Y eso lo cambia todo. Porque si pensamos en virtuosismo puro, podríamos nombrar a Rachmaninoff, que tenía manos como palas y componía como si el tiempo le fuera a terminar a las 6 de la tarde. Si hablamos de precisión robótica, hay pianistas del conservatorio chino que reproducen Liszt sin pestañear. Pero no es eso. No es solo ejecución. Es huella. Es cuando alguien toca y tú sabes, sin que nadie te lo diga, que estás oyendo algo que no se repetirá igual. Basta decir: hay ejecutantes, y luego hay leyendas. Y estas tres figuras no solo marcaron épocas, sino que polarizaron audiencias, inspiraron odio y devoción, y dejaron grabaciones que hoy suenan tan vivas como el día que se hicieron — algunos dirían, más vivas.
¿Qué significa ser el “mejor” pianista? Una definición en disputa
La pregunta parece simple. Hasta que intentas responderla. ¿Es el que más rápido toca? ¿El que más obras conoce? ¿El que más premios ganó? ¿El más querido por el público? No hay consenso, y eso es bueno. Porque si hubiera una fórmula, el arte estaría en peligro. El valor de un intérprete no se mide en octavas por segundo, sino en cómo transforma una partitura escrita hace 200 años en algo que te atraviesa hoy, en tu sofá, con audífonos baratos y mal humor del trabajo.
La gente no piensa suficiente en esto: una obra de Bach puede sonar como una oración, una ecuación matemática o una danza pagana, dependiendo de quién la toque. Es como si el mismo texto, leído por dos personas, revelara significados opuestos. Y es exactamente ahí donde entra el pianista: no como reproductor, sino como traductor de emociones invisibles.
El mito del “pianista perfecto”
Hay quien cree que el ideal es la precisión absoluta, sin un solo error. Pero ¿quién dijo que el arte es pulcro? Un error, una variación de tempo, un dedo que se queda un segundo más en una tecla… a veces eso es precisamente lo que hace memorable una interpretación. Escucha una grabación de Argerich en 1965 de la Sonata Nº3 de Prokofiev: hay momentos en que parece que el piano va a explotar. ¿Impecable? No. ¿Magnética? Absolutamente. El problema persiste cuando confundimos perfección con grandeza. Son cosas distintas.
La técnica como herramienta, no como fin
Horowitz podía tocar escalas a una velocidad que hoy parece editada con software. Manos que parecían independientes del cuerpo. Pero no lo hacía para impresionar a jueces. Lo hacía para servir a la música. Su técnica era brutal, sí, pero siempre al servicio de un efecto dramático. Un pianista con menor virtuosismo, pero con más sentido del fraseo, puede conmover más que un prodigio sin alma. Como resultado: el público no recuerda errores, recuerda sensaciones. Y hay sensaciones que solo ciertos pianistas pueden provocar.
Glenn Gould: el genio excéntrico que rechazó los conciertos
Suena loco: uno de los pianistas más influyentes del siglo XX dejó de tocar en público a los 31 años. ¿Por qué? Decía que el estrés, el público, el ritual del concierto le impedían concentrarse. Prefería el estudio. El silencio. Las tomas perfectas. Y grabó algunos de los Bach más puros, claros, luminosos que se han escuchado. Su primera grabación de “El clave bien temperado” en 1955 lo lanzó a la fama internacional, con solo 22 años.
Gould tocaba sentado ridículamente bajo, en una silla de madera desvencijada que cortaba él mismo. Se mecía como si fuera poseído. Cantaba (a veces gritaba) mientras tocaba. Estos son detalles que suenan anecdóticos, pero no lo son. Eran parte de su método. Porque él no interpretaba, él habitaba la música. Su enfoque en el contrapunto, su claridad rítmica, su independencia de las manos… eran como una disección quirúrgica de la obra. No era “emocional” en el sentido tradicional. Era intelectual. Frío. Y sin embargo, profundamente humano.
Y todavía hay quien discute si su visión de Beethoven o Schoenberg era legítima. Pero eso lo cambia todo: si todo el mundo estuviera de acuerdo, no sería revolucionario. El mito de Gould no es solo su talento, sino su rebeldía. Se negó a ser lo que el mundo esperaba. Y por eso, todavía hoy, escucharlo es como recibir una descarga de pensamiento puro.
Martha Argerich: furia, pasión y una técnica que desafía la gravedad
Si Gould era el pensador, Argerich es la tormenta. Nació en Argentina en 1941, y a los 8 años ya tocaba el Concierto para piano Nº1 de Chopin en público. A los 16, ganó el Concurso Internacional de Génova. A los 18, el de Chopin en Varsovia. En 1965, su victoria en el Concurso de la Ciudad de Milán fue tan aplastante que los jueces no dieron segundo puesto. Era evidente: esta mujer no era una promesa. Era ya una fuerza de la naturaleza.
Pero aquí es donde se complica. Argerich nunca quiso ser una estrella. Rechazó giras masivas. Canceló conciertos a último momento. Prefirió la música de cámara, los festivales pequeños, tocar con amigos. Y aun así, su influencia es gigantesca. Su grabación del Concierto Nº3 de Prokofiev con Abbado a los 27 años sigue siendo referente mundial. ¿Por qué? Porque toca como si no hubiera mañana. Como si cada nota fuera una apuesta. No teme a los errores. De hecho, algunos de sus mejores momentos están en tomas “imperfectas”, llenas de riesgo.
Además, ha sido una figura clave en la formación de nuevas generaciones. Su festival en Lugano es un laboratorio de talento joven. Es generosa. Y es implacable con la mediocridad. Encuentro esto sobrevalorado: la idea de que un pianista debe ser dócil, humilde, “bien portado”. Argerich rompió ese molde. Es temperamental, sí. Pero es auténtica. Y eso es raro.
Horowitz: el mago del sonido y el escándalo
Vladimir Horowitz nació en Ucrania en 1903, emigró a EE.UU. en 1928, y se convirtió en una especie de dios viviente del piano. Su regreso a Rusia en 1986, tras 60 años de ausencia, fue un evento diplomático. Tocó en el Kremlin. Mijail Gorbachov lo recibió. La gente lloraba en las calles. No era solo un concierto. Era un reencuentro histórico.
Su sonido era único. Podía ser tan suave que parecía venir de otro mundo, o tan potente que el piano temblaba. Usaba pedales de una manera casi alquímica, creando matices que otros ni siquiera soñaban. Escucha su “Carnaval” de Schumann: es como si estuvieras dentro de una mente enloquecida, viendo personajes desfilar. No toca notas. Toca personajes.
Pero no todo era gloria. Tuvo crisis nerviosas. Abandonó los escenarios durante años. Volvió. Desapareció otra vez. Y volvió. Era un hombre complejo, intenso, atormentado. ¿Y qué pianista no lo es? La música no atrae a gente sencilla. Atrae a obsesos. A inquietos. A seres que necesitan expresar lo indecible. Horowitz lo hizo, con lujo, con teatralidad, con una presencia escénica que hoy parece de otra era.
¿Otros nombres que merecen estar en la conversación?
Claro que sí. Estamos lejos de eso. Rachmaninoff, con sus manos de 12 dedos (literalmente: podía abarcar una duodécima), compuso y tocó como nadie. Sus grabaciones de sus propios conciertos, hechas entre 1929 y 1942, son monumentos. Wilhelm Kempff, con una poesía que parece flotar en el aire. Arturo Benedetti Michelangeli, tan perfeccionista que cancelaba conciertos si sentía que una gota de lluvia afectaría el sonido del piano. Daniel Barenboim, más que pianista, una figura intelectual completa. Y más recientes: Yuja Wang, con una energía que desafía la lógica; o Igor Levit, cuya gravedad y profundidad emocional sorprenden en alguien tan joven.
¿Quién es mejor? No existe una tabla de clasificación. Es como preguntar quién es mejor entre Picasso, Velázquez y Basquiat. Depende de lo que busques. De lo que necesites en ese momento.
Preguntas Frecuentes
¿Se puede ser el mejor sin haber ganado concursos importantes?
Claro que sí. Argerich ganó varios, pero Gould no dependió de ellos. Horowitz nunca necesitó un trofeo para ser reconocido. Los concursos miden habilidad bajo presión, pero no profundidad artística. Un concurso puede lanzar una carrera, pero no define una leyenda.
¿Qué pianista tiene la técnica más avanzada de todos los tiempos?
Es difícil decirlo. Horowitz tenía una velocidad y control de pedal únicos. Argerich domina la complejidad rítmica como pocos. Gould tenía una independencia manual casi alienígena. Pero técnica no es solo velocidad. Es control, sonoridad, expresión. Y en ese campo, todos estos tres la redefinieron a su manera.
¿Por qué no están incluidos pianistas clásicos como Liszt o Chopin?
Porque el artículo se enfoca en intérpretes del siglo XX y XXI. Liszt y Chopin eran compositores-pianistas de otra era, con prácticas de ejecución distintas. Su legado es inmenso, pero hoy los juzgamos más por lo que escribieron que por grabaciones (que no existían). Aquí hablamos de artistas cuyo sonido podemos escuchar hoy, intacto.
Veredicto
Si me preguntas a mí, con todo lo que eso implica: Gould, Argerich y Horowitz son los tres que más han ampliado lo posible en el teclado. No son los únicos grandes, pero son los que más huella dejaron. No tocaron piano: transformaron la manera de escucharlo. Cada uno a su manera, con sus rarezas, sus demonios, sus genialidades. Honestamente, no está claro si habrá otros como ellos. La música clásica cambia. Los pianos cambian. Pero estas grabaciones, estas interpretaciones… resisten. Como si el tiempo no tuviera poder sobre ellas. Y tal vez, en eso, esté la verdadera inmortalidad.
