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¿Le gustan los deportes a Donald Trump?

El espectáculo del deporte: cómo Trump convierte el juego en teatro político

Observar a Trump en un evento deportivo no es ver a un fanático, sino a un hombre midiendo el pulso del público. El Super Bowl, las World Series, el Masters… todos son escenarios en los que no solo asiste, sino que se inserta. En 2017, durante el Super Bowl LI, Trump no estuvo presente físicamente, pero su figura dominó el debate. Por primera vez desde 1984, la Casa Blanca no envió al presidente a la transmisión oficial. La ausencia, en su caso, fue más ruidosa que la presencia. Y sin embargo, cuando sí aparece —como en el Masters de 2020, con su traje azul oscuro y su gorra de golf—, lo hace con la solemnidad de un rey que visita sus dominios.

El golf, claro, es su deporte predilecto. No por el ejercicio, sino por el control. Un campo de golf es privado, cerrado, manejable. No hay gritos espontáneos, no hay cánticos incontrolables. Puedes elegir con quién jugar, a qué hora, bajo qué condiciones. Es un poco como gobernar, si uno lo piensa. Trump ha jugado al menos 300 rondas durante sus cuatro años en la presidencia, según registros de vuelos presidenciales y reportes de medios. Eso es una media de casi tres veces por mes, un récord entre todos los presidentes modernos. Comparado con Obama, que jugó unas 330 veces en ocho años, Trump lo supera con holgura en intensidad, aunque no en volumen total. Pero no se trata de cifras. Se trata de simbolismo.

Y es en ese simbolismo donde muchos analistas tropiezan. Piensan que el amor de Trump por el golf es una debilidad —un lujo burgués, un signo de ocio excesivo. Pero eso lo cambia todo. Porque no entienden que para Trump, el golf no es evasión: es entrenamiento. Cada hoyo es una negociación disfrazada. Cada putt, una apuesta de estatus. Conversaciones con magnates, acuerdos con contratistas, reuniones con aliados extranjeros… todo sucede entre el hoyo 12 y el 15. El campo es su despacho móvil. Un green no tiene cámaras oficiales, pero tiene testigos. Allí se firman tratos que luego aparecen como políticas públicas. Es una especie de diplomacia en slow motion.

El golf: más que un deporte, un ecosistema de influencia

Trump ha invertido más de 500 millones de dólares en campos de golf alrededor del mundo. Desde Turnberry en Escocia hasta Doral en Miami, sus propiedades no son solo negocios: son fortalezas. En 2019, su complejo de Bedminster, Nueva Jersey, recibió más visitas presidenciales que la Casa Blanca misma durante ciertos meses. El fin de semana no era una escapada, era una reubicación funcional del poder ejecutivo. Y mientras la prensa criticaba el costo —más de 100.000 dólares por fin de semana en seguridad, transporte y logística—, él seguía jugando. Porque en su mente, no estaba perdiendo el tiempo. Estaba ganando terreno.

La NFL y el drama del himno: deporte como guerra cultural

Pero si el golf es su refugio, la NFL es su campo de batalla. Desde 2016, Trump ha utilizado la liga como un altavoz para su mensaje de orden, patria y lealtad. Cuando Colin Kaepernick se arrodilló durante el himno nacional, Trump no solo lo condenó: lo amplificó. “Un jugador se arrodilla. Es desleal. Deberían despedirlo”, dijo en un mitin. Y de ahí, el debate se convirtió en una tormenta nacional. Pero aquí es donde se complica: ¿realmente le importa el fútbol americano? Probablemente no. Le importa lo que representa. La NFL es el deporte más popular de EE.UU., con más de 90 millones de espectadores por semana en temporada. Y dominar la conversación sobre la NFL es dominar la conversación nacional.

Los datos aún escasean sobre cuántos partidos mira Trump en vivo. Pero los expertos no se ponen de acuerdo en si es un verdadero fan o solo un estratega que sabe dónde apretar. Lo que sí es claro es que su relación con la NFL es simbólica, no emocional. No habla de jugadas, de tácticas defensivas o de rookies prometedores. Habla de lealtad, de respeto, de castigo al disidente. Es un poco como si en vez de ver el juego, viera un reality show sobre jerarquías y obediencia. Y honestamente, no está claro que haya visto un partido completo desde 2017.

