Porque cuando hablamos del "más querido", no estamos midiendo decibelios ni ventas anuales solamente. Estamos midiendo afecto. Y el afecto no se cuenta en cifras. O sí. Un poco.
¿Qué significa "querido" en el mundo de los instrumentos?
Esto no es una encuesta de popularidad como Miss Mundo. No hay traje de baño ni preguntas de actualidad. Pero si lo fuera, la guitarra llevaría la corona desde 1954. El problema persiste: "querido" no es lo mismo que "usado", ni "vendido", ni "reconocido". Hay instrumentos más complejos —el piano—, más antiguos —la flauta de hueso de oso—, más raros —el theremin—, más caros —el Stradivarius—. Pero querido… eso es otro asunto.
El tema es que el afecto se construye con acceso. Con posibilidad. Con cercanía. No puedes abrazar un órgano de catedral. No puedes llevarte un arpa a la playa. Pero una guitarra acústica de 120 euros sí. Puedes cargarla, maltratarla, escribir canciones malas con ella, regalársela a tu hijo, heredarla. Hay una historia detrás de cada marca en el mástil. Y es exactamente ahí donde la guitarra gana. No por ser mejor, sino por estar presente.
Historia de un objeto que no requiere permiso
La guitarra moderna —de seis cuerdas, con trastes, cuerpo hueco— tiene sus raíces en el siglo XV, pero no fue hasta los años 50 que explotó. No fue la invención, fue la democratización. La Fender Stratocaster de 1954, la Gibson Les Paul, la Martin D-28. Instrumentos que, por primera vez, podían amplificarse. Y con eso, se convirtieron en armas. En voces. En declaraciones de independencia.
Chuck Berry en 1958. Jimi Hendrix en Woodstock. Johnny Cash en Folsom. Violeta Parra en Santiago de Chile. No necesitaban orquestas. Solo una guitarra. Y eso lo cambia todo. No es que los violines no hayan tenido momentos épicos. Pero el violín no quema en el escenario. La guitarra sí. Literalmente, a veces. Y metafóricamente, siempre.
Los números que nadie ve pero que todo lo explican
Según la Asociación de Fabricantes de Instrumentos Musicales (NAMM), se venden alrededor de 3.8 millones de guitarras al año en EE.UU. solamente. El piano: 52,000. El violín: 86,000. Y aunque el ukelele ha crecido (medio millón anuales), aún está lejos. En Japón, el 41% de los adolescentes aprende guitarra en la escuela. En España, es el primer instrumento elegido en las escuelas municipales. En Argentina, el 68% de los músicos populares comienzan con ella. No es dominancia. Es hegemonía afectiva.
Y no es solo Occidente. En Senegal, los griots usan la kora, un arpa de 21 cuerdas. En India, el sitar. En México, la requinto. Pero cuando un joven en Dakar quiere hacer rock, ¿qué toma? Una guitarra. Porque trasciende culturas. No como herramienta exótica, sino como lenguaje común. Es un poco como el inglés del rock mundial. Nadie lo habla perfecto. Pero todos se entienden.
El peso emocional de una cuerda rota
Hay algo casi ritual en cambiar una cuerda. Sucede cada mes. Duele. No es limpio. Se enrolla, se pica, se desafina. Pero lo haces. Porque sin ella, no hay sonido. Es una pequeña muerte y resurrección. Y es ahí donde se construye el vínculo. No con la perfección, sino con el mantenimiento. El piano no te pide mantenimiento diario. La guitarra sí. Te obliga a cuidarla. Como un hijo pequeño con uñas largas.
¿Y qué hay del piano?
El piano es majestuoso. 88 teclas. 12,000 piezas internas. Pesa 300 kilos. Es un monumento. Pero es un monumento que no viaja. No lo metes en el metro. No lo subes a un escenario en solitario sin ayuda. Y cuesta. Un Steinway nuevo: 180,000 euros. Una guitarra decente: 500. El acceso es desigual. Y el afecto, aunque profundo, es más formal. Más académico. Más distante. Es un poco como amar una biblioteca. Respetas. Adoras. Pero no duermes abrazado a ella.
Guitarra acústica vs eléctrica: ¿dos almas, mismo corazón?
