Y es exactamente ahí donde todo cambia. ¿Qué significa que una canción dure 639 años? ¿Cómo se vive algo así? ¿Se puede decir que existe si nadie la escucha completa? Estamos lejos de eso. Lo más fascinante no es la duración, sino cómo esta obra redefine lo que consideramos música.
¿Qué es ORGAN²/ASLSP y por qué suena en una iglesia vacía desde 2001?
John Cage, compositor estadounidense del siglo XX, era un obseso del azar, del silencio y de romper estructuras. Su obra más famosa, 4′33″, es un silencio de 4 minutos y 33 segundos. Pero ORGAN²/ASLSP, una adaptación de una pieza para piano llamada "As Slow As Possible", es su apuesta definitiva contra el tiempo lineal. La partitura no especifica instrumento, ni tempo, ni siquiera cuántas notas deben tocarse a la vez. Solo sugiere: “tan lento como sea posible”.
En 1987, una conferencia en Alemania planteó la idea de interpretarla con un órgano. Porque, claro, un órgano puede mantener notas indefinidamente. Y porque una iglesia gótica en ruinas, como la de St. Burchardi en Halberstadt, ofrece un espacio simbólico: un lugar entre la fe, la decadencia y la eternidad. El proyecto oficial arrancó en 2001, con el cambio de siglo, como un gesto artístico y filosófico. La primera nota —un acorde de do mayor— sonó el 5 de septiembre de ese año. Pero no se oyó apenas. Porque las siguientes notas apenas entraron hasta 17 meses después. La lentitud es el mensaje.
El instrumento fue modificado para permitir que los acordes se sostengan sin que alguien esté presionando las teclas. Los cambios de sonido requieren intervención humana: cada pocos meses, un equipo entra a ajustar los fuelles, colocar nuevos acordes, verificar el estado del órgano. Pero el sonido, una vez activado, se mantiene durante años. En 2022, por ejemplo, se añadió una nota nueva después de 6 años de silencio relativo. Y nadie se enteró hasta que los medios especializados lo reportaron. Eso lo cambia todo.
¿Cómo se decide cuándo cambiar de acorde?
No hay una fórmula matemática. El comité encargado —formado por músicos, historiadores y curadores— toma decisiones basadas en la estabilidad del sonido, el estado del edificio y consideraciones estéticas. Cada cambio se anuncia con meses de antelación, y atrae a una decena de visitantes, como peregrinos. En 2008, por ejemplo, la adición de un nuevo acorde atrajo a 2.000 personas. En 2013, la cifra bajó a 400. En 2020, fue solo un puñado. Pero el ritmo no se acelera por eso.
Hay que entenderlo: no es un evento musical. Es un acto de presencia. Una especie de ritual laico en el que la gente viene a escuchar lo que apenas cambia. Y a veces, ni siquiera entran. Se quedan afuera, sentados en el pasto, con la humedad del norte de Alemania calándoles los huesos, escuchando cómo el viento parece acompañar al órgano. Es un poco como ver crecer un árbol, pero con armonía disonante.
¿Es realmente una "canción"? La batalla semántica que nadie esperaba
La palabra “canción” evoca melodía, estrofas, coro, emoción contenida en 3 o 4 minutos. ORGAN²/ASLSP desmonta eso por completo. No hay ritmo, no hay letra, no hay clímax. Ni siquiera hay un intérprete estable. Es más cercano a un fenómeno natural: como el goteo en una cueva o el deshielo de un glaciar. Y sin embargo, técnicamente, es una composición musical registrada, ejecutada, con partitura y fecha de finalización prevista: el 5 de septiembre de 2640.
Entonces, ¿dónde trazamos la línea? ¿Es una performance, una instalación, una obra de arte sonoro? El problema persiste: nuestro lenguaje no está preparado para algo que dura 1000 años. Y es justo ahí donde la obra se vuelve más poderosa. Porque nos obliga a cuestionar si el valor del arte está en la experiencia inmediata o en la promesa de continuidad.
Yo encuentro esto sobrevalorado: la obsesión por “consumir” arte. La gente quiere ver, oír, sentir, y luego seguir. Pero esta obra no se consume. Se testimonia. Es un compromiso intergeneracional. No puedes entenderla en una visita. Ni en diez. Ni siquiera tus bisnietos podrán decir que la vivieron completa. Basta decir que es menos una canción y más un monumento acústico.
¿Qué otras obras han intentado desafiar el tiempo de esta forma?
Hay intentos. El proyecto Longplayer, por ejemplo, es una pieza musical que comenzó el 31 de diciembre de 1999 en Londres y durará, sin repetirse, hasta el 31 de diciembre de 2999. Es generada por software, y se puede escuchar en línea en tiempo real. Pero carece del componente físico, del ritual, del espacio. Es más abstracta, más digital. Y quizás, por eso, menos conmovedora.
Otra propuesta fue Wiegenlied 1000 Jahre, una iniciativa conceptual de mantener una nana sonando en bucle durante mil años. Pero nunca pasó del anuncio. Falta presupuesto. Falta voluntad. Falta fe. Porque mantener algo así requiere no solo dinero, sino una suerte de creencia colectiva en que el futuro importa. Y eso, honestamente, no está claro.
Cómo compara esta obra con otras experiencias musicales extremas en duración
Hay conciertos largos. Muy largos. En 2015, una banda de drone metal llamada The Haters tocó una pieza de 12 horas en un museo de Nueva York. En 2018, un festival en Islandia ofreció un concierto de 48 horas continuas. Pero todo eso es efímero. Un día, dos días. Nada frente a los 639 años de ORGAN²/ASLSP.
Para hacerse una idea de la escala: si una canción de pop dura 3 minutos, equivaldría a reproducirla sin parar durante 320.000 días. Más de 877 años. Pero incluso eso es solo una analogía. Lo que sucede en Halberstadt no es repetición. Es transformación gradual. Un acorde nuevo no rompe el anterior; lo modifica, lo enriquece, lo corrompe un poco.
¿Qué efecto tiene el entorno en la percepción del sonido?
La iglesia de St. Burchardi no está en perfecto estado. Tiene filtraciones, corrientes de aire, animales que entran. El sonido se distorsiona con la humedad. Las piedras vibran. El techo gime. Esto no se corrige. Se acepta. De hecho, es parte de la obra. La música ya no es solo lo que emite el órgano, sino lo que el edificio le hace al sonido. Como resultado: cada fase de la interpretación es única, aunque el acorde sea el mismo.
Preguntas Frecuentes
¿Puedo visitar el lugar donde suena la canción?
Sí. La iglesia de St. Burchardi, en Halberstadt (Sachsen-Anhalt, Alemania), está abierta al público en ciertas fechas. No siempre hay cambios de acorde, pero el sonido está presente. El acceso es gratuito, aunque se recomienda verificar el calendario oficial del proyecto antes de viajar. La última modificación fue en 2024, cuando se añadió un séptimo acorde. La siguiente se espera en 2030, aproximadamente.
¿Quién financia una obra así durante 600 años?
El proyecto depende de fondos públicos alemanes, donaciones privadas y apoyo de instituciones culturales. Un fideicomiso asegura la continuidad, pero los datos aún escasean sobre cómo se mantendrá el financiamiento en el siglo XXV. El riesgo de interrupción existe, aunque el compromiso simbólico es fuerte. Después de todo, ya han atravesado dos décadas. Eso cuenta.
¿Se puede escuchar en línea?
No en tiempo real de forma oficial. Existen grabaciones parciales, videos de YouTube con fragmentos, pero la experiencia no se traduce bien. Es como intentar oler una pintura. Parte de la obra es su inaccesibilidad. Su lejanía. Su indiferencia ante tu deseo de controlarla.
Veredicto: ¿Vale la pena una canción que nadie escuchará completa?
Depende de qué busques. Si quieres emoción inmediata, un riff pegajoso, una voz que te erice la piel, entonces no. Esta obra no es para ti. Pero si te interesa la idea de que el arte puede ser un compromiso con el futuro, una promesa a generaciones que aún no nacen, entonces sí. Y es precisamente porque no se puede consumir que adquiere sentido.
Estamos tan acostumbrados a la inmediatez que olvidamos que algunas cosas deben tomar tiempo. Como la curación. Como el duelo. Como la construcción de algo que trascienda. ORGAN²/ASLSP no es una canción en el sentido tradicional. Es una meditación en tiempo real. Una prueba de que el arte puede existir fuera del reloj. Y aunque suene como una tontería, quizás sea lo más humano que hemos hecho en siglos: esperar, juntos, por algo que nunca veremos terminar.