Deportes que no le interesan —y por qué eso importa

Trump ha dicho en entrevistas que nunca ha visto un partido completo de béisbol. “Demasiado lento”, afirmó una vez. Tampoco sigue el baloncesto con interés. No menciona a LeBron James con admiración, ni siquiera cuando este lo criticó públicamente. El tenis, el atletismo, el fútbol (el verdadero, no el americano): todos son irrelevantes para él. Su deporte ideal es aquel que combina espectáculo, jerarquía y control absoluto del escenario. Por eso boxeo y UFC aparecen en su radar. En 2013, promocionó un combate en su complejo de Atlantic City. ¿Por qué? Porque allí, como en el escenario político, solo hay un ganador. Y el perdedor se va en silencio.

Es un contraste curioso. Mientras presidentes como Obama jugaban baloncesto con veteranos o invitaban a escolares a la cancha sur de la Casa Blanca, Trump convocaba a ganadores de campeonatos universitarios —pero solo si eran conservadores en su discurso. En 2019, canceló la tradicional recepción de los campeones de la NCAA porque el equipo, de origen mayoritariamente afroamericano, tenía miembros que habían criticado sus políticas. El deporte, para él, no es inclusión: es alineación. Y si no estás con él, no mereces el escenario.

Comparación sorprendente: Trump vs. Clinton en el mundo deportivo

Bill Clinton, un saxofonista amante del béisbol, jugaba a la política con empatía. Asistía a partidos sin agenda evidente. Apareció en el Opening Day de Baltimore con una gorra de los Orioles, riendo, firmando autógrafos. Trump, en cambio, no ha visitado un estadio de béisbol en funciones oficiales desde 2017. Salvo eventos puntuales, como la Serie Mundial con los Nationals en 2019, su presencia es selectiva. Clinton buscaba conexión. Trump busca dominio. Uno quería ser parte del público. El otro quiere que el público sea parte de su narrativa.

Preguntas Frecuentes

¿Ha practicado Donald Trump algún deporte profesionalmente?

No, nunca ha sido atleta profesional. Pero en su juventud, jugó béisbol en la escuela secundaria —una experiencia que rara vez menciona. Su promedio de bateo, según registros escolares, fue de 0.215, nada destacable. Pero él lo recuerda como un tiempo de “disciplina y liderazgo”. Interesante cómo la memoria reescribe lo mediocre como formación.

¿Qué deporte practica con más frecuencia?

Sin duda, el golf. Se estima que ha jugado más de 1.000 rondas en los últimos 15 años. Su handicap oficial ha variado entre 2.8 y 5.7, según documentos judiciales y reportes de campos. Esto lo colocaría por encima del promedio —pero lejos de ser un jugador elite. Lo que sí es constante: su ritmo. Juega rápido, sin mucha ceremonia. Apenas termina un hoyo, ya está en el siguiente. Como si temiera perder el control del momento.

¿Ha recibido críticas por su relación con los deportes?

Miles. Desde activistas que lo acusan de usar el deporte para dividir, hasta economistas que cuestionan el costo de sus escapadas a campos privados. Cada fin de semana en Bedminster o Mar-a-Lago cuesta al contribuyente al menos 300.000 dólares en seguridad, transporte aéreo y personal. Pero él responde: “Estoy trabajando. No estoy de vacaciones”. Y quizás, en su lógica, tenga razón. Porque si el poder se ejerce en cada interacción, entonces sí: cada putt es una decisión en marcha.

La conclusión: entre el juego y el poder

¿Le gustan los deportes a Donald Trump? Depende de qué entiendas por “gustar”. Si te refieres a emocionarte con un partido, a sufrir por tu equipo, a gritar frente al televisor… estamos lejos de eso. Pero si hablas de dominar el escenario, de usar el deporte como extensión del poder, de convertir un campo de golf en una corte de audiencias… entonces sí, le encantan. Para él, el deporte no es entretenimiento: es una metáfora del triunfo absoluto. Y es justo en esa distorsión donde muchos de sus críticos fallan: juzgan su pasión, cuando en realidad deberían analizar su estrategia.

Yo encuentro esto sobrevalorado: la idea de que un político debe ser un “verdadero fan” para respetar el deporte. Quizás no necesite entender el pick and roll para aprovechar su simbolismo. Pero también digo esto con claridad: cuando el deporte deja de ser juego y se convierte en arma, pierde su alma. Y no estoy seguro de que alguien pueda gobernar una nación desde un tee de salida. Porque al final del hoyo 18, no hay un presidente. Solo un hombre con un palo en la mano, y una nación esperando a que haga su movimiento.