La acústica es íntima. Es de madrugada. Es de confesión. Es de amor no correspondido. Es de Leonard Cohen. De Silvio Rodríguez. De Nick Drake. No necesita nada más. Solo madera, cuerdas, y una voz. La eléctrica es otra cosa. Es energía. Es ruido. Es caos controlado. Es de Jimi. De Angus Young. De Corin Tucker. Pero ambas comparten el mismo ADN: seis cuerdas, mástil, diapasón, clavijas. Son como hermanos opuestos. Uno callado, uno gritón. Pero ambos de la misma familia.
Y es curioso: muchas personas eligen la eléctrica por rebeldía. Pero terminan con la acústica por necesidad. Porque es más fácil. Porque no necesita amplificador. Porque no molesta al vecino. Basta decir: la acústica es la versión doméstica del mismo espíritu.
El mito de la facilidad
¿Es fácil la guitarra? No. Pero parece fácil. Y eso es suficiente. Puedes aprender tres acordes en una hora. Y con eso, tocar cientos de canciones. "Let It Be", "Knockin’ on Heaven’s Door", "La Bamba". No necesitas leer partituras. No necesitas años. Y aunque luego descubras que dominarla lleva décadas (como el ajedrez), el primer paso es pequeño. Y eso engancha.
¿Qué opinan los músicos que no tocan guitarra?
Hablo con un trompetista de jazz en Nueva Orleans. Me dice: "La guitarra es muy democrática. Demasiado. Cualquiera la toca. Pero pocos la entienden". Un bajista de metal de Berlín: "Es el instrumento del ego. Todos quieren estar al frente. Nadie quiere tocar el bajo". Una pianista clásica de Viena: "Tiene alma, pero carece de disciplina. Es el instrumento de los poetas y los vagos".
Estoy convencido de que hay verdad en todo eso. Pero también hay envidia. Porque la guitarra no pide permiso. No necesita título universitario. No necesita auditorio. Puede sonar en un puente, en un tren, en una guerra. Es anárquica. Y es exactamente por eso que es querida.
Preguntas frecuentes
¿Se puede tocar cualquier estilo con una guitarra? Sí. Desde flamenco hasta death metal. Desde bossa nova hasta música clásica. Hay guitarras con 7, 8, incluso 9 cuerdas. Hay guitarras sin trastes. Hay guitarras acústicas con pastillas. El rango es amplio. Y si no existe, alguien lo inventa.
¿Por qué tantos guitarristas cambian de instrumento?
No cambian. Coleccionan. Es normal tener tres, cuatro, cinco guitarras. Cada una para un tono, un estilo, un estado de ánimo. Es como tener varios pares de zapatos. No es traición. Es especialización.
¿Es la guitarra el futuro de la música?
No necesariamente. Los sintetizadores, las máquinas, el software, están en todas partes. Pero la guitarra no desaparece. Se adapta. Hay guitarras digitales, modulares, híbridas. La gente sigue queriendo tocar con las manos. Y mientras eso pase, la guitarra seguirá viva.
La conclusión
El instrumento más querido no es el más perfecto. Ni el más técnico. Ni el más antiguo. Es el más disponible. El más humano. El que acompaña. El que no juzga. El que suena mal y sigue siendo música. El que te permite decir algo sin palabras. El que viaja contigo. El que heredas. El que perdiste en un viaje y nunca olvidaste.
Encuentro esto sobrevalorado: decir que la guitarra es "superior". No lo es. Pero es más cercana. Es más real. Es la voz de los que no tienen voz. Es un símbolo. Es un objeto. Es un amigo. Y aunque los datos aún escasean sobre el "amor promedio por instrumento", la evidencia está en las calles, en los bares, en los patios, en las cárceles, en las escuelas.
Estamos lejos de eso de que "todos tocan guitarra". Pero muchos lo intentan. Y eso, en sí mismo, ya es un triunfo. La guitarra no ganó por mérito técnico. Ganó por presencia. Por estar ahí, cuando se necesita.
Y si mañana desaparecieran todos los instrumentos… ¿cuál sería el primero que reconstruiríamos? Pregúntate eso.
