Porque no todas las óperas famosas son igualmente queridas. Algunas son aplaudidas por tradición, otras por su música inolvidable, y unas pocas porque su historia se clava en la memoria como un estribillo que no puedes sacarte de la cabeza. Honestamente, no está claro si su popularidad se debe al mérito artístico o al lavado constante de repertorio que lleva más de 150 años funcionando como máquina de repetición. Pero eso lo cambia todo cuando eliges cuál ver. Yo, por ejemplo, prefiero Elektra de Strauss antes que Madama Butterfly — una herejía para muchos, lo sé.
¿Qué hace que una ópera se vuelva inmortal?
Hay cientos de óperas compuestas cada año. Casi todas desaparecen. Solo unas pocas trascienden. Y no siempre es por la calidad. A veces es por el momento histórico. Por el intérprete que la rescató. O por una escena que se hizo viral antes de que existiera internet. El problema persiste: fama no es sinónimo de grandeza. Lucia di Lammermoor es un ejemplo. La escena de la locura, con su aria sobre el clarinete, es tan icónica que ha superado al libreto completo. ¿Cuántas veces la gente la ve solo por ese momento? Basta decir que muchos no entienden el resto de la trama.
El impacto del estreno y la recepción inicial
Algunas óperas fueron abucheadas en su estreno y hoy son sagradas. Tristán e Isolda de Wagner fue considerada caótica en 1865. Demasiadas disonancias. Demasiado largo. Demasiado... nuevo. Hoy, esa disonancia es precisamente lo que los músicos estudian en conservatorios de París a Tokio. El estreno duró 200 minutos. Fue un desastre. Y aun así, en 2023, la versión de Bayreuth se agotó en 11 minutos. ¿Qué cambió? La audición del público. La evolución del gusto. O tal vez, el mito que crece alrededor de una obra maldita.
La influencia del repertorio de los grandes teatros
El Metropolitan Opera de Nueva York ha montado La Bohème más de 1.200 veces desde 1896. Eso no es casualidad. Es política artística. Si un teatro grande repite una ópera, las demás instituciones siguen. Es un efecto dominó. Y como resultado: obras como Aida o El Barbero de Sevilla se vuelven omnipresentes, mientras que Lulu de Berg, aunque revolucionaria, se queda en circuitos más nicho. Seamos claros al respecto: lo que escuchas no siempre es lo mejor, sino lo que más veces se ha ofrecido.
Las 20 óperas que dominan los escenarios (y por qué)
No existe un top oficial. Pero hay consenso en el mundo del bel canto, el verismo y la ópera alemana. Basado en frecuencia de representaciones, grabaciones comerciales y presencia en festivales entre 2000 y 2023, esta lista es tan cercana a un estándar como puedes conseguir. No están en orden estricto, porque eso sería absurdo: depende de si estás en Italia o en Alemania, en un festival o en una metrópolis.
De Italia: el reinado del bel canto y el drama romántico
Verdi y Puccini son imbatibles. La Traviata, con su historia de amor entre una cortesana y un burgués, es la ópera más representada en el mundo occidental — más de 8.000 funciones documentadas desde 2000. Luego viene Rigoletto, con su venganza oscura y el famoso "La donna è mobile", una melodía que hasta los que odian la ópera tararean sin saber su origen. Il Trovatore es más compleja: su argumento es confuso (un trovador, un gitano, un conde, un incendio mal calculado), pero su música salva todo. La escena del "Anvil Chorus" ha sido usada en dibujos animados, películas y anuncios de cerveza. Eso lo cambia todo en términos de visibilidad. Y Tosca, con su escena de tortura y su salto final desde las murallas de Castel Sant'Angelo, es un thriller en tres actos. Puccini entendía el suspense como Hitchcock entendía el cine.
De Francia y España: pasión, fuego y fatalidad
Carmen no necesita presentación. Desde 1875 ha sido la carta de presentación de la ópera para millones. Su mezcla de cante jondo, ritmos españoles y personaje femenino rebelde fue revolucionaria. Hoy es la segunda ópera más montada del mundo. Y sí, aunque se ambienta en Sevilla, fue escrita por un francés que nunca había estado allí. Curioso, ¿no? La ópera española, por otro lado, no tiene el mismo peso global. La vida breve de Manuel de Falla es una joya, pero rara vez sale de España. ¿Por qué? Tal vez porque carece de un aria viral. O tal vez porque el mercado opera como una burbuja. De ahí que Carmen siga siendo, con diferencia, la representante ibérica más universal — aunque sea una creación foránea.
De Alemania y Rusia: el peso del mito y la psicología
Wagner domina con El anillo del nibelungo, un ciclo de cuatro óperas que dura 15 horas en total. No es para principiantes. Pero su influencia en el cine (¡escucha la "Montaña Mágica" antes de ver a Tolkien o Star Wars!) es innegable. Luego está El holandés errante, con su marino maldito que solo puede descansar cada siete años. Y en el lado ruso, Eugenio Oneguin de Tchaikovsky ofrece una tragedia de salón, casi íntima. No hay batallas épicas, pero el duelo entre Lenski y Oneguin en el Acto II es uno de los momentos más tensos de toda la ópera. La música baja, el silencio anticipa el disparo. Y luego, solo un grito. Eso es teatro puro.
Óperas sobrevaloradas versus subestimadas
Aquí es donde se complica. Porque hay obras que están en todas partes, pero que encuentro sobrevaloradas. Madama Butterfly, por ejemplo. Sí, la música es hermosa. Sí, "Un bel dì" es sublime. Pero la historia — una joven japonesa abandonada por un oficial estadounidense — ha envejecido mal. Hoy suena a exotismo barato. Y no es que el arte deba ser políticamente correcto, pero cuando una obra se convierte en un estereotipo perpetuo, uno debe preguntarse: ¿la amamos por su valor o por su inercia? Por otro lado, Dialogues des Carmélites de Poulenc, sobre monjas guillotinadas durante la Revolución Francesa, es profundamente conmovedora y rara vez está en cartel. ¿Por qué no la montan más? Tal vez porque no tiene un "gran momento" para YouTube. Pero la escena final, donde cantan mientras son ejecutadas una a una, con la música que se va apagando progresivamente... es devastadora. Y es exactamente ahí donde la ópera alcanza su máxima potencia: no con espectáculo, sino con silencio.
Preguntas Frecuentes
¿Qué ópera es ideal para principiantes?
La mayoría te dirá La Flauta Mágica. Y tienen razón. Mozart mezcla fantasía, comedia y simbolismo masónico en una trama accesible. Además, tiene pájaros cantores, un bombo gigante y un villano con voz de contralto. Pero también puedes empezar por Carmen — es como una telenovela con música de orquesta sinfónica. Dicho esto, evita Wagner o Stockhausen en tu primera vez. Es como empezar a leer a Joyce antes de saber deletrear.
¿Cuánto dura una ópera típica?
Entre 2 y 4 horas, con uno o dos entreactos. Tristán e Isolda supera las 4 horas sin interrupción larga. Elektra es más corta (90 minutos), pero tan densa que parece eterna. Para hacerte una idea de la escala: una función de El anillo del nibelungo completa requiere cuatro noches consecutivas. Y una botella de vino por acto no está de más.
¿Es necesario entender el idioma para disfrutarla?
No. La emoción está en la música, no en las palabras. Hoy muchos teatros proyectan subtítulos en tiempo real. Y si no, basta con leer el libreto antes. Yo mismo he visto Dead Man Walking en inglés sin dominarlo, y lloré igual. Lo que explica que el arte trascienda el idioma es la capacidad del compositor para traducir sentimientos en sonido.
La conclusión
Las 20 óperas más famosas no son un canon sagrado. Son un reflejo de lo que el mercado, la tradición y los grandes teatros han decidido mantener vivo. Algunas se merecen ese lugar. Otras están allí por inercia. Y aunque La Traviata o Carmen son accesibles, no son necesariamente las más profundas. La verdadera riqueza de la ópera está en los márgenes: en obras como Wozzeck, Dead Man Walking o Written on Skin, que desafían al público. Tal vez el futuro no esté en repetir lo conocido, sino en arriesgarse a lo incómodo. Eso lo cambia todo. Y basta decir que yo ya reservé mi entrada para la próxima temporada de ópera contemporánea en Berlín. Estamos lejos de eso, pero eso no significa que no podamos llegar.