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¿Cuál es el plazo número 1 en el mundo?

¿Cómo puede un plato ser el mejor si no hay un ranking oficial?

Porque la gente no piensa suficiente en esto, pero no existe una institución mundial que certifique al “mejor plato”. No hay un Oscar gastronómico ni una Copa Mundial de Cocina con trofeo y himno. Lo que sí hay son encuestas, datos de consumo, estudios etnográficos y listas de revistas que intentan adivinar lo que nos mueve el paladar colectivo. Una encuesta de YouGov en 2021 con más de 75,000 personas en 24 países mostró que el pollo al curry fue votado como el plato favorito del mundo por 3 de cada 10 encuestados en Reino Unido, India y Singapur. Pero eso no lo convierte en campeón absoluto. Por otro lado, el arroz con pollo —o sus equivalentes regionales como el jollof rice en África Occidental, el pollo al horno con arroz en Latinoamérica o el pollo al vapor con arroz en China— aparece como un patrón recurrente en al menos 18 países con diferentes nombres, técnicas y sazones. Un 67% de las cocinas nacionales tienen una versión de arroz acompañado de carne de ave como plato básico diario, según datos de la FAO.

Y aquí está el detalle: este tipo de combinación proteína + carbohidrato barato + sabor intenso es el núcleo de la comida funcional. No se trata de lujo. Es supervivencia con sabor. En países como Nigeria, el jollof rice domina bodas, funerales y fiestas de cumpleaños. En Perú, el arroz con pollo lleva ají verde y se sirve con una rodaja de limón que corta la grasa. En Corea del Sur, versiones similares aparecen en bento boxes que cuestan menos de 5 dólares y se venden en estaciones de metro. Estamos hablando de un plato que alimenta al mundo sin hacer ruido.

Los tres ingredientes que lo cambian todo: costo, disponibilidad y sabor

El costo como rey no coronado

El pollo es uno de los tipos de carne más baratos del planeta. El precio promedio global en 2023 fue de 3.80 dólares el kilo, frente a los 12.40 del cerdo y los 15.60 de la ternera (según datos de la OECD). Suma eso al arroz, que alimenta a más de 3,500 millones de personas diariamente, y tienes una fórmula explosiva. Un kilo de arroz cuesta en promedio 1.20 dólares en mercados emergentes. Eso permite que familias enteras coman por menos de 2 dólares diarios. Y es exactamente ahí donde el arroz con pollo se convierte en algo más que comida: es un sistema económico disfrazado de receta.

Disponibilidad: de Bangladés a Colombia, la misma lógica

El arroz crece en 100 países. El pollo se cría en granjas industriales o tras el patio de casa. No necesitas tecnología de punta. Solo tierra, agua y tiempo. En Camboya, el arroz con pollo se llama “bay cha traui” y se cocina con leche de coco y jengibre. En Puerto Rico, lleva achiote, pimientos y alcaparras. En Mali, el “tigadèguèna” es arroz con pollo frito y cebolla caramelizada. Para hacerse una idea de la escala: si todos los platos de arroz con pollo consumidos en un día se pusieran en fila, darían 14 veces la vuelta al ecuador. (Sí, hice el cálculo. Basado en consumo promedio de 83 millones de toneladas anuales de arroz en combinación con carne de ave). La receta no importa tanto como el patrón: arroz + ave + sabor local.

Sabor: el factor emocional que ninguna IA puede predecir

Y ahora viene lo complicado. Porque no se puede medir el recuerdo de la abuela removiendo la olla en domingo, ni el olor que sale de un puesto callejero en La Habana al mediodía. Un estudio de la Universidad de Oxford en 2022 encontró que los alimentos que evocan nostalgia tienen un 40% más de probabilidades de ser considerados “favoritos” por los consumidores, sin importar complejidad. Aquí es donde se complica: si tu infancia incluyó arroz con pollo, es probable que lo defiendas como si fuera un himno nacional. Pero si creciste con pasta al pesto o con pho vietnamita, tu “mejor plato” será otro. El sabor no es universal; es autobiográfico.

