el mejor enfoque, pero coinciden en uno: el sueño es el primer frente en la reconstrucción postbélica.

La conclusión

Los soldados duermen cuando pueden, pero no siempre que pueden. Porque "poder" no es solo físico, es situacional, emocional, táctico. Y si bien el entrenamiento y la tecnología ayudan, no sustituyen la necesidad humana básica. Estoy convencido de que se subestima el impacto del sueño en la eficacia militar. Es más decisivo que muchas armas. Y encerrado en esa paradoja absurda: para vencer, a veces hay que descansar. Pero para descansar, hay que estar seguro. Y en combate, la seguridad es una ilusión. Así que el soldado sigue ahí, con los ojos medio cerrados, escuchando cada ruido, esperando el momento en que pueda, por fin, dejar de estar alerta. Aunque solo sea por 20 minutos. Eso lo cambia todo. Y nadie lo ve. Pero está ahí. Como el oxígeno. Invisible. Necesario. Y a menudo, olvidado.