Estamos hablando de algo más que sonido. Estamos hablando de historia, de anatomía humana, de cultura, de física. El tema es que alrededor de esta pregunta hay más humo que fuego. Los expertos no se ponen de acuerdo. Y honestamente, no está claro que exista un “mejor” en términos absolutos. Pero sí podemos movernos por el territorio: qué significa “mejor”, qué instrumentos compiten, y por qué, al final del día, la respuesta quizás no sea un instrumento, sino una idea.
¿Qué significa “mejor” en el mundo de los instrumentos?
Primero, desentrañemos el terreno. ¿"Mejor" como en más versátil? ¿Más bello? ¿Más influyente en la historia de la música? ¿El que más personas pueden tocar? ¿El más antiguo? ¿El más difícil? Aquí es donde se complica.
Porque si hablamos de rango tonal, el piano domina. Cubre más de 7 octavas (88 teclas, para ser exactos), desde los 27.5 Hz hasta los 4186 Hz. Ningún instrumento acústico iguala esa extensión. Un violín apenas llega a 4 octavas. Un órgano puede superarlo en tamaño, pero no en portabilidad ni en acceso. El piano es como una orquesta en miniatura: puedes tocar acordes, melodía, bajo, armonía. Es autónomo.
Pero si cambiamos el criterio a “influencia cultural”, entonces el caso se abre. El órgano de tubos, por ejemplo, moldeó la música occidental durante siglos. Bach escribió obras que aún hoy se estudian como textos sagrados. El órgano de la catedral de Saint-Sulpice en París tiene más de 100 juegos de tubos. Su sonido puede llenar un espacio de 4.000 personas como si fuera un solo aliento. Es un coloso. Y sin embargo, no lo vemos en festivales de rock. Está lejos de ser versátil.
Y si el parámetro es “accesibilidad”, el ganador es otro: la guitarra. Hay más de 200 millones de guitarristas en el mundo, según estimaciones de 2023. En ciudades como Nashville, Sevilla o Buenos Aires, es parte del paisaje urbano. Su costo varía desde 50 dólares (una guitarra acústica china) hasta los 100.000 dólares por una Gibson Les Paul vintage. Pero basta decir: es el instrumento que más gente ha intentado aprender. Eso lo cambia todo.
Los contendientes principales: ¿piano, guitarra o violín?
El piano: rey del rango y la complejidad
El piano moderno nació en 1700, obra de Bartolomeo Cristofori en Italia. No fue inmediatamente popular. Los clavecines dominaban. Pero el piano tenía algo que ellos no: podía tocar fuerte y suave (de ahí “pianoforte”). Eso permitió expresividad. Beethoven lo adoraba. Escribió 32 sonatas que son esenciales en el repertorio clásico. Pero también invadió el jazz: Thelonious Monk, Bill Evans, luego Herbie Hancock, todos lo usaron con libertad.
Y no solo eso. En la música pop, desde los Beatles hasta Alicia Keys, el piano ha sido columna. Paul McCartney compuso “Let It Be” en un Steinway modelo B. El costo de uno de esos: entre 70.000 y 120.000 dólares. Y requiere afinación cada 6 meses. Es un compromiso. Pero tocarlo bien requiere ambas manos haciendo cosas distintas, coordinación con el pedal, lectura de partituras en dos claves (sol y fa). Es un deporte mental.
La guitarra: democracia del sonido
La guitarra, en cambio, es más flexible. Hay más de 200 tipos catalogados: acústicas, eléctricas, clásicas, flamencas, doce cuerdas, resonadores, lap steel. Jimi Hendrix la transformó en un instrumento de expresión caótica y controlada. En Woodstock, 1969, su interpretación del himno estadounidense con feedback y distorsión fue un acto político. Usaba una Fender Stratocaster modificada. Costaba entonces unos 250 dólares. Hoy, una de esas se vende por más de 2 millones.
Y la guitarra atraviesa géneros. En México, el mariachi la lleva. En Malí, el blues del desierto la usa con ritmos ancestrales. En Japón, el grupo Boris la explota hasta límites de ruido. Es portable, relativamente barata, y puedes tocarla sentado en una banca, en una montaña, en una cárcel. En las prisiones de Bogotá, se enseña guitarra como terapia. El 78% de los reclusos que participan reducen episodios de ansiedad. No es solo música. Es herramienta social.
El violín: precisión quirúrgica
Luego está el violín. Pequeño, de madera, sin trastes, con cuerdas de acero o tripa. Su rango es limitado (3.5 octavas), pero su capacidad expresiva es brutal. Un buen violín Stradivarius —de los que solo hay 650 sobrevivientes— puede venderse por más de 15 millones de dólares. El “Messiah” de 1716 nunca se ha tocado en público. Está en un museo. Y aún así, su valor se mide no por sonido, sino por mística.
El problema persiste: el violín es difícil. Los primeros seis meses suenan como gatos peleando. Requiere postura perfecta, ángulo del arco, presión exacta. Pero cuando se domina, puede imitar la voz humana. Itzhak Perlman, con polio en las piernas, ha sido capaz de hacer llorar a auditorios con una nota sostenida. Es un instrumento de intimidad. Y eso, en un mundo de exceso, tiene un peso distinto.
Alternativas inesperadas: ¿qué pasa con los instrumentos no occidentales?
El oud árabe: raíz de la música mediterránea
El oud tiene 11 o 13 cuerdas, sin trastes, caja grande y cuello corto. Es el antepasado directo de la guitarra. Su sonido es cálido, con matices microtonales que el oído occidental apenas percibe. En Bagdad, durante el siglo IX, Ziryab lo popularizó. Hoy, músicos como Naseer Shamma lo defienden como instrumento de identidad. Un buen oud cuesta entre 3.000 y 12.000 dólares. Y se toca sentado, en el suelo, con el instrumento apoyado en el regazo. Es un acto de humildad.
Y es en ese detalle donde se revela algo importante: el instrumento no solo produce sonido. Produce postura, ritual, contexto. El piano exige una silla. La guitarra, un amplificador. El oud, una alfombra. Y eso lo cambia todo.
El didgeridoo: el instrumento más antiguo
Dos metros de madera hueca, tallada por termitas. Creado por los pueblos aborígenes de Australia hace más de 1.500 años. Es un tubo de resonancia. Su sonido grave, envolvente, se usa en ceremonias espirituales. Y requiere circular breathing: inhalar por la nariz mientras se sopla por la boca. Es un ejercicio de control corporal extremo.
Estudios de la Universidad de Sydney mostraron que practicar el didgeridoo mejora la apnea del sueño en un 40% de los casos. Es terapeuta. Y es fascinante que un instrumento tan simple, sin cuerdas ni teclas, tenga un impacto fisiológico. Comparado con eso, un sintetizador Roland Jupiter-X, con 1.200 voces y conexión MIDI, parece frío. Como si la tecnología hubiera olvidado que el cuerpo también es un instrumento.
Preguntas frecuentes
¿Se puede medir objetivamente cuál es el mejor instrumento?
No. No hay una fórmula. Se pueden medir decibeles, rango, costo, popularidad, pero no el valor emocional. Un acordeón en una fiesta en Galicia, tocado por un abuelo borracho, puede valer más que un concierto de Mahler en Viena. Y es justo eso lo que las métricas no capturan. Lo subjetivo no escapa a la ciencia, pero la desafía.
¿Es más difícil tocar piano que guitarra?
Depende. El piano es más fácil al principio: cada nota está en su tecla, no hay que presionar con fuerza. Pero se vuelve más complejo al integrar ambas manos. La guitarra es opuesta: los primeros acordes duelen, pero después todo fluye. Un niño de 8 años puede tocar “Smoke on the Water” en una semana. Pero dominar la armonía jazzística en guitarra lleva años. Ambos son profundos. Son como idiomas: uno se aprende por escritura, el otro por habla.
¿Qué instrumento debería aprender un adulto?
El que te haga querer tocar todos los días. Yo empecé con el bajo eléctrico a los 25. No era el más “prestigioso”. Pero me mantenía despierto a las 2 a.m. improvisando con loops. Eso es lo que importa. Porque si no hay placer, no hay progreso. Encuentro esto sobrevalorado: la obsesión con el instrumento “correcto”. El correcto es el que tú llevas contigo.
Veredicto
El mejor instrumento no es uno solo. Es el que más te conmueva. El que te haga olvidar el tiempo. El que te permita decir lo que no puedes con palabras. Puede ser un piano Steinway en un teatro de París. Puede ser una armónica de 10 dólares en un tren rumbo a Córdoba. Puede ser un bol de cuenco tibetano en una habitación a oscuras. La música no está en el objeto. Está en la intención. Y en eso, todos los instrumentos son iguales. Y diferentes. Y perfectos. Porque al final, no es el instrumento el que elige al músico. Es el músico el que revive al instrumento. Como si cada nota fuera un latido prestado. (Claro, esto suena cursi, pero es verdad).