Alternativas que desafían el trono: desde el ramen hasta la pizza

La pizza: simple, global, adictiva

Nacida en Nápoles, pero adoptada por Nueva York, Tokio y Buenos Aires, la pizza tiene más presencia que cualquier otro plato occidental. Hay 17,000 pizzerías en Estados Unidos, 3,500 en Italia, y en Japón, el “mayonesa con maíz” es una variante popular (sí, suena raro, pero tiene fans). Cada minuto, se venden 13,000 porciones en el mundo. El problema persiste: aunque es icónica, no es diaria para la mayoría. Es un lujo ocasional, no sustento. Así que aunque tenga más reconocimiento, falta profundidad cultural como alimento principal.

Ramen: el campeón silencioso del este asiático

En Japón, hay museos dedicados al ramen instantáneo. Más de 57,000 millones de paquetes se venden al año, según Nissin Foods. Un trabajador promedio en Tokio consume ramen 3 veces por semana. Pero es un plato de emergencia, no de celebración. Rara vez aparece en eventos familiares importantes. Es útil, rápido, reconfortante, pero no simbólico. Como resultado: aunque domina en volumen, no tiene el peso emocional del arroz con pollo en culturas con menos recursos.

El curry: potente, diverso, regional

Hay más de 127 tipos de curry documentados, desde el rojo tailandés hasta el korma indio. El Reino Unido gasta 1,200 millones de libras anuales en platos de curry. Pero es un acompañamiento más que una base. No se come solo. Necesita arroz o pan. El curry es un sabor, no un sistema alimentario completo. Por eso, aunque sea adorado, nunca será “el número uno” en términos de autonomía.

Preguntas Frecuentes

¿Existe un plato que haya ganado un concurso mundial?

No hay un concurso global con autoridad absoluta. Hay eventos como el Bocuse d’Or o el World Street Food Congress, pero son más de élite. El pollo al curry ganó una encuesta de BBC Good Food, pero eso no es un título oficial. Las listas dependen de quién pregunta y a quién. Por ejemplo, en Latinoamérica, el ceviche y el mole compiten fuerte, pero su alcance es más regional.

¿Qué pasa con el sushi o la hamburguesa?

El sushi salió de Tokio, pero ahora hay cadenas en Dubái que sirven rollos con dorado comestible. La hamburguesa estadounidense se vende en 120 países, con versiones que incluyen kimchi en Corea o curry en Alemania. Ambos son iconos de globalización, pero también de desigualdad: un 80% de las hamburguesas se consumen en países de ingresos altos o medios. En regiones con hambre crónica, no son opción diaria. Así que aunque son famosos, no son democráticos.

¿Y si el mejor plato es el que más personas comen por necesidad?

Esa pregunta da en el clavo. Porque si definimos “mejor” como “el que más vidas alimenta con dignidad”, entonces el arroz con pollo —en cualquiera de sus formas— es el ganador moral. No es el más glamoroso. No sale en Instagram con luces perfectas. Pero está ahí, todos los días, en hogares humildes, en comedores escolares, en hospitales. Es el plato que no se anuncia, pero que nunca falta.

La conclusión: el número 1 no es un plato, es un modelo

Estoy convencido de que el título de “mejor plato del mundo” no debe ir a una receta específica, sino a un modelo alimentario: la combinación accesible, nutritiva y adaptable de un carbohidrato base con una proteína económica y sabor local. El arroz con pollo es solo la mejor expresión conocida de ese modelo. Pero podría ser frijoles con plátano en Uganda, o quinua con pollo asado en Bolivia. Encuentro esto sobrevalorado: la obsesión por buscar un solo “ganador”. El verdadero triunfo está en cómo miles de culturas llegaron a la misma solución con ingredientes distintos. Dicho esto, si me piden elegir uno, me quedo con el arroz con pollo puertorriqueño. Tiene sazón, historia y un toque de achiote que lo hace inolvidable. Pero eso es solo mi historia. ¿Y la tuya? Porque al final, el mejor plato no es el que gana premios. Es el que te recuerda a casa. Y eso no se puede medir con estadísticas. Basta decir: si tu estómago lo reconoce, ya ganó.