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¿Cuál fue el primer concierto de la historia y cómo nació la música en directo?

Definiendo el directo: del ritual sagrado al espectáculo público

Aclarar el origen exige primero ponernos de acuerdo sobre qué demonios consideramos un concierto. Si nos referimos a seres humanos juntándose a golpear huesos y cantar alrededor del fuego hace 40000 años, estaríamos hablando de antropología y no de industria cultural. Pero la cosa se complica cuando analizamos la Grecia clásica. En el año 586 a.C., durante los Juegos Píticos de Delfos, un músico llamado Sacadas de Argos interpretó con el aulós —una especie de doble flauta bastante estridente— una pieza instrumental que narraba la lucha de Apolo contra un dragón. Aquello no era una misa ni una obra de teatro con música de fondo; la gente acudió en masa únicamente a escuchar a un solista demostrar una técnica descomunal. Eso lo cambia todo.

La diferencia entre ambiente, liturgia y espectáculo pagado

Durante la Edad Media y gran parte del Renacimiento, los músicos eran poco más que sirvientes en las cortes europeas o empleados de la Iglesia. Tú no podías comprar un billete para ver a un compositor estrella porque sencillamente la música pertenecía al monarca de turno o a la diócesis local. Yo sostengo firmemente que sin una audiencia comercial abierta a cualquiera no existe un concierto en el sentido estricto del término. Faltaba un ingrediente crucial —perdón, el ingrediente clave— que tardaría siglos en aparecer: la entrada de pago.

La revolución londinense: John Banister y las tabernas de 1672

Aquí es donde el relato histórico da un giro fascinante y se traslada a las callejuelas húmedas de Londres. Corría el año 1672 cuando John Banister, un violinista de la corte del rey Carlos II de Inglaterra que acababa de ser despedido por apropiarse de fondos públicos (un personaje de cuidado), tuvo una idea brillante para salir de la ruina. Alquiló un gran salón en Whitefriars, cerca de Fleet Street, colocó unas cuantas mesas, un escenario improvisado y cobró exactamente 1 chelín por persona a cualquiera que quisiera entrar a escuchar a su ensamble. Y para rematar la jugada, incluyó cerveza en el precio del billete. Menudo genio.

El anuncio en la London Gazette que cambió las reglas del juego

El 30 de diciembre de ese mismo año apareció un aviso impreso en el periódico oficial que sentó un precedente histórico absoluto. Banister prometió que sus músicos tocarían "las mejores composiciones" todas las tardes a las cuatro en punto. Ya no se trataba de una fiesta privada para aristócratas ni de un servicio religioso a las ocho de la mañana. Por primera vez en la historia de la humanidad, un ciudadano de a pie podía pagar una suma de dinero fija para exigir a unos profesionales que le entretuvieran con instrumentos durante un par de horas. Estamos lejos de los estadios modernos con pantallas LED, pero la semilla del negocio estaba plantada.

Thomas Britton: el carbonero que reunía a la élite en un sótano

Pocos años después, en 1678, apareció la figura más estrambótica de esta transición. Thomas Britton, un hombre que se ganaba la vida vendiendo carbón vegetal por las calles de Clerkenwell con un saco a la espalda, decidió convertir el desván de su modesta tienda en un club musical semanal. Durante casi 36 años, las mentes más brillantes de Europa subieron por una escalera de mano destartalada para tocar en su diminuto local. Nada menos que Georg Friedrich Händel llegó a tocar el órgano en ese piso superior cubierto de hollín. La paradoja resulta maravillosa: el primer gran espacio de concierto estable de Inglaterra lo regentaba un humilde carbonero que ni siquiera cobraba entrada al principio, sino una suscripción de 10 chelines al año que incluía café.

La consolidación del gran formato: las salas comerciales del siglo XVIII

Para entender cuál fue el primer concierto de la historia con el formato de orquesta que hoy nos resulta familiar, debemos saltar a la Europa continental del siglo XVIII. El modelo británico de la taberna se quedó pequeño muy rápido. Las ciudades crecían a pasos agigantados y la naciente clase burguesa exigía espacios mucho más lujosos donde dejarse ver y consumir cultura de alto nivel.

Los Concert Spirituel de París y la conquista de la burguesía

En el año 1725, Anne Danican Philidor fundó en París los célebres Concert Spirituel. La idea surgió por pura necesidad burocrática: durante la Cuaresma y las festividades religiosas, la Ópera de París cerraba sus puertas por orden real, dejando a los músicos sin trabajo y al público sin entretenimiento. Philidor consiguió un permiso especial para organizar actuaciones instrumentales de música sacra en el Palacio de las Tullerías durante esos días de silencio forzoso. El éxito fue monumental. En poco tiempo, la exigencia del público redujo las piezas religiosas a un mero trámite y la sala se convirtió en el epicentro europeo donde los compositores internacionales medían sus fuerzas.

Las alternativas históricas: ¿hubo pioneros fuera de Europa?

Nos hemos centrado en el modelo occidental porque definió la industria global, pero sería un error garrafal asumir que el resto del planeta vivía en el silencio sonoro. Sin embargo, al analizar las tradiciones orientales o americanas precolombinas, tropezamos de nuevo con el dilema conceptual. ¿Podemos llamar concierto a una presentación del Teatro Noh japonés del siglo XIV o a las reuniones de gala de la Dinastía Tang en China durante el año 700 d.C.?

La música cortesana en Asia frente al modelo occidental

En la China imperial de la dinastía Tang, las actuaciones de la orquesta de la corte de Pear Garden reunían a más de 300 músicos y bailarines para interpretar piezas complejas ante cientos de espectadores. Pero aquí está el matiz que contradice la sabiduría convencional: aunque la escala técnica y el virtuosismo superaban con creces a cualquier cosa que Europa pudiera ofrecer en esa misma época, el acceso estaba estrictamente reservado a la familia imperial y sus invitados. Faltaba la libertad de taquilla, esa democratización del oyente que define al concierto moderno. Admito que es una distinción sutil, pero resulta vital para entender cómo el arte se convirtió en un producto de consumo masivo